miércoles, 25 de enero de 2012

lunes, 16 de enero de 2012

sábado, 7 de enero de 2012

STEVEN GALLOWAY; “FINNIE WALSH”.

 Para una novela primeriza ningún terreno más seguro como la infancia y sus aprendizajes, la adolescencia y sus recuerdos, la familia y sus dramas y la amistad y sus aficiones compartidas. Un hijo del millonario del pueblo, el hijo pequeño del dueño de casi toda la industria importante de la zona asiste a la escuela pública para endurecerse, para aprender a patinar en un viejo embalse helado, para intercambiar cromos de jugadores de hockey hielo, para jugar al hockey en el jardín de entrada a la casa de su amigo del alma y para tener una infancia que poder recordar; recordar los hechos como le gustaría que hubiesen pasado y no como pasaron de verdad. La vida a veces es menos obvia, más oculta, menos simple, más compleja de lo que en apariencia parece y rara vez es fácil. Una acción inocente, alegre, puede tener consecuencias involuntarias que determinen el eje sobre el que gira la perindola de la existencia. El golpeo de una pelota de tenis sobre la puerta/portería del garaje, las risas, los chillidos y comentarios de unos chiquillos aplicados al recreo deportivo, son el batir fatídico de las alas de la mariposa que altera el mundo, los mundos de cada uno de ellos. La importancia de los hechos acaecidos en la infancia prefija las decisiones de futuro. ¿Qué se va a ser de mayor? El cambio supone que antes se hacía preguntas y ahora encuentra respuestas; mejor dedicarse a las cosas que uno entiende, el hockey hielo está entre ellas. Portero de hockey hielo; hay una gran diferencia entre alguien que juega para meter goles y el que juega para impedir que los metan y evitar así las tragedias que provocan. Sus habilidades para el puesto son limitadas; es lento, le falta intuición para leer la dirección del disco y necesita desarrollar una buena relación con el guante receptor; le sobran coraje y voluntad de superación (admira a los porteros porque son la personificación de la tenacidad); una persona debe ponerse de pie por sí mismo si quiere llegar a alguna parte, especialmente en el hockey hielo. Se dispone a recorrer el camino hacia el éxito, la riqueza y la felicidad; el camino que se supone hay que seguir. Despecha a los agentes importantes culpables de la mayoría de los males del hockey; pone su carrera en manos de un abogado. Firma un contrato profesional. Debuta en la Gran Liga (NHL). Los entrenamientos se endurecen. Gradas llenas, aficionados gritando, animación, nivel de juego febril; alucinante saltar a la pista junto a los ídolos que había visto por televisión. El hockey deja de ser una diversión, ahora es un trabajo. Aumenta su fama, aumenta su caché, ni lo uno ni lo otro tienen que ver con sus méritos deportivos; es una medida calculada por la gerencia del equipo para convertirle en moneda de cambio. Así es el negocio. No importa que le compren o le vendan, cada operación es una nueva oportunidad para volver a ser el último de la fila, una oportunidad de probarse así mismo, de renacer. Los desastres ocurren cuando menos los esperas, nacen de un aparente absurdo impulso lleno de sentido; la amistad y la lealtad están por encima de los colores y los corporativismos profesionales. Infringe una ley no escrita que sentencia su carrera deportiva. Las gradas también son un buen lugar para sentir la magia, la emoción, el efecto sobrenatural que trasmite el juego; el purgatorio o el cielo de miles de almas de aficionados, el infierno para un espíritu que ha sido expulsado del paraíso y aún arde en sus entrañas el deseo de continuar oficiando la liturgia sobre hielo: la ceremonia religiosa que para él abarca la vida y la muerte. No hay ningún antídoto contra la realidad; sólo están los sueños que a veces se cumplen.

Estimulante narración con influencias evidentes de la literatura de John Irving: el eco de “Oración por Owen” resuena nítido y claro; lo que no resta ni suma méritos simplemente apunta la referencia.

Si gustan las historias amenas, sencillas, con personajes entrañables un punto excéntricos y buenas intenciones, se puede leer este libro; si se suma el interés por el deporte y su mensaje cargado de significado simbólico, se debe leer este libro y si además (para colmo) corre la sangre del hockey hielo por las venas, este libro tiene elementos de placer y atracción que le convierten en texto de lectura obligatoria.