lunes, 13 de noviembre de 2017

lunes, 6 de noviembre de 2017

FLANNERY O´CONNOR; "CUENTOS COMPLETOS".



Espacio geográfico, sur de Estados Unidos, predominio del paisaje rural (granjas, pueblos, campos) sobre el urbano (industrias, metrópolis, asfalto). Cara y cruz de una misma moneda, opuestos el uno al otro; un mundo moderno, secular, progresista que camina de cara al futuro económico, social y político, en contra un mundo religioso, inmovilista, anclado en costumbres y tradiciones arcaicas. Plantaciones agrícolas, pequeñas destilerías clandestinas, calles con edificios de ladrillo rojo, todos iguales, donde se escuchan los himnos de los devotos y es difícil hacer amigos. Visión de una cultura provinciana, oscurantista que acentúa su énfasis en el pecado y la salvación arrinconando el humanismo liberal. Sociedad claramente definida: «en la base del montón estaban casi todos los negros», «un poco más arriba la gentuza blanca», «encima los que tenían casa propia», «por encima los que tenían casa y tierras» y en todo lo alto «la gente con mucho dinero con casas mucho más grandes y muchas más tierras». Narraciones no tanto de damas y caballeros, sirvientas y criados, como de una clase media baja, ruin, empobrecida, racista, ignorante, cuyo orden y creencias se ven trastocados; «ha desaparecido el viejo mundo, las viejas costumbres han caído en desuso». Espacios ensimismados de una aparente tierra prometida en la que anida el mal, el dolor y el odio.

Descripción de personajes variopintos sumidos en la desolación que se aferran al clavo ardiendo de la redención espiritual, la fe placebo de liberación; de alguna manera hay que dar sentido a los cambios que nos somete la vida. Cualquier movimiento que perturbe su letargo representa una amenaza, un hoyo profundo en su educación, un apocalipsis personal. Seres humanos tal vez grotescos, posiblemente perversos, inequívocamente trágicos; embaucadores, oportunistas, estafadores, farsantes, víctimas inocentes. Gentes condenadas a desangrarse en un terrible destino, incapaces de alterar el rumbo. Humanidad degradada y mezquina. No pueden faltar los conflictos raciales, el clasismo cultural, la violencia sórdida, las disputas familiares, los roles de género, la hipocresía religiosa, los golpes de suerte, la libertad frustrada y otros asuntos; desagües de los miedos individuales convertidos en colectivos.
 
Historias (a veces apocalípticas, casi mitológicas) con sello personal, que escarban dentro de los personajes principales o secundarios, hijos de un entorno que determina su psicología y modifica sus vidas. Inquietante, aguda, salvaje sin perder la sutileza, el matiz y la delicadeza, captura los detalles de la decrepitud social convertidos en sátira moral, sin sermones ni moralejas.

Como es lógico en una publicación que recopila los cuentos completos de un autor, las tramas tienden a repetirse y la calidad es desigual manteniendo siempre un tono medio-alto (algunas narraciones son excelentes), lo que no quita méritos al conjunto de una obra de imprescindible lectura.

lunes, 30 de octubre de 2017

POEMA: “YO PROTESTO”.



Yo protesto.

Protesto contra la inocencia robada.
Protesto contra la realidad sin mitos.
Protesto contra la abulia amable.
Protesto contra las esperanzas vulgares.
Protesto contra la luz que se enciende en un instante asombroso.

Protesto contra los riesgos calculados.
Protesto contra los mundos posibles.
Protesto contra los salvavidas del alma.
Protesto contra los paraísos feroces.
Protesto contra los que nos niegan los sueños inalcanzables.

Yo protesto.

Protesto contra el orgullo sentado a la derecha del imperio del Padre.
Protesto contra la soberbia de la penitencia impuesta al pecado.
Protesto contra las voces de la fe y los gritos del dogma.
Protesto contra los que crean a Dios a su imagen y semejanza.
Protesto contra los privilegios sagrados y las responsabilidades divinas.

Protesto contra la virtud que besa el anillo de oro.
Protesto contra la larga agonía de mis ángeles custodios.
Protesto contra las masas silenciosas y sus necios políticos.
Protesto contra las indiscretas verdades y las burdas mentiras.
Protesto contra el pensamiento supremo en la noche de la humanidad.

Yo protesto.

Protesto contra las pasiones tibias.
Protesto contra los ojos encendidos por el desdén.
Protesto contra las palabras que explican el origen del mundo.
Protesto contra toda llave que abre un secreto.
Protesto contra aquellos que hablan del amor con la seguridad de quien lo comprende.

Protesto contra las puertas y las ventanas cerradas
Protesto contra los días negros del calendario.
Protesto contra los barrios de cristal que escupen a las chabolas.
Protesto contra los árboles sin hojas y los estanques sin barcos de papel.
Protesto contra la mala suerte de los que siempre tienen mala suerte.

Yo protesto.

Protesto contra mis años perdidos siendo nadie, queriendo ser alguien
al consejo de mis mayores.
Protesto contra el tronco de la vida convertido en cenizas.
Protesto, en suma, antes de que se me aburran las protestas, contra una vida 
perfecta, sin problemas, sin errores que al morir no deja ningún recuerdo.

lunes, 23 de octubre de 2017

CUENTO ÍNFIMO.32

En sus pensamientos hay angustia y en sus palabras se enreda el pasado convertido en un nido de desprecio. Espera de manera involuntaria, con absoluta naturalidad, el mal del que él ya no puede desprenderse.

lunes, 9 de octubre de 2017

DECIMOQUINTA NOCHE




23:35
Autoestima: cero.
Valoración personal: cero.
Amor por uno mismo: cero.

23:40
La cultura protege de la autodestrucción.
Una puerta, una ventana y cuatro paredes me despiertan el vicio de escribir; y escribir me despierta el vicio de leer.
Leo para salvarme y escribo para mantenerme vivo.

23:45
El niño interior se deja arrastrar por las fantasías. Vagabundo de la imaginación, consumidor de sueños.

23:50
Danzan las palabras (leídas o escritas) en un carnaval de máscaras grotescas, desnudas de disfraz como el cuerpo que deseas y el alma que amas.



lunes, 2 de octubre de 2017

lunes, 25 de septiembre de 2017

JOAN VOLLMER (1923-1951)



Atractiva belleza suave, ojos claros, sonrisa abatida. La aparente fragilidad es su fuerte. Madre amable y afectiva, nuera considerada y respetuosa; sin embargo, propensa a repentinos ataques furibundos de comportamiento autodestructivo. Insolente y atrevida, independiente y brillante, inteligente y adicta. Aventajada, para sus años, en experiencia sexual y lecturas (pasión por los hombres y los libros a partes iguales). Ni escritora, ni artista, inspiradora, personaje literario motor de la Generación Beat. Historia triste como son todas las historias en las que se es demasiado joven para morir. Signo roto de una pesadilla gris y trágica.

Loudonville, barrio de la ciudad de Colonie en el Condado de Albany, estado de Nueva York, el 4 de febrero de 1923 nace Joan Vollmer bajo la gracia de una familia de posibles (clase media alta, para entendernos), hija de la Sra. Dorothy y del Sr. David W. Vollmer. Pero todo no es alegría en la casa del rico, aburrida de una existencia tan económicamente privilegiada como alejada del mundo que anhela, cansada de luchar contra las restricciones impuestas por sus padres y frustrada por las continuas discusiones con su madre; tan pronto como puede pone tierra de por medio, impaciente marcha a vivir la vida bohemia de la ciudad de Nueva York. Se matricula en el Barnard College, centro privado femenino de enseñanza superior adscrito a la Universidad de Columbia donde asiste a las clases de la Escuela de Periodismo. Estudiante brillante y vivaz, con fama de tener buen ojo para los chicos (a los que aplica la misma clase de valoraciones sexuales que ellos, generalmente, emplean con las chicas), aunque es posible que con la mirilla romántica un tanto desenfocada. El 9 de enero de 1940 en el Condado de Vance, Carolina del Norte, contrae primeras nupcias con Henry Allan Keeler, el enlace es anulado en agosto de 1941. Al año siguiente, más por provocación que por amor, se vuelve a casar en Nueva York con Paul Adams estudiante de derecho en la Universidad de Columbia, joven apuesto, alto y de cabello rizado, quien es reclutado por la Infantería de Marina de los Estados Unidos, acuartelado en Tennessee y enviado a luchar en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial.     
 
Joan suple la ausencia del esposo rondando los bares del Manhattan bohemio en busca de pintorescas compañías. Abierta a nuevas amistades, una noche de parranda en el West End Bar (también conocido como el «West End Gate»), popular local frecuentado por universitarios de Columbia, profesores, artistas e intelectuales; se encuentra con un espíritu afín, la estudiante de arte Edie Parker (1922-1993), entre ambas naturalezas surge una conexión instantánea. Amigas para siempre, en 1943 Joan se traslada a vivir fuera del campus, Edie y ella inauguran el primero de una serie de apartamentos que habitan por el Upper West Side neoyorkino, sito en el 421 West 118th St. El lugar se convierte en un foro de intercambio de ideas, puerto franco de actitudes abiertas y santuario-refugio de peregrinos ilustres: prostitutas, alcohólicos, drogadictos, escritores, etc.; entre los que se encuentran: Allen Ginsberg, Lucien Carr, Herbert Huncke, Jack Karouac y más tarde William S. Burroughs; nombres todos ellos que conforman el núcleo primigenio de los llamados Beats. Se pasan las noches alrededor de ceniceros humeantes y tazas de café discutiendo de literatura, de filosofía, de música clásica, de la decadencia de la burguesía, de mil y un temas; Joan despliega su magnetismo, polariza las reuniones, disfruta cuestionando el status quo con su afilado intelecto y exhibe una amplia gama de saberes: no cabe duda es la fuerza espiritual del futuro movimiento. Escenas como pasarse toda la mañana en la bañera envuelta en una nube de burbujas hasta la barbilla leyendo a Proust o debatiendo acerca de Platón y Kant, definen a la joven Joan de aquellos años. Allen Ginsberg la describe como «la más grande polemista» siempre cuestionando lo que alguien dice, y Edie Parker confiesa que Vollmer es la mujer más inteligente y culta que ha conocido, e incluso sobresaliente por encima de sus compañeros. Pero cuando la luz brilla sin medida acaba cegando y aparecen puntos negros por donde se cuela la oscuridad, puntos negros llamados anfetaminas y alcohol.

Producto de una carambola vital (Lucien Carr presenta a Kerouac a Ginsberg y a estos dos a Burroughs), en febrero de 1944 Joan Vollmer conoce a William S. Burroughs (1914-1997) un hijo de familia rica graduado en la Universidad de Harvard, homosexual, adicto a la morfina, simpatizante de las armas, con trastornos emocionales y declarado exento de servir a su patria por incapacidad psicológica. Llegado el verano, fruto de la relación con Paul Adams, Joan alumbra a su primer hijo: una niña que ponen de nombre Julie Adams. Prosigue un agosto movidito en el que la vida de los amigos es también su vida. El día 14 Lucien Carr en el fragor de una riña apuñala mortalmente a su amigo David Kammerer, arroja el cadáver al río Hudson y, en compañía de Jack Kerouac, tira el arma homicida (una pequeña navaja de boy-scout) en una alcantarilla y se deshacen de las gafas de la víctima. Acosado por los remordimientos Carr se entrega a la policía confesando ser el autor del crimen, como consecuencia Kerouac es arrestado en calidad de testigo material acusado de ocultar pruebas; librado del cargo de complicidad, la única manera que tiene Jack de eludir la prisión es abonar la fianza fijada por el juez, su padre se niega a soltar ni un duro así que busca otra salida, jura a Edie Parker amor eterno, el 22 de agosto la pareja contrae matrimonio en la cárcel con el regalo de boda bajo el brazo del pago de la fianza por parte de la familia de la novia; el vínculo se romperá un año después. Celebrado el juicio, Lucien Carr se declara culpable alegando que actuó en defensa propia ante el obsesivo acoso sexual al que Kammerer le tenía sometido; la sentencia le condenó a veinte años de prisión por homicidio de los que sólo cumplió dos en el Elmira Correctional de Nueva York. Calmadas las aguas, en diciembre Joan Vollmer, su hija Julie, Edie Parker y Jack Kerouac se mudan a un apartamento en el 419 West 115th St., piso que compartirán también con Allen Ginsberg, William S. Burroughs y las visitas frecuentes de Herbert Huncke. Kerouac y Burroughs hicieron buenas migas desde el primer momento, tanto es así que redactaron a dos manos una novela inspirada en el trágico suceso protagonizado por Lucien Carr, And the hippos were boiled in their tanks, que se publicó sesenta años después de ser escrita.
 
Acabada la II Guerra Mundial, en la primavera-verano de 1945 el soldado Paul Adams regresa del frente, la familia que había soñado vive en un apartamento comunal asociada a un grupo de haraganes extraviados, su esposa se ha convertido en una drogadicta y, para acabar de empeorarlo todo, está el omnipresente William S. Burroughs; la situación se hace insostenible y tres meses después de su vuelta el divorcio pone fin al efímero matrimonio. Joan Vollmer queda legalmente libre junto con su hija de un año Julie y vinculada intelectual y emocionalmente a Burroughs, comienza una relación que trasciende el plano físico para adentrarse en los terrenos de lo extrasensorial, algunos testigos cuentan de contactos extraños entre ambas mentes, juegos telepáticos; ella sentada en otra habitación capta la imagen psíquica que él la envía; asombrosa habilidad asociativa o puertas que se abren a la mitología de carácter alucinatorio. En otoño del mismo año el dúo se encuentra sumido en un estado lamentable y patético de adicción, Burroughs se chuta con inyecciones de morfina y Vollmer con Benzedrina, sustancia en cuyo consumo fue introducida por Jack Kerouac, él mismo consumidor habitual. El cóctel de drogas y alcohol pasa factura a Joan que comienza a padecer alarmantes episodios psicóticos, disociación, alucinaciones, insomnio, etc. degradación física que preocupa sobremanera a sus amigos.  

Bienvenido 1946 la velocidad de caída en el abismo se acelera, lo que será, a partir de ahora, una constante en su relación. A principios de primavera, William S. Burroughs, que ejercía de camello eventual vendiendo heroína en el Greenwich Village, fue arrestado por falsificar recetas de narcóticos; Joan, inquieta, llamó a su viejo psiquiatra el Dr. Wolberg para que intercediera en su liberación, el doctor a su vez se puso en contacto con la familia Burroughs; finalmente la sentencia fue suspendida con la condición de que William regresara a su hogar en St. Louis (Missouri) y durante tres meses permanezca bajo el cuidado de sus padres. Esta situación deja a Joan Vollmer emocional y económicamente desamparada lo que unido a su estado de adicción desemboca en una crisis psíquica grave; se la encuentra la policía junto a su hija Julie, sentada en la acera de la calle, abstraída en un delirio incoherente, lo que da lugar a su ingreso en la unidad de Salud Mental del Bellevue Hospital Center, poniendo en peligro la custodia de la niña. Al enterarse Burroughs de esta penosa circunstancia, una vez completado el periodo de reclusión en el domicilio familiar, vuelve a Nueva York, rescata a Joan del sanatorio psiquiátrico y la pide que se case con él. El matrimonio nunca se formalizó, vivieron como esposos de hecho acogidos por el derecho consuetudinario. Entre ellos se había establecido una relación atípica, aparentemente delirante, de humor frío, en la que subyacía una complicidad de sutiles vibraciones, ambos poseían mentes brillantes que se complementaban; Burroughs, el figurín del semblante triste y la voz monótona, antipático y distante, manifiestamente gay desde que tiene uso de razón, se siente atraído por la inteligencia inquieta, activa, rebelde e independiente de Joan que posiblemente sea la única mujer con la que se siente seguro; Vollmer se enamora locamente de un tipo en apariencia siniestro, de ideas originales, carácter audaz, cínico y sarcástico: ambos se influencian y se necesitan. Allen Ginsberg consideraba que Joan era la contrapartida femenina del ser intelectual de William. Comprendido dentro de este intervalo de tiempo, William S. Burroughs viaja en coche a México donde se divorcia de Illse Klapper, a quien había conocido en Europa, mujer judía huida de la persecución nazi con la que se casa para que pudiera obtener un visado de entrada a los Estados Unidos; los dos mantuvieron su amistad a lo largo de los años. A la vuelta del viaje, William, después de una visita navideña a sus padres en St. Louis, decide trasladarse a Texas, adonde más tarde le seguirán Joan y su hija en busca de la tranquilidad.
 
La pandilla de Columbia se dispersa, William S. Burroughs abandona Nueva York con la decidida intención de labrarse un porvenir decente y autónomo del dinero de su familia; emprende la aventura de ser granjero en Texas, prueba aquí y allá hasta que compra un terreno aislado al sureste de Huntsville, entre los villorrios de New Waverly y Coldspring; al final de un camino polvoriento, la finca tiene una barraca ocupada por chinches, pulgas, ratas y otros inquilinos molestos, con el único confort de una lámpara de queroseno, que pretende convertir en un verdadero hogar. William persuade a Joan Vollmer para que se una a él, y Joan a su vez convence al amigo mutuo Herbert Huncke para que les eche una mano (de obra) en la empresa; el plan de negocio consiste en ganar mucho dinero cultivando marihuana camuflada entre las tomateras; el clima, la tierra y la idea eran buenas, los conocimientos y la ley estaban en contra. Vollmer estaba embarazada (según William la concepción había tenido lugar en octubre del año pasado en la habitación de un hotel en Nueva York), William S. Burroughs Jr. nace el 21 de julio de 1947 en un hospital de la vecina ciudad de Conroe; a pesar de la incorregible adicción de la madre a los inhaladores de Benzedrina y a su dipsomanía, el niño llega al mundo sin ninguna disfunción física ni psíquica (estas últimas vendrán después). Envuelta en el aire puro del campo la vida se va desarrollando a su ritmo: Joan lee obras del controvertido psiquiatra, psicoanalista y filósofo austrohúngaro Wilhelm Reich, William en mangas de camisa y corbata haciendo prácticas de tiro con la pistola, y  Herbert Huncke cuidando de las plantas y viajando de vez en cuando a Houston para comprar alcohol y estupefacientes; por la noche, todos se sientan en el porche a escuchar valses vieneses en un viejo fonógrafo. Alguna que otra vez, la peculiar familia, recibe la visita de amigos como Neal Cassady y Allen Ginsberg, con los que charlan de lo divino, de lo humano y de negocios de distribución de la cosecha; en privado Ginsberg (asumida su condición homosexual) aconseja a Burroughs romper con Vollmer, sin embargo aunque reconoce que su pasión se ha enfriado ignora el consejo, siente que aún algo les une.
Pasan las estaciones y el negocio agrícola de miles de dólares no da un centavo; el producto ni está bien curado, ni es bueno, ni tiene compradores. La suerte de la pareja empeora cuando camino de la ciudad de Pharr, cerca de Beeville son arrestados por el sheriff bajo los cargos de indecencia pública y conducción en estado de embriaguez. Como en la situación pintan bastos, William S. Burroughs se declara culpable, pasa la noche en la cárcel, y a la mañana siguiente, previo pago de la fianza, es puesto en libertad con el dinero que sus padres envían a Joan Vollmer. En la primavera de 1948 William pone la granja en venta y, despotricando de Texas, se traslada con toda la familia a Nueva Orleans. La estancia en el delta del Misisipi va a ser breve, cambian los lugares pero permanece el carácter desordenado proclive a meterse en problemas con la justicia. Burroughs es nuevamente detenido por consumo, posesión y distribución de drogas, los delitos que se le imputan son graves, cumple cárcel en la Penitenciaría Estatal de Luisiana; los abogados le aconsejan que, antes de ir a juicio, cambie de país y ponga una frontera de por medio, aprovechando la salida de prisión huye a la Ciudad de México. Más tarde, en octubre de 1949, Joan y los niños se reunirán con él.

Con débil afán de reconstrucción familiar, William, Joan y sus hijos se instalan en un apartamento de la calle Orizaba en la colonia Roma de la capital mejicana. Burroughs planea permanecer en México hasta que prescriban los cargos que en Estados Unidos supuestamente pesan contra su persona; tiempo estimado, al menos, cinco años. Pensando qué hacer barajan la idea de abrir un bar, después de darle vueltas, la escasa predisposición acaba desechando el proyecto. A falta de otros planes de presente, William S. Burroughs asiste a clases de español, escritura mexica y lengua maya (con R.H. Barlow) en el México City College, y continúa inmerso en su mundo de drogadicción y sexo homosexual (Ciudad de México era un paraíso para los adictos a la heroína, el alcohol y el sexo barato). Mientras tanto Joan Vollmer sustituye las anfetaminas (difíciles de obtener en su nuevo lugar de residencia) por el tequila y a su marido por amantes ocasionales, se siente abandonada, a pesar de su juventud las adicciones y los excesos etílicos pasan factura, su aspecto ha envejecido: se le cae el cabello, tiene la cara hinchada, cojea visiblemente como deriva de la poliomielitis infantil, etc. su estado es tan lamentable que apenas puede cuidar de los niños; su comportamiento impredecible alarma a Allen Ginsberg y Lucien Carr cuando van a visitarla: insinúa a sus amigos que sus días están contados. El comportamiento de Burroughs empeora el estado de Vollmer que durante mucho tiempo había soportado la persecución de William a jóvenes homosexuales, desilusionada y desesperada comienza a desarrollar una amarga hostilidad hacia él; se burla, le humilla y, siempre que puede, le castiga verbalmente en público. Aunque no estaban oficialmente casados, William S. Burroughs presenta una solicitud de divorcio, a buen seguro con la intención de obtener la custodia de su hijo si el matrimonio se deshacía, pero la demanda fue retirada. La turbulenta relación de pareja entra en una fase de autodestrucción.
Tres días después del regreso de sus correrías por Centroamérica, la tarde del jueves 6 de septiembre de 1951, Burroughs acompañado por Vollmer acude al Bounty Bar en el número 122 de la avenida Monterrey (un local frecuentado por extranjeros, bohemios, artistas y poetas), están allí porque el futuro escritor ha quedado con un tipo a quien desea vender su pistola, pero el comprador no llega. Cansados de esperar deciden subir al apartamento nº10, ubicado en la planta superior del establecimiento, residencia de John Healy (un estudiante estadounidense de Minneapolis becario del México City College), vivienda donde les esperan un reducido grupo de conocidos. Beben, beben y charlan y vuelven a beber, Joan apostilla en tono borde y despreciativo, como ya era su costumbre, cualquier comentario de William que se siente retado; bravucón desea demostrar a los presentes su destreza con las armas imitando el pasaje de Guillermo Tell. Burroughs, cargado de ginebra, desenfunda de un bolso de mano su pistola, una Star 380 automática, y pide a Vollmer que se ponga un vaso en la cabeza, ella con desidia, sin levantarse de la silla en la que está sentada obedece, se coloca el vaso, se sitúa de lado y sonríe, él demasiado orgulloso para volverse atrás, apunta con la mano temblorosa y dispara; el vaso queda intacto y la bala penetra en la cabeza de Joan. Alguien llama a una ambulancia que se presenta inmediatamente, trasladan el cuerpo aún con un hilo de vida al Hospital de la Cruz Roja, pero muere antes de llegar a la sala de urgencias.

William S. Burroughs es detenido por asesinato y trasladado a la cárcel de Lecumberri. Se hace cargo de su defensa el letrado mexicano Bernabé Jurado (un picapleitos resabiado, conocedor de todas las triquiñuelas y corruptelas del sistema judicial) quien en connivencia con su defendido cambia la versión de los hechos, el fallecimiento ya no era fruto de un juego frío y mortal, sino de un desgraciado accidente: «Mi esposa había bebido algunas copas. Yo saqué la pistola para mostrarla a mis amigos. El arma se me resbaló y cayó golpeándose con una mesa y se disparó. Todo fue puramente accidental», recoge la prensa. A pesar de lo inverosímil del nuevo relato, a los trece días, Burroughs es puesto en libertad bajo fianza; efecto de los billetes que su hermano, llegado de St. Louis, reparte entre abogados, testigos y funcionarios. A la espera de juicio, William tiene que personarse todos los lunes por la mañana en la cárcel de la Ciudad de México. La justicia camina con lentitud, pasa un año sin que salga el juicio que sufre continuos retrasos; en ese tiempo su abogado huye del país escapando de sus propios problemas con la ley, William S. Burroughs como buen cliente decide tomar su ejemplo regresando a Estados Unidos, donde se encuentra, sin saberlo, que el estado de Luisiana no había emitido una orden de detención por tráfico de narcóticos contra él. En ausencia, un tribunal mexicano le declara culpable de homicidio involuntario y le sentencia a dos años de cárcel, quedando la condena suspendida. Una vez más el dinero familiar y la suerte le sonríen, libre de polvo y paja comienza una afamada carrera literaria, y se convierte en un icono de la cultura cool norteamericana.
 
El 9 de septiembre de 1951 Joan Vollmer es enterrada, sin lápida y sin nombre, en la fosa 1018A del Nuevo Panteón Americano en la Ciudad de México; sus dos hijos son enviados de regreso a los Estados Unidos: su hija Julie bajo la custodia de sus abuelos maternos y de su padre Paul Adams, y su hijo William jr. al cuidado de sus abuelos paternos.
                                    
                                       “Entonces supe
que ella era un sueño: y la interrogué
-¿Joan, qué clase de conocimiento tienen
los muertos? ¿podéis amar aún
a vuestros conocidos mortales?
¿Qué recuerdas de nosotros?
                                                                               Ella
se desvaneció ante mí – El instante siguiente vi
su lápida manchada por la lluvia
detrás un epitafio ilegible
bajo la retorcida rama de un pequeño
árbol entre la hierba salvaje
de un jardín que nadie visita en México”. (1)
                                                           
                                                                 (Allen Ginsberg)



(1) Fragnento del poema «Registro de un sueño: 8 junio 1955», Allen Ginsberg; Sandwiches de realidad, Visor Libros, traducción de Antonio Resines.