lunes, 21 de mayo de 2018

OTTORINO GURGO; “PILATOS”.

Era feo: piel grasienta, bajo, calvo y rechoncho. De gestos toscos y mirada esquiva. De carácter iracundo hasta la violencia, huraño, presumido, arrogante y astuto más que inteligente. De los orígenes familiares de Poncio Pilatos nada cuenta la historia fuera de las leyendas; una de estas versiones cuenta que había nacido en Hispalis (actual Sevilla, ciudad española que gozaba del derecho a la ciudadanía romana), fruto del vínculo matrimonial entre una mujer local y Tito Poncio centurión romano. Conjeturando se puede decir con mayor fundamento que pertenecía a la familia de los Poncios, de buen linaje aunque sin formar parte de la casta patricia, su categoría social correspondía a los équites illustriores, una especie de aristocracia funcionarial que ocupaba cargos públicos de cierta importancia. Instalado en Roma, con recomendación entra en el círculo de Lucio Elio Sejano (amigo y consejero de Tiberio, hombre poderoso, temido y odiado), en casa de quien se aloja con frecuencia (cuentan las malas lenguas que fue amante de su mujer Apicata). Estando al servicio de Sejano, se baraja la hipótesis que Pilatos formara parte de la conjura contra Cneo Calpurnio Pisón (viejo amigo del Emperador, legado en Siria) quien no se habría suicidado, sino que había sido asesinado por orden de Sejano, siendo Pilatos uno de los autores del crimen. Fruto de sus amistades y arteras maniobras adquiere riqueza y posición, es hora de casarse, a instancias de Sejano pone sus ojos en Claudia Prócula: nacida en Narbona (Francia) perteneciente a una de las ramas secundarias de la familia Claudia, con credenciales más ilustres que dinero, sin embargo, caso anómalo en la época, el enlace fue más por amor que por interés.

Nombrado prefecto de la provincia romana de Judea, en el año 779 de la fundación de Roma (año 26 de la era cristiana), Poncio Pilatos junto a su esposa, con una maleta ideológica cargada de prejuicios antijudíos, arriba en el puerto de Cesarea Marítima lugar donde, siguiendo el ejemplo de sus predecesores, fija su residencia oficial. Cesarea Marítima (levantada por Herodes el Grande) resultaba más cómoda y tranquila que Jerusalén, el carácter griego y pagano de la ciudad contribuía a hacer más agradable la estancia para un romano, las comunicaciones con la Capital Imperial y con el gobernador de Siria eran más fáciles, y al estar ubicada a orillas del mar en caso de una sublevación popular no se corría el riesgo de quedarse atrapado. Recién llegado se pone al corriente de los poderes que dispone: como administrador le compete cobrar la contribución territorial o personal (otros tributos, consumo, peaje, tasas de esclavos, etc., se adjudicaban a ricos contratistas: los publicanos); como jefe militar tiene bajo sus órdenes cinco cohortes (cuatro acuarteladas en Cesarea y una en Jerusalén, en la fortaleza Antonia); como juez era el juez supremo de sus tropas mientras para la justicia ordinaria operaban los tribunales judíos, con una salvedad, la potestad de dictar penas capitales competía al procurador pasando por encima de la decisión del Sanedrín.

Desde el minuto uno los desencuentros o mejor encontronazos entre Poncio Pilatos y la comunidad judía van a ser continuos: por las imágenes, por el culto al César, por la acuñación de moneda, por la construcción de un acueducto, por los dineros del Templo, por lo que sea. Pilatos no entendía las costumbres, ni entendía la fe de una sociedad, a su parecer, tan tortuosa, compleja, cargada de supersticiones, de rituales mágicos; era incapaz de distinguir las diferencias entre saduceos y fariseos (los dos grandes partidos), zelotes, esenios o cualquier otra corriente, por todos sentía tanto desprecio como ellos sentían por él. Pragmático absoluto, convencido de la invulnerabilidad del predominio de Roma, ejercía todo su poder para anular la fuerza política del Sanedrín y del Sumo Sacerdote, y oprimir a la aristocracia judía; quería hacerles sentir el peso de la autoridad romana. A lo largo de su mandato Pilatos no dio muestras de ser un tipo inteligente, testarudo mucho, inteligente nada.

Al contrario que Poncio Pilatos, su esposa, Claudia Prócula, siguiendo una moda muy extendida entre las damas romanas, tenía cierta simpatía por el judaísmo, por sus ritos, sus misterios, sus gentes. En aquellos tiempos había muchos profetas, curanderos y magos que recorrían Palestina, y era bien sabido que Claudia Prócula se interesaba por estos personajes, fue ella, según parece, quien habló a su marido de un galileo llamado Jesús de Nazaret. Según los textos sagrados, Jesús de Nazaret no era del agrado de saduceos ni de fariseos, es del todo posible que esta actitud de desprecio despertara las simpatías de Pilatos hacia el nazareno, a quien todavía no había tenido ocasión de conocer; sin embargo el destino entrecruzará sus vidas en un episodio controvertido y luctuoso, poniendo en la historia del cristianismo el nombre del oscuro prefecto romano.

Cuando llegaba la Pascua, la mayor de las fiestas hebreas, Poncio Pilatos estaba obligado a cambiar la tranquilidad de Cesarea por el bullicio de Jerusalén. Se alojaba en la fortaleza Antonia, desde donde podía controlarlo todo y disponer de inmediato, en caso de alguna revuelta, de la guarnición romana acantonada en el recinto. En vísperas a la celebración, los atrios del Templo se convertían en un mercado donde se cambiaban monedas griegas y romanas por monedas judías y tirias (las únicas que podían ser usadas en las ceremonias del Templo), y se compraban y vendían animales para ser sacrificados. De cada moneda que generaba aquel comercio un porcentaje iba a parar a las arcas de Anás, el gran patriarca, la eminencia gris, el verdadero sumo sacerdote, que jamás toleraría que se amenazara aquello sobre lo que había construido su poder y su riqueza. El Nazareno expulsando a los mercaderes del Templo de Jerusalén había metido el dedo en el ojo o, mejor, en bolsillo adverso; para Pilatos, aquel hombre podía convertirse en un germen de desórdenes. Jesús de Nazaret, traicionado por uno de sus discípulos, fue arrestado por orden del Sanedrín y condenado a muerte por este mismo tribunal judaico. Las leyes romanas disponían que nadie podía ser condenado sin juicio y la facultad de emitir sentencia capital estaba reservada a la autoridad de Roma. Era preciso, pues, llevar al preso ante el procurador romano para que fuera él quien deliberara la pena y la hiciera ejecutiva. Aunque tuviera serias dudas de la legitimidad del arresto y la condena, Pilatos no podía tomar a la ligera el asunto, de una u otra manera era inevitable el trágico final. Para los romanos la crucifixión era la muerte más cruel y espantosa; para los hebreos era incluso algo más grave: «un colgado es una maldición de Dios» estaba escrito en el Deuteronomio.

Después del proceso a Jesucristo el diálogo que había mantenido unidos a Poncio Pilatos y Claudia Prócula se rompe, las relaciones se deterioran de manera irreversible; corre el rumor que ella forma parte de la secta cristiana e incluso advirtió a su marido: «No te mezcles en el asunto de este justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho». El organismo de Claudia Prócula se debilita, cae enferma y muere en paz; Pilatos pierde al único ser humano que había amado, no le queda nada ni nadie, se siente solo y aislado en un mundo hostil que no comprende. En los tres años que aún permanece en Palestina incrementa el odio y el desprecio por sus administrados. Cuando recibe noticias de actividad sediciosa en Samaria, da orden a las cohortes de atacar y ejecutar la más implacable represión. Esta acción exacerbada precipita una caída que quizás estaba buscando. Se le ordena presentarse en Roma a dar explicaciones. Durante toda su vida sólo había creído en dos cosas: el poder de Roma y su ambición personal; las dos habían cambiado, Sejano y Tiberio estaban muertos, sin protectores que pudieran interceder por él, fue declarado culpable y condenado. Aprovechando una amnistía general decretada por la subida al trono imperial de Cayo Calígula, Pilatos, bien aconsejado, emprendió el camino del exilio, se fue a Vienne donde, según parece, sumergiéndose en las aguas del Ródano se quitó la vida.


Basándose en una leyenda del siglo II (recogida por Tertuliano, entre otros) que concluye con la conversión de Pilatos al cristianismo, la iglesia monofisita etíope y egipcia le cuentan entre sus santos. También, y con más motivos, fue coronada en los altares de la Iglesia Ortodoxa Oriental y de la Iglesia Ortodoxa Etíope su esposa Claudia Prócula. En cambio Pilatos es despreciado por la iglesia occidental.

lunes, 14 de mayo de 2018

POEMA: “HERIDOS POR EL SILENCIO”.

    
     Heridos por el silencio y la quietud
                            el ruido y el movimiento.
     Una ráfaga de dolor,
     un escalofrío momentáneo.
     Hambre de palabras huidas,
     desierto de papel en blanco.

     Un solo suspirar.
     Suspirar un idilio improvisado
     que ponga nombre a los besos en la escarcha.
     Suspirar unas manos
     que acaricien el cuerpo dolorido
     ungidas con el agua de las lágrimas.

     Las hojas caen
     se las lleva el arroyo
     a un país lejano
     donde muere el otoño.

lunes, 7 de mayo de 2018

CUENTO ÍNFIMO.36

La oscuridad y el silencio era total, ningún punto de luz, ningún ruido llegaba a la estancia. Sus sentidos se esforzaron por captar alguna sensación familiar. Allí el tiempo no existía, el mundo no existía. Aquel lugar era un instrumento acusador, como el verdugo de la conciencia que castiga y purifica, y deja desnudas las pequeñas verdades.

lunes, 30 de abril de 2018

TRIBULACIONES (XXVII)


Siete principios del conocimiento firme:

Primer principio: situar la verdad en su sitio.
Segundo principio: vista e imaginación bien orientadas, listas para captar las respuestas profundas que encierra la realidad en las formas elementales.
Tercer principio: imponerse reposo hasta que devenga en insoportable aburrimiento.
Cuarto principio: imponerse actividad hasta que devenga en insoportable tarea.
Quinto principio: fortalecer la reflexión con esfuerzo lógico y rigor ético.
Sexto principio: ejercitar la mente renunciando al pensamiento convencional.
Séptimo principio: no ser una señal en el camino.

P.D. Yo sólo sé que todos saben todo y que ninguno sabe nada.

lunes, 23 de abril de 2018

CARLOS SAHAGÚN; “COMO SI HUBIERA MUERTO UN NIÑO”.

Se observa uno a sí mismo y se cuenta uno a sí mismo, se mira el yo y el yo íntimo cuenta. Amor y niñez, la redención del amor, la redención de la niñez. El despertar del amor en los primeros años de la juventud, limpio, alegre y claro; exaltación generosa del corazón, irá cayendo como la nieve en el camino que recorre la persona amada, sin nombre, inconcreta, indeterminada, desconocida, real o irreal; ama al amor que vendrá. El amor de nuestras vidas es el amor de todas las vidas que se aman. El amor nos devuelve a la infancia, inocencia y amor ambas son lo mismo: si la inocencia muere, muere el amor. 

La infancia icono de felicidad, irresponsabilidad y ocio; paraíso perdido que se ampara en la memoria, en el recuerdo, huyendo de un presente pesimista. Una utopía donde reconocerse, una posibilidad de salvación donde la esperanza desbroza salidas a las frustraciones del hombre. Volver a ser niño, disfrutar de la libertad, ese goce del niño que se esconde en el silencio o en las voces del juego. Negarse a despertar el deseo de ser niño es inútil, la pérdida de la infancia es la perdida de las ilusiones, salvando el tiempo, salvando la realidad, salvando el pragmatismo de la experiencia, recuperar el pasado es mantener vivos los sueños. La infancia es hermosa en la memoria, en la realidad no siempre para quien la vive, las circunstancias históricas, las dificultades de una vida marcada por la sordidez y la miseria, las condiciones humanas que a cada uno le toca vivir; contrastan la realidad con la dimensión simbólica de una biografía. Aunque doloroso, aunque justificarse ante uno mismo no suponga garantía de salvación, recordar siempre el pasado, el recuerdo del pasado nos protege del desamparo presente y de la indefensión del futuro. Querer recobrar la infancia robada salvaguarda la inocencia que en algún rincón del alma queda siempre intacta.

No todo se puede olvidar, la guerra es un hecho inolvidable. El hombre pese a la nada, incluso pese al silencio de Dios frente a la desgracia, desea seguir viviendo. La vida arrastra, todo se lo lleva, nos aleja de lo que fuimos: esa imagen de niño que sólo se mantiene en los retratos.

lunes, 9 de abril de 2018

DECIMONOVENA NOCHE




21:15
Por educación, formación y carácter repele ser el centro de atención. Detesto la adulación.

21:18
No deseo que todos me vean. No deseo ser observado. No quiero testigos de mi existencia. Nada tengo que esconder. Sólo quiero pasar desapercibido.

21:22
Sientes, ves y oyes, y nadie te siente, ni te ve, ni te oye. El tremendo afán de no ser visto ni oído. No deseo ser distinto, solo quiero existir sin molestar a nadie y sin que nadie me moleste. “Las personas que conozco casi nunca enseñan tanto como el silencio que rompen”, Henry David Thoreau.

21:31
Discreción radical e indómita. Reclusión interior. Un faro solitario en un lugar apartado al límite del mar. 



lunes, 2 de abril de 2018

APOTEGMA (101)

Por el simple hecho de haber aprendido a hablar el ser humano se siente capacitado para decir barbaridades.

lunes, 26 de marzo de 2018

ERBERTO PETOIA; “VAMPIROS Y HOMBRES LOBO”.



En el folclore, en la mitología y en las narraciones que cuentan la metamorfosis de hombres en animales, tanto el vampirismo como la licantropía están ampliamente representados y ocupan un lugar relevante en el patrimonio etnográfico europeo. La transformación de una persona en un ser inquietante, ambiguo y peligroso para la comunidad, encarnado en lobo o en vampiro, depende siempre del hábitat zoológico y las costumbres socio-religiosas donde se desarrolla su cultura; sin embargo es común que vestir la piel del animal equivalga a provocar el cambio o la posesión. La diversidad de tipos y motivos de las mutaciones es amplia: se dan casos de mutación total o parcial del cuerpo, casos de mutación del comportamiento o del espíritu, casos ligados al chamanismo o a una condena tribal o religiosa etc. Y aunque son condiciones desiguales (el vampiro está vinculado a la muerte y el hombre lobo a la vida), resulta una peculiaridad a señalar que el vampiro a menudo se identifica con el hombre lobo, fusión de creencias posiblemente de origen griego: los helenos sostenían que los hombres lobo después de muertos se convertían en vampiros.

El término «vampiro», abierto a diferentes interpretaciones etimológicas de origen eslavo, aparece por primera vez en Europa a mediados del siglo XVIII, cuando algunos periódicos informan de dos casos de «vampirismo» en Serbia; hasta entonces este calificativo era desconocido. Más tarde, en 1762, la palabra será utilizada para designar al murciélago que chupa la sangre a los animales. No obstante las crónicas del siglo XII nos cuentan de muertos que vuelven de la tumba, presencias fantasmagóricas que vagan entre los vivos causándoles la enfermedad y la muerte, terribles chupasangres que sólo pueden ser ahuyentados mediante rituales muy concretos. Es en este siglo cuando las «infestaciones vampíricas» y las profanaciones de tumbas alcanzaron el paroxismo en Rumanía: los cuerpos de los cadáveres se desenterraban tras un periodo de tres años si era un niño, de cuatro o cinco años si era un joven y de siete años si era un adulto; dependía de la descomposición del cadáver, si era completa (huesos limpios) el alma había alcanzado la vida eterna, si no era completa entonces se suponía que era un vampiro. Desde tiempos remotos en Rumania el vampirismo es la creencia sobrenatural más difundida y arraigada tanto en las ciudades como en los pueblos, y de todas las regiones rumanas destaca Transilvania; concretamente el norte de su comarca, tierra de vampiros, escenario del Conde Drácula de Bram Stoker personaje inspirado en el sanguinario voivoda Vlad Draculea o Vlad Tepes (1431-1476), Vlad III el Empalador príncipe de Valaquia. El mito del vampiro está asociado con el miedo a los muertos y su posible retorno. Según la definición clásica, el vampiro es una persona fallecida que por su propio espíritu o por intercesión de poderes demoníacos sale de la tumba, vuelve al mundo de los vivos alimentándose de sus órganos vitales o succionándoles la sangre (sustancia de valor sagrado) con objeto de prolongar su vigor; a su paso va dejando un reguero de fetidez y enfermedades. Pueden adquirir la condición de vampiro: los muertos que rechazan la vida de ultratumba, las almas atormentadas, los fallecidos de forma trágica o violenta, los descendientes ilegítimos, los bastardos que a su vez son hijos de padres bastardos, los estigmatizados con alguna marca física o psíquica, los herejes, los asesinos, los criminales, los delincuentes, las brujas, los hechiceros, los licántropos y, por supuesto, las víctimas de un vampiro; en Macedonia existía la creencia que se convertían en vampiros todos aquellos nacidos en los «días impuros», los del trimestre que media entre Navidad (25 de diciembre) y la Anunciación (25 de marzo). Para enfrentarse y acabar con un vampiro existen métodos con rasgos comunes y diferentes matices según la tradición de cada lugar: enterrarle en tierra no consagrada; exhumar el cadáver y clavarle una estaca en el pecho o en el ombligo; cortarle la cabeza del tronco y, con la boca tapada de tierra, ponerla a los pies del cuerpo o en tumba separada; arrancarle el corazón que debe ser hervido o troceado o quemado; a veces es suficiente con verter agua bendita sobre el difunto mientras el sacerdote entona cánticos sagrados y recita oraciones. Convertido en un género popular por sí mismo, la figura del vampiro sigue siendo fuente inagotable de inspiración para la literatura y el cine.

Según los historiadores de la zoología, el lobo es el animal salvaje que más ha marcado nuestra civilización desde la más remota antigüedad hasta nuestros días. Los primitivos pastores prehistóricos europeos tuvieron que defender a sus poblados y rebaños de los ataques del lobo, convirtiéndole en prototipo de animal feroz y destructivo. Uno de los primeros relatos mitológicos que cuenta la transformación del hombre en lobo (el mito de Licaón) lo encontramos en la República de Platón; según narra, existía la creencia de que aquel que en el santuario de Zeus Liceo en Arcadia comía las vísceras de alguna víctima humana cortadas y mezcladas con otras vísceras, se convertía en lobo. Partiendo de la Grecia clásica, la leyenda del hombre lobo se encuentra presente de forma muy similar en toda Europa, desde los pueblos mediterráneos a los pueblos nórdicos. El hombre asume la predisposición a convertirse en lobo por herencia, por un hechizo, por una maldición, por una posesión maligna, por dormir al raso una noche de plenilunio, por ser víctima de adulterio o por haber sido concebido o nacer en determinadas festividades cristianas (Navidad, Año Nuevo, Epifanía, Pascua, Pentecostés); estas últimas amenazas obedecían a las restricciones sexuales que imponían los cánones de la Iglesia. Las transformaciones se producen las noches de luna llena (durante el día se mantiene la apariencia y el comportamiento humano), preferentemente en un cementerio, y se consideran noches propicias para ello: la vigilia del Viernes Santo, la noche del primero de mayo, la noche de San Juan, la noche de Todos los Santos y durante las noches que van de la Navidad (25 de diciembre) a la Candelaria (2 de febrero). La licantropía, estimada por unos como una superstición fruto de la ignorancia y por otros como una enfermedad alucinatoria (el mal de la luna) que hacía creer a quien la padecía que se convertía en lobo, empujado a vagar por la noche, caminando a cuatro patas y aullando hasta la llegada del nuevo día y recuperar la forma humana; variadas son las formas de combatirla, desde las más mágicas hasta el tratamiento científico-médico. Sin ninguna prueba física, la inquisición medieval fuera laica o eclesiástica castigaba con dureza a los licántropos, en los siglos XV al XVII, en pleno apogeo de persecución a la brujería, los acusados eran condenados a la hoguera y quemados, fue en el siglo XVIII con la llegada de la Ilustración cuando cambian los métodos.

La leyenda del hombre lobo ha encontrado más eco en la tradición de los cuentos populares que en la literatura romántica, de ahí que no goce de la misma fama que el vampiro. Ambos mitos, cada uno con sus peculiaridades, simbolizan la dualidad del individuo, lo real y lo fantástico, la luz y la oscuridad, la naturaleza humana y la naturaleza salvaje: un reflejo de nosotros mismos.  

lunes, 19 de marzo de 2018

POEMA: “NO HABLAREMOS DE POLÍTICA”.



     No hablaremos de política.
     ¡Prohibido política!
     ¡Tabú política!
     ¡Stop política!

     Hablaremos del ayer, del hoy y del mañana
     de tu vida y de mi muerte
     de los laberintos del alma
     de los jardines del corazón
     de las lágrimas que derraman
     de las sonrisas que iluminan.

     Hablaremos de arte, de cultura y de belleza
     de los libros en los que nos perdemos
     de la música que nos posee
     de las películas que vivimos
     de la anarquía de la primavera
     y del sosiego del otoño.

     Hablaremos de lo que queremos ser
     o somos o fuimos.
     Hablaremos de lo que dejamos de ser
     o dónde nos equivocamos siendo
     o lo inútil que es querer que seamos
     lo que nunca seremos y nunca hemos sido.

     Hablaremos del tiempo robado hablando de política
     y en las palabras nos haremos inmortales.