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lunes, 9 de septiembre de 2024

DAVID FOSTER WALLACE; "EL TENIS COMO EXPERIENCIA RELIGIOSA".

Se recogen bajo este título dos largos artículos del autor: "Democracia y comercio en el Open de Estados Unidos", publicado en la revista Tennis en 1996; y "Federer, en cuerpo y en lo otro", publicado en The New York Times en 2006. 

El Open de Estados Unidos es un acontecimiento de gran importancia para Nueva York; durante dos semanas se mete de tenis hasta las cejas una ciudad inflada de eventos deportivos. Un gran porcentaje de los ingresos anuales operativos de la Asociación de Tenis de los Estados Unidos provienen del Open. Las entradas VIP y paquetes menos VIP se venden anticipadamente a grandes empresas quienes las usan para entretener a sus ejecutivos y cultivar clientes; el aura socioeconómico que impera en cada partido estrella de la jornada tenística no es un aura de obreros sino de dirección corporativa. (A medida que la vista viaja hacia arriba por los asientos de la grada cada vez más baratos, se puede distinguir las diferentes capas sociales). El resto de aficionados emplea las mañanas para comprar los billetes en las taquillas. La gente lleva neveras, mantas, cojines que tienen estampadas las palabras Giants y Jets, filtro solar y gorras de recuerdo del torneo del año anterior. En la recta final del paseo que lleva hasta la entrada abundan los revendedores que hacen elípticos llamamientos encubiertos. Quinientos ciudadanos del municipio de Queens son empleados en el torneo cada fin de semana. Refrescos, palomitas, perritos calientes se venden en puestos humeantes por un precio a primera vista desproporcionado. Hileras interminables de casetas de souvenirs y artículos relacionados con el tenis: raquetas, calzado, chandal, camisetas, pantalones, bolsas de deporte; el souvenir más popular del pasado Open fue un pañuelo para la cabeza blanco con las pequeñas alitas solitarias distintivas de una marca deportiva, del precio de venta mejor olvidarse. Paralelo a este mercado opulento discurre un mercado negro, donde se venden de tapadillo diversas prendas a precios inferiores a los de las tiendas oficiales; también se comercia con marihuana y asientos vacíos con dueño que por una razón o por otra no se van a ocupar en ciertos partidos, la información es comunicada a los acomodadores y la tarifa revierte en las manos de ciertas personas emprendedoras del Centro Nacional de Tenis. Desde la organización hasta los jugadores (cuyo núcleo duro de sus ingresos viene de los bolsillos de los patrocinadores), el Open de los Estados Unidos es principalmente un evento comercial. 

El aficionado norteamericano al tenis parece preferir los torneos individuales y los partidos al mejor de cinco sets que requieren no sólo resistencia física sino también flexibilidad emocional. Y para Foster Wallace (jugador de tenis aficionado de alto nivel), ¿quién brilla en lo uno y en lo otro? Roger Federer, a los 25 años le considera el mejor tenista vivo y tal vez el mejor tenista de todos los tiempos. Aunque la belleza no sea la meta de los deportes de competición, sin embargo los deportes de élite son un vehículo perfecto para expresar la belleza humana; la genialidad y el juego de Federer son el perfecto ejemplo de ello. Para ganar puntos, Federer es capaz de ver y crear espacios y ángulos que nadie más puede imaginar; aunque en las retransmisiones de televisión se pierde buena parte de la naturaleza puramente física del tenis (la sensación de velocidad a la que se mueven las bolas o la reacción de los jugadores), la perspectiva del plano televisivo es perfecta para ver con detalle y revisar esos momentos del juego del suizo. Federer sólo ha perdido (en aquella temporada) cuatro partidos en lo que va de año, todos ellos contra su némesis Rafa Nadal jugados en pista de tierra batida superficie en la que el español es un especialista. Ivan Lendl fue el verdadero progenitor del estilo moderno de juego de fondo, su arma era el drive con efecto liftado que imprimía a la pelota una velocidad abrumadora. Los nuevos tenistas profesionales son más grandes, fuertes y están mejor preparados físicamente; algunos, nos dice el autor, como Nadal o Serena Williams parecen más superhéroes de dibujos animados que personas del mundo real. A este cambio físico del atleta se suman las raquetas de alta tecnología que han aumentado la capacidad para golpear la pelota e imprimirle mayor velocidad y superior efecto. Pero no todo es una simple cuestión de material y entrenamiento, también está el talento que sobresale en distintos grados. El talento consumado de Federer le convierte en una de esos escasos deportistas sobresalientes. 

Los sonidos salen del estadio, breves estallidos de aplausos y silbidos, la extraña y monótona voz amplificada del árbitro. Dos rivales étnicamente emparentados y arquetípicamente enfrentados, una oposición no sólo de estilos de juego, de gama operativa de reflejos y reacciones, de imaginación, de pensamiento consciente, de vida, de usos de poder y de intereses económicos. Y al final, el tenis es un juego que se decide en cuestión de centímetros.

lunes, 17 de junio de 2024

JOHN KEEL; "LAS PROFECÍAS DEL MOTHMAN".

En Point Pleasant, un pueblo tranquilo de 6000 habitantes (22 iglesias y ningún baile), limpio, bien gestionado, próspero, de gentes educadas, de empleados cualificados en la industria local que llevan vidas tranquilas; los testigos afirman haber visto un humanoide alado, todos ellos coinciden en ciertos rasgos básicos: color gris, altura superior a dos metros, ojos grandes y redondos de color rojo brillante, alas de gran envergadura desplegadas a su espalda; una especie de ave sin plumas y cuello alargado que despega de forma vertical y vuela a una velocidad superior a los 100 km/h. Esta criatura como salida de una ilustración de un libro de demonología es bautizada por un editor anónimo con el nombre de Mothman. Las apariciones cargan el ambiente de siniestros presagios y terribles premoniciones. Guiados por el marco de referencia que les es más familiar: la religión, algunas voces señalan que quizás se trata del mismísimo diablo. Cuentan las crónicas que los nativos de la región debían intuir malas sombras respecto a esas tierras porque siempre las evitaron. Sea cual sea la naturaleza del fenómeno, la presencia de un ente de rasgos demoníacos en noviembre de 1967 en una pequeña ciudad, casi olvidada, de Virginia Occidental se convierte en un hecho histórico. 

No es un caso único ni original, el folklore de cualquier cultura está plagado de visitantes misteriosos: absurdos humanoides alados, pájaros de gran tamaño biológicamente imposibles, pterodáctilos venidos del pasado o monstruos con alas de murciélago. Retrotrayéndose en el tiempo, entre 1877 a 1880 en el distrito de Brooklyn en Nueva York se exhibía acrobáticamente por encima de los ciudadanos que le observaban una criatura que no era descrita como un pájaro sino como una especie de hombre de negro con alas. Avistamientos de este tipo continuaron dándose durante décadas hasta la aparición de los platillos volantes que acabaron eclipsándolos. Estas extraordinarias garudas sean ángeles o demonios suelen estar vinculadas a fenómenos luminosos, aparecen en áreas donde ha habido o hay actividad OVNI y tienen el hábito de dejarse ver durante varios días. Semanas antes, y al mismo tiempo de la eclosión del Mothman se escucharon todo tipo de sonidos singulares por la noche, se reportaron diversos avistamientos de luces y objetos misteriosos, y se denunciaron que alguna fuerza desconocida se dedicaba a estropear equipos electrónicos y fotográficos. 

La publicidad del caso lleva a los curiosos a viajar cientos de kilómetros con la esperanza de poder ver al Mothman y la casuística OVNI que le acompaña; numerosos grupos de personas venidos de diferentes estados se congregan cada noche para observar el cielo. El número de testigos de anomalías se incrementa considerablemente; mujeres y hombres adultos afirman haber visto la presencia de objetos y entidades no convencionales e incluso describen aterrizajes de naves extraterrestres: luces brillantes, formas multicolor, destellos rojos, resplandores parpadeantes, sonidos discordantes, ramas de árboles rotas, quemaduras en el suelo, animales muertos, sirve cualquier incidente para aportar evidencias del fenómeno. Los acontecimientos hacen trizas el criterio de verosimilitud, desafían las leyes de lo real, rompen la estadística; el rumor es el marco de referencia en el que se contextualiza la experiencia, casi todo parece posible, hasta que se haga realidad la profecía del Mothman: un puente de hierro repleto de coches inmersos en un atasco en plena hora punta, se desploma en un tramo del río Ohio. Algunos testigos han visto al Mothman sobrevolando el puente justo antes de que se viniese abajo. 

Concluye el autor que los objetos volantes no identificados nos han estado acompañando desde los albores de la humanidad, la mayoría de las manifestaciones que acompañan a estos fenómenos simplemente no se corresponden con el patrón de comportamiento que se espera de una inteligencia superior proveniente de otra galaxia, muchos de estos eventos que parecen extraordinarios pueden tener una explicación más que racional. A él ya no le interesan las variopintas manifestaciones del fenómeno, por el contrario persigue el origen del fenómeno en sí; no le interesan las creencias sino el mecanismo cósmico que las genera y perpetúa. De eso se trata.

lunes, 27 de septiembre de 2021

LEON FESTINGER, HENRY W. RIECKEN Y STANLEY SCHACHTER; "CUANDO LAS PROFECÍAS FALLAN".

¿De qué va este libro?, respuesta simple: de un equipo de psicólogos universitarios que se infiltran en un grupo contactista-apocalíptico con el objetivo de estudiar su comportamiento y reacciones tanto individuales como colectivas. Esta investigación dará como resultado la validación de la teoría de la disonancia cognitiva, concepto aún vigente de la psicología social que "describe contradicciones que encontramos cada día entre nuestras actitudes y nuestras creencias. Dos opciones o creencias o elementos del conocimiento son disonantes entre sí si no se corresponden entre ellos, es decir, si son inconsistentes o si, tomando dos elementos determinados, uno es consecuencia del otro". En resumidas cuentas, el concepto describe las contradicciones cotidianas entre nuestras creencias y nuestras actitudes. 

Movimientos milenaristas o mesiánicos que se organizan en torno a la predicción de un acontecimiento futuro ha habido siempre a lo largo de la historia, dispensándose en ellos rasgos comunes. El primer contacto entre el profeta y la fuente de su revelación está marcado por la confusión y la sorpresa, pero las experiencias anteriores (aquí es el ocultismo), la curiosidad por los misterios populares del cosmos y la necesidad personal de explorar diversos caminos de iluminación, combinado todo ello con la esperanza en la intervención del espacio exterior fortalecen el trance espiritual. Convencida de la veracidad de la comunicación extrasensorial, la médium canaliza los mensajes que recibe de seres galácticos superevolucionados, provistos de una inteligencia, sabiduría y capacidades mentales superiores a las nuestras, habitantes de planetas con una tecnología hiperavanzada (todo es super o hiper está gente no se anda con medianías). Mediante el pensamiento, los preceptores extraterrestres son capaces de hacer prodigios superiores a los que hacemos los limitados humanos mediante el uso de las fuerzas físicas. Conexiones telepáticas, a veces también telefónicas, con contenido diverso y fines concretos: instruir a los habitantes de la Tierra, guiar a los fieles y salvar a los elegidos de una posible destrucción. Notas apocalípticas que predicen la caída de un nuevo diluvio universal que destruirá el mundo en un día marcado en el calendario; reiteran: sólo los protegidos serán auxiliados individualmente por platillos volantes, cada uno tiene ya en regla su pasaporte, su contraseña y el número del asiento. Con más o menos énfasis el mensaje llega a la prensa, para que conste que el colectivo ha hecho todo lo posible por redimir a la humanidad, el que avisa no es traidor. Ante las dudas, la agitación, la perturbación, la burla, el cachondeíto, los contactados se agarran a cualquier posibilidad que confirme sus creencias, pase lo que pase en esa fecha todo es parte de un plan… Y no pasa nada, ni inundación, ni transporte interplanetario, nada. Los ataques al fracaso de la profecía en vez de socavar la creencia, muy al contrario, fortalecen la convicción; la frustración pone a prueba a la fe, las evidencias opuestas aumentan el entusiasmo y el proselitismo ("si se persuade a más gente es posible que el sistema de creencias sea correcto"). Negaciones, incoherencias, excusas, reafirmaciones tratan de explicar el incumplimiento de la profecía.  

Nos dicen los autores del estudio que la disonancia produce incomodidad y surgen presiones para reducirla o eliminarla: se puede tratar de cambiar una o más de sus creencias u opiniones que generan la disonancia; se puede adquirir información nueva o creencias nuevas que aumentan su consonancia y reducen la disonancia; se puede tratar de olvidar o reducir la importancia de las cogniciones que tengan una relación disonante; y para tener éxito en cualquiera de las opciones anteriores se debe recibir el apoyo del entorno social inmediato. La magnitud de la disonancia depende de la profundidad de la creencia y la dimensión adquirida, no se puede eliminar por completo negando o racionalizando la refutación. En resumen, aunque existe un límite, por muchas evidencias contrarias que se introduzcan en ciertas creencias, la convicción profunda de una persona es difícil de cambiar. Curiosa y llamativa lectura.

lunes, 15 de febrero de 2021

ERIC FRATTINI; "SECRETOS VATICANOS".

A los humanos nos atraen los secretos, mucho más si tienen que ver con los misterios sagrados, con la religión. Sea exagerado o no, dicen del Vaticano que es el lugar de la Tierra que más secretos guarda por metro cuadrado. El cajón de sastre que conforma este libro entre la crónica, el reportaje y la entrevista, estructurado a modo de preguntas y respuestas con la intención de desvelar al lector curiosidades e interrogantes de la historia y el funcionamiento del aparato Vaticano, el estado más pequeño del mundo pero no por ello el menos poderoso. 

¿Quién manda en el Vaticano?, el Papa. La palabra Papa tiene tres etimologías, una griega y dos latinas, desde el siglo IV se usa exclusivamente para nombrar al obispo de Roma. Abre la lista de sumos pontífices San Pedro Apóstol, crucificado cabeza abajo en el año 64 o 65 d. de C. por orden del emperador Nerón; importante dato: según la tradición su tumba se ubica bajo el altar mayor de la Basílica del mismo nombre, lo que convierte al Vaticano en centro de la cristiandad y por supuesto del catolicismo. En Roma empezó todo, con un Papa que había sido pescador de peces y luego de almas. La procedencia laboral de los papas antes de ser elegidos es variopinta: abogados, magistrados, médicos, historiadores, novelistas, poetas, teólogos, profesores, dinamiteros, ermitaños, monjes. Uno dio nombre al alfabeto cirílico (San Cirilo), otro impuso el calendario gregoriano (Gregorio XIII). Los ha habido aficionados al automovilismo, al billar, a la escalada, a la natación, a los bolos, al fútbol, al teatro, al cine, a la música (con artes y maneras de pianista), a las novelas de Agatha Christie, etc. Duraran, de mayor a menor pontificado, 31 años 7 meses y 22 días o 4 días, a cada uno anécdotas nos les van a faltar. Y sí, hubo papas casados (eran otros tiempos). 

Pero para llegar a Papa no se llega de cualquier manera, hay que pasar un proceso de elección. Dónde, cómo y quién lo elige; el cónclave institución fundada en el año 1274. Atentos al color del humo que expulsa la chimenea situada en el tejado de la Basílica de San Pedro, ¿negro o blanco?, ¿habemus o no habemus papam?, y cuando ya habemus papam ¿quién anuncia y presenta al nuevo pontífice a la ciudad y al mundo? Siete puntos debe acatar el elegido para ser investido con los poderes y símbolos del cargo: la sotana blanca, el solideo blanco, el anillo del Pescador, la tiara, el pectoral y el gran crucifijo de oro. Además de obispo de Roma ostenta otros títulos, entre ellos Soberano de la Ciudad-Estado del Vaticano.

Vaticano, orígenes del nombre; posible desviación de la palabra latina "vates" (adivinos) o "vate" (poeta), por lo tanto puede significar lugar de los adivinos o lugar de los poetas. Su frontera con la República de Italia la traza una línea blanca que cruza de lado a lado la plaza de San Pedro. El máximo órgano de gobierno de la Ciudad-Estado es el Gobernatorio dirigido por un secretario general y formado por varios departamentos de los que dependen el poder político, económico y militar del Vaticano. Dentro de este pequeño estado formado por unas cuantas calles (y una estación de tren) rodeadas de historia y arte, reside la Santa Sede, órgano ejecutivo del gobierno de la Iglesia Católica. Obispos, arzobispos, cardenales, curas, monjas, frailes, guardias suizos, funcionarios, diplomáticos, periodistas, turistas creyentes y no creyentes llenan de vida sus imponentes edificios religiosos, museos y jardines. El turismo es un gran invento. 

Los dos últimos capítulos del libro los dedica el autor a realizar un somero recorrido por los pontificados del Papa Juan Pablo II, conservador en la doctrina, el pensamiento y la moral, renovador en los gestos, la administración y en el uso de los medios de comunicación de masas; y su sucesor el Papa Benedicto XVI, un prestigioso intelectual, teólogo inmovilista, que gobernó con mano férrea la Congregación para la Doctrina de la Fe (heredera de la Inquisición, como nos señala el autor), fiel y estrecho colaborador del papa anterior.

Libro ameno, entretenido, instructivo, didáctico; responde a multitud de dudas, preguntas y cuestiones sobre una institución religiosa que con más de dos mil años de historia nos contempla. Ah, y ¿dónde se guardan los secretos vaticanos? pues en el archivo secreto, dónde va a ser si no, como está mandao.

lunes, 8 de julio de 2019

LAWRENCE MILLMAN; “EN LOS CONFINES DEL MUNDO”.

 «Un viaje a los lugares más remotos del Atlántico Norte, siguiendo la ruta de los vikingos», subtitula la portada del libro. Ese periplo de Noruega a Terranova, siguiendo el sol de las antiguas vías marítimas vikingas, tomando notas a lo largo del camino sobre las gentes, la historia, las costumbres y la geografía, le dura al cronista algo más de cuatro meses. Tiempo invertido por quien huye de los destinos turísticos populares, ni se desplaza en los medios de transporte convencionales; un barco desvencijado o caminar siempre antes que el avión, el coche o el autobús, estos últimos usar sólo como postrero recurso. Dormir en una tienda de campaña o en una cabaña solitaria mejor que en un hotel (establecimiento prohibido para quien goza del lujo de tener a la tierra por suelo y al cielo por techo).

Poco dura la estancia en Noruega, lo justo para embarcarse en Bergen (ciudad situada al oeste del país) rumbo a las Islas Shetland (Escocia), tan ricas en petróleo y turba como en rocas, acantilados, arrecifes abruptos y avisos de naufragios que advierten a los navegantes neófitos para que se mantengan alejados. Lerwich la minúscula capital, hileras de casas de granito gris con gruesos muros de piedra, y sólidas iglesias, resistentes a las ráfagas de viento ciclónicas que soplan desatadas desde Islandia; calles que poco a poco van perdiendo su atmósfera de paz eterna: «lo que aporta el petróleo a las arcas de la comunidad se lo quita en esencia». Islas remotas, extrañas, en las que pastan ovejas herederas de una raza primitiva y algunos pocos habitantes aún conservan fragmentos del antiguo idioma vikingo.

Siguiente parada a medio camino entre las Shetland e Islandia; Islas Feroe, comunidad autónoma del Reino de Dinamarca, «quizás la única colonia de toda la historia del colonialismo mejor provista que la madre patria». Paisaje cuyo encanto residen en su falta de variedad, en su simple uniformidad que se ofrece con absoluta sencillez. Algunas de sus dieciocho islas condenadas por el aislamiento (los ancianos fallecen y los jóvenes se van) agonizan en una muerte fotogénica. Tórshavn, la capital, considerada a ojos del viajero como una de las ciudades más aburridas del mundo, presume de pubs, hospitalidad familiar y de risas compartidas ante un buen plato de carne de foca. Para limitar el abuso del alcohol, la compra de licor está racionada a cuatro veces al año; el isleño según lo adquiere se lo bebe de un tirón. En la bahía de la localidad de Miövágur se celebra la tradicional caza de ballenas, un festival sangriento en el que se masacran a cientos de cetáceos, se descuartizan y su carne se reparte entre toda la población; al final de la matanza se festeja con danzas populares.

A bordo de un carguero feroés el viajero atraviesa una de las franjas climáticas más encrespadas del mundo con destino a Islandia. Sobreviviente de una ardua lucha contra las olas, mareado, tambaleante, casi cayéndose pone pie a tierra en el puerto de Reykjavik. Cercada por las erupciones, paralizada por el clima traicionero, destruida por encarnizadas luchas familiares y atacada por piratas berberiscos, Islandia conserva el legado vikingo; «los vikingos fueron los segundos mamíferos en colonizar la isla, el zorro ártico fue el primero». Un país agnóstico que considera una grosería inconcebible abordar el objetivo de una visita antes de tomar cinco o seis tazas de café. Se describen paisajes, se visita un desierto inmaculado ajeno a la vida cotidiana de la especie humana, y una isla famosa por su pasión por el ajedrez (herencia, claro está, de un grupo de colonos vikingos que se pasaban el día y la noche jugando en el tablero). Conoce a un sacerdote que ensalza el goce desde el púlpito y despotrica contra la base militar norteamericana, a un asesino que se beneficia del tolerante sistema penitenciario islandés (sea cual sea el delito puedes salir del recinto carcelario siempre que se comunique el paradero a la policía cada cuatro horas), y a un farero solitario que vive absolutamente aislado en un puesto avanzado de guardia, rodeado de 16.000 libros, según propia estimación. Agotada la estancia, recorre los muelles de Reykjavik buscando un barco que le lleve a Groenlandia adelantándose al invierno; ante la imposibilidad de encontrar uno tiene que tomar un avión, traicionando el plan original de realizar la ruta por mar como los vikingos, un pueblo marinero que, aunque hubiese tenido ocasión, nunca habría volado.
 
La carretera más larga de Groenlandia, en un país donde las carreteras son una rareza, es la que une la capital Nuuk con el aeropuerto. En Nuuk, una ciudad aislada del mundo, con un estilo urbano desangelado, viven un cuarto de la población de la gran isla (cuatro veces la superficie de Francia), la mayoría de sus habitantes congregados en bloques de apartamentos baratos idénticos. Niños desarrapados jugando en lodazales verdosos, mujeres de aspecto primitivo estrechando contra el pecho cajas de cerveza, hombres de edad indeterminada víctimas del paro; resentimiento hacia el gobierno danés, problemas de alcoholismo y alta tasa de suicidios. El viajero recorre el interior del helado territorio, descubre restos de antiguas bases militares que dejó la Guerra Fría y vestigios arqueológicos de granjas vikingas; no pierde ocasión de charlar con los nativos de los que se siente enamorado, una raza humana denominada inuit, nunca esquimal (término despectivo), que se ríe de la desgracia.

Los barcos groenlandeses se pintan de rojo o naranja para distinguirlos del hielo. Navegación laboriosa; niebla helada, ballenas, icebergs encallados en la costa o a la deriva. Terranova y Labrador últimas paradas de la ruta vikinga. Acompañado de un guía busca a los osos negros, acampa junto a la morada del abominable hombre de las nieves, visita una excavación donde han aparecido ocho casas de tierra, un alfiler, una aguja de hueso, pan fosilizado y otros utensilios domésticos similares a los que aún se utilizan en Noruega. Observa que la naturaleza forzosamente va cediendo terreno a la expansión humana: menos naturaleza más asfalto y hormigón. «Uno de los objetivos de viajar es evitar a toda costa el destino final», pero el viajero está cansado, es hora de volver a casa.

martes, 1 de enero de 2019

JOSÉ MARÍA EÇA DE QUEIRÓS; “ESTAMPAS EGIPCIAS”.

En 1869 Eça de Queirós viaja a Egipto con el encargo de asistir a los festejos de inauguración del Canal de Suez. Permanece dos meses en ese país de gentes que visten con vivos colores y hablan con estruendo, raza vigorosa donde las personas se conservan como las pirámides; visita monumentos ancestrales, yacimientos arqueológicos, templos en ruinas, ciudades milenarias y tierras fértiles regadas por un río cuna de mitos y leyendas. El Nilo es el cielo que suple a la lluvia, el cordón umbilical que alimenta los campos; crece equitativamente, sin injusticias ni cólera, fuente de vegetación, de cultivos fecundos, de un paisaje rico y sereno habitado por campesinos pacíficos, hospitalarios, sencillos y sobrios que sufren resignados con indiferencia impasible la brutalidad de un régimen esclavista; el campesino no posee nada, no tiene propiedades, ni casa, ni tierras, ni animales, ni la familia le pertenece y mucho menos la libertad, su vida es sólo trabajar, rezar y cuando envejece mendigar. No se discuten las decisiones del gobierno ni los actos de los poderosos, se aceptan como elementos del destino. 

Mueren las aguas del Nilo desparramándose en un extenso delta, abanico de vida y civilización. Antiguas ciudades de renombre con ecos de pasado esplendor. Alejandría, ¿dónde están las bibliotecas, los palacios, los jardines?, construcciones abandonadas, algunas hechas escombros, otras han dado paso a grandes edificios blancos, a monótonas plazas, bulevares y casinos; ciudad (a los ojos del viajero) pesada, fastidiosa, vulgar, insalubre y fea, nada queda de su antiguo apogeo que la situaba, junto a Atenas y Roma, como centro del lujo, las letras y el comercio del Mediterráneo. De distinta manera se ve El Cairo, puerta del Delta, capital histórica, administrativa y política; ciudad colorida y luminosa que estimula la imaginación; los barrios, las calles, las casas, el ambiente son descritos con un vago aspecto a como lo vemos en los viejos grabados o en las ilustraciones fantásticas de Gustave Doré: bazares, rincones, plazuelas, callejones, muchedumbres de túnicas y velos, damas de harén, gordos eunucos negros, encantadores de serpientes, viejos comerciantes, fumadores de opio, derviches, pachás, etc. Al viajero occidental se le oculta la verdad de la vida cotidiana bajo una malla de agasajos, cumplidos, rutas guiadas y sobornos; el soborno es una costumbre arraigada en la sociedad egipcia, está en su ADN, mueve la voluntad del más poderoso hasta el más insignificante, del rico y del mendigo, del noble y del campesino; sin el soborno nada funcionaría: todo se allana, todo se simplifica, todo se concede, todo se cumple con el soborno; denuncia el narrador.

El objetivo primario del viaje queda convertido en una excusa, pero no menor. Se describen los faustos de la inauguración del Canal de Suez: fachadas engalanadas, parques iluminados, carreras de caballos y de dromedarios, danzas tribales, magia, conciertos, bailes, fuegos artificiales, etc., y una flotilla de embarcaciones que partiendo de Port Said recorre el canal escoltando el barco de la emperatriz Eugenia de Montijo. A los actos asisten reyes, emperadores, representantes de todos los países, turistas llegados de diversas partes del mundo y, claro está, Ferdinand de Lesseps, padre de la obra, quien cuenta las dudas, los problemas y las dificultades que han tenido que salvar, y expresa sus inquietudes, sus miedos a que todos los esfuerzos, todo el trabajo quede en un fracaso.

Egipto es un territorio de paso hacia África y Persia codiciado por las grandes potencias europeas. Aprovechando las contradicciones de la política interior egipcia, los europeos se han ido infiltrando en todos los rincones de la administración; en la economía, en la industria, en el comercio se defienden intereses extranjeros con dinero egipcio. Aunque pertenezcan a las clases altas y cultas, el eurocentrismo considera a los egipcios una raza inferior, fuerza de trabajo barata; y los egipcios miran a los europeos como una plaga dispuesta a devorar sus riquezas. La apertura del Canal de Suez supone un camino directo hacia la India, circunstancia que desata las ambiciones del colonialismo inglés. Justificando un motivo pueril, con el apoyo de una prensa británica sensacionalista y manipuladora que exacerba la insolencia nacionalista, y ante la pasividad del derecho internacional, se interviene militarmente un país, se le convierte en un protectorado y a sus habitantes en súbditos. El colonialismo inglés -escribe el autor- se parece mucho a la política primitiva de los emperadores persas: ser fuerte, caer sobre el débil, destruir su vida y arrebatarle sus bienes. Algo que por desgracia suena a plena actualidad.

lunes, 26 de septiembre de 2016

RAMIRO CALLE; “LA OTRA INDIA”.

Símbolo rural, la vaca presencia mística, recordatorio sagrado, ofrece su leche y sus excrementos, respetada (se trata mal a las viudas solas y a los perros callejeros, pero no a la vaca), forma parte del gran espectáculo del mundo: la madre India, tierra de grandes sabios, científicos, escritores, pensadores, músicos y místicos. Gentes resistentes y hospitalarias. Millones de pies errantes que no dejan de caminar, unas veces por carreteras sumamente transitadas, otras por polvorientos caminos o por senderos naturales que surcan valles y montañas, junglas y selvas. Sadhus, respetados a la vez que temidos, deberían ser hombres santos y piadosos, muchos simples pordioseros y falsarios; se apartan de la sociedad, no quieren aceptar sus artificiosas leyes y sus adulterados valores, prefieren consumir sus días como peregrinos, como ascetas abismados en fecunda meditación, habitando cuevas excavadas en las montañas o junto a los crematorios; paradigma los desastrados y desgreñados aghori, embadurnados el cuerpo con cenizas, utilizan cráneos humanos como escudillas o como tamboriles rituales para ceremonias, algunos de ellos, los más desequilibrados de la secta, en su afán de automortificación, llegan a ingerir restos humanos. “El sadhu es un arquetipo, y así da guerra a lo constituido, a lo establecido, a ese armazón de voracidad, rapacidad y putrescibilidad de la sociedad que se presenta como respetable y convierte la democracia en una prostitucracia por culpa de sus ególatras y desaprensivos políticos”. Espectáculo de sacrosanta espiritualidad de la más espuria mercadería religiosa; ¡hay tantos gurús falsos!, por cada yogui, gurú, sadhu verdadero hay mil falsos que buscan vorazmente clientes más que discípulos y alardean de su sabiduría y de sus lujosos ashrams. El sadhu auténtico es un marginado, no tiene pasado, no tiene edad, no tiene nombre de pila, por propia voluntad ha cortado todos sus vínculos sociales. El hinduismo es más una filosofía o una actitud de vida que una religión propiamente dicha. La India con una gran tradición de meditación se puede considerar como el gran diván psicológico del planeta.

Calles abigarradas, carnavalescas, bullicio ensordecedor, mosaico de razas, religiones y costumbres (aún hay cincuenta millones de gentes originarios de sociedades tribales). Teatro callejero, encantadores de serpientes (anualmente miles de personas fallecen por picaduras de serpientes, entre ellas la temible cobra), ancianos mendigos, niños ladronzuelos, curanderos, penitentes, faquires, eunucos danzarines, reclamos turísticos, “los mil oficios del hambre” tan antiguos como la civilización, ejercidos entre olores fecales lacerantes, aliviados por el olor a sándalo:“la higiene de los indios no es nuestra higiene, como a menudo su lógica no es nuestra lógica”. Inseparable compañera la varita de incienso, omnipresente en templos, en establecimientos públicos, en hogares; cientos de miles de personas trabajan en la fabricación de esas barritas aromáticas, a las que se atribuyen la propiedad de relajar la mente.
 En la India se comercia con todo, lo profano y lo sagrado, la materia y el espíritu, el hindú tradicionalmente es un gran comerciante, tanto como dado a las ceremonias y los festivales religiosos. No hay lugar en la India que no sea célebre por sus santos, sus sabios, sus personajes mitológicos, y ciudad que no lo sea por sus templos, santuarios y monasterios: templos hindúes, templos jainas, mezquitas, santuarios sijs, etc. Ciudades que fascinan, que provocan un gran interés en el viajero, donde se mezclan el canto evocador del muecín con el continuo repetitivo de los mantras. Urbes contradictorias, duales, santas, místicas, mercenarias, antiguas como el propio mundo; insufladas de misteriosas energías, amantes de lo inconcreto, cunas de la civilización, enclaves del poder cósmico, fascinante diversidad geográfica humana, sin urgencias, donde el sentido del tiempo rige de modo diferente, en apariencia no hay lugar para el estrés.

La prosperidad y la supervivencia agonizante se bañan en el río más sagrado de la India y posiblemente de la Tierra: el Ganges, pasión de emperadores, de maestros del espíritu, de millones de personas que a lo largo de todo su curso se meten en la corriente e incluso beben sus aguas contaminadas. En sus orillas se levantan los crematorios, piras ardiendo, cadáveres a la espera, los incineradores no cejan por un momento de llevar a cabo su tarea; a veces cuando una familia no puede pagar la leña necesaria para la completa combustión del cuerpo, algunos miembros quedan si calcinar y así son arrojados a las aguas sagradas.

La otra India, el país de los contrastes, puntero en la producción de software junto a cotas alarmantes de analfabetismo, capaz de fabricar misiles atómicos y cientos y cientos de miles de personas viven sin agua corriente obligadas a lavarse en la calle, predicar la no-violencia a la vez escenario de sangrientos enfrentamientos entre las comunidades de hindúes y musulmanes, avanzada en el estudio de las matemáticas y supersticiosa en el uso de la astrología en todo acontecimiento vital (de manera muy especial en las relaciones sentimentales). Un lugar impactante que reza el Sutra del Amor: “ojalá todos los seres sean felices, en cualquier condición que fuere, en cualquier espacio que estuvieren”.

miércoles, 26 de agosto de 2015

TUIAVII DE TIAVEA; “LOS PAPALAGI”.

Aunque Papalagi significa “hombre blanco extranjero”, literalmente quiere decir “quebrantador de los cielos”; el primer hombre blanco que desembarcó en Samoa llegó navegando en una embarcación a vela, los nativos que le vieron aproximarse pensaron que había salido de una grieta en el cielo, de ahí la denominación. Traducidos y seleccionados por Erich Scheurman, publicados en 1929 bajo este título, se recogen los discursos del jefe samoano Tuiavii de Tiavea dirigidos estrictamente a su pueblo polinesio, no al lector occidental. En ellos describe, con su particular estilo, lo que sus ojos asombrados observaron a lo largo de un viaje por algunos de los estados de Europa, donde conoció su cultura y sus peculiaridades nacionales. Se tornan los papeles, el explorador blanco se convierte en aborigen exótico y el aborigen exótico se convierte en explorador y nos cuenta sus impresiones etnológicas. Leemos los sentimientos que produce el contacto directo con una civilización ajena, extraña, incomprensible y tecnológicamente más avanzada. El amigo Tuiavii nos dice: 

“La carne es pecado, sólo el espíritu cuenta”; esto dicen Los Papalagi, por esta razón llevan el cuerpo enteramente cubierto de taparrabos, esteras y envuelven sus pies en pellejos ajustados y pesados. Es común que los taparrabos de las hembras sean más coloridos, atractivos y finos que los de los machos. La mujer tiene muchas ropas de todos los colores y formas, la mayoría de sus pensamientos están dedicados a la elección de qué taparrabos llevar y cuando. El hombre sólo tiene un traje de fiesta y rara vez habla sobre él. Haciendo todo esto, el cuerpo de Los Papalagi se vuelve de un blanco pálido y carece del color de la alegría. No disfrutan de la vista que les ofrece una doncella esbelta con los miembros brillando al sol. Los Papalagi tienen que cubrirse tanto para esconder su vergüenza por estar locos, ciegos y no sentir los verdaderos placeres de la vida; porque no hay mayor locura que considerar la carne como un pecado. 

Los Papalagi viven como crustáceos entre piedras de hormigón. Sus chozas forman filas en los márgenes de las grietas de lava que llaman calles; allí viven en el interior de casas altas del mismo modo que un ciempiés, escondidos detrás de muchas alas de madera que tienen que empujar antes de entrar a un cubículo llamado salón o habitación. Apenas conocen los nombres de los otros y cuando se encuentran, se saludan con un corto movimiento de cabeza o gruñen como insectos hostiles. La ciudad es su creación y su orgullo, Los Papalagi que viven allí tienen gustos raros, sin ninguna razón especial hacen toda clase de cosas que les ponen enfermos, aún así se sienten orgullosos de ellas y cantan odas a su propia gloria, esa gente no ha visto nunca un árbol o un bosque, jamás han visto el cielo claro, ni se han encontrado al Gran Espíritu cara a cara. Debajo de las colmenas donde viven, existen las grandes chozas de seudovida, que El Papalagi llama cine. Mientras sus ojos ven muchos placeres y crueldades, el hombre blanco tiene que permanecer sentado, muy quieto, mirando las imágenes que salen en la gran estera colgada de la pared como si él fuera de una especie distinta, porque están convencidos de que son mejores que aquellos que ven en el haz de luz y que ellos nunca realizan actos disparatados como los que se muestran. En la oscuridad pueden participar de esta seudovida sin avergonzarse, sin que otras personas sean capaces de ver sus ojos; el pobre puede jugar a ser rico y el rico puede jugar a ser pobre, los enfermos pueden imaginar que están sanos y los débiles que son fuertes. En la oscuridad todo el mundo puede conquistar y vivir cosas que nunca serían capaces de lograr en la vida real. Las imágenes crean pensamientos que acaban manteniéndole esclavizado. Cuando el sol está brillando, él piensa todo el tiempo cuanto bellamente brilla, pero cuando el sol brilla es mejor no pensar absolutamente nada, un hombre sabio expondría sus miembros a la cálida luz y no produciría ningún fruto del pensar mientras tanto. Nosotros sabemos que el pensar nos hace viejos y feos antes de tiempo. Los Papalagi eso lo desconocen aunque, curiosamente, sienten pasión por el tiempo, lo toman muy en serio y cuentan toda clase de tonterías sobre él, culpan al Gran Espíritu por no darles más, se lamentan de que el tiempo se desvanece como el humo. ¿Cuántos años tienes?, significa cuantas lunas has vivido. Es alguna clase de enfermedad peligrosa, porque cuando descubren las lunas que suele vivir la gente, entonces se guarda en la mente y pasadas una gran cantidad de lunas dicen: “Ahora, me ha llegado la hora de morir”. Nosotros nunca nos hemos lamentado del tiempo, lo hemos amado, sabemos que alcanzaremos nuestro objetivo a tiempo y que el Gran Espíritu nos llamará cuando perciba que se ha cumplido nuestro plazo. 

Cada Papalagi dedica la mayor parte de su tiempo a una profesión. Todo lo que hacen con sus manos o con sus cabezas lo convierten en una profesión. Tener una profesión significa hacer siempre la misma cosa sin obtener ningún placer de ese trabajo, porque su trabajo se come toda la alegría y porque nunca hacen nada por su propio gusto. La profesión también es un espíritu maligno que destruye la vida, un espíritu maligno que murmura promesas dulces a los oídos de la gente a la vez que les chupa la energía de sus cuerpos; están cansados, encorvados y grises, les mata toda luz. Muchos trabajos de su profesión consisten en tallar e inventar cosas. De repente todo el mundo quiere tener tal cosa; la ponen frente a ellos, la adoran y la cantan elegías en su lenguaje. Parece que vivieran sólo para obtener cosas. Coleccionan cosas como un loco colecciona hojas muertas y llenan su cabaña con ellas hasta que todo espacio libre queda ocupado. Esta es la razón porque la tierra se ha vuelto tan triste. Es signo de gran pobreza que para vivir, alguien necesite de muchas cosas, porque de ese modo demuestra que carece de los elementos importantes del Gran Espíritu. El sueño del Papalagi nunca es tranquilo, siempre tiene que estar alerta, constantemente, para que las cosas que amasa durante el día, no le sean robadas por la noche. Jamás hallan el verdadero reposo: esa cabaña donde sólo hay una estera para dormir y un envuelvecama, y donde nada te turba salvo la suave brisa del mar. 

Para obtener las cosas que les gustan, Los Papalagi necesitan dinero, cuanto más dinero acumulen más cosas tienen. Aman el dinero, dan la alegría a cambio de dinero, dan la salud a cambio de dinero; ellos adoran el papel tosco y el metal redondo, invocan al dinero como su único dios. En la tierra del hombre blanco es imposible estar sin dinero, tienes que pagar por todo, incluso para nacer tienes que pagar, incluso para morir tienes que pagar. En la tierra del Papalagi el hombre no es respetado por su nobleza o su valor, sino por la cantidad de dinero que acumula. Siempre se está devanando los sesos para sacar mayor provecho de los bienes de la tierra y su consideración no es por humanidad, sino sólo por el interés de una simple persona, esa persona son ellos mismos. En nuestro idioma “lau” significa “mío” pero también significa “tuyo”, es casi lo mismo; sin embargo en el idioma de Los Papalagi es difícil encontrar dos palabras que difieran tanto en significado como “mío” y “tuyo”, “mío” significa que algo me pertenece por entero a mí, “tuyo” significa que algo pertenece por entero a otro. Aquellos que tienen mucho deberían dar una parte, pero no quieren hacerlo; los que no tienen quieren también algo, pero no consiguen nada. Los hombres blancos no se dan cuenta que Dios creó el mundo para la felicidad y disfrute de todos y no sólo para unos pocos, mientras el resto sufre penalidades y necesidades. Dios no quiere que uno tenga mucho más que otro o que alguien diga: “estoy de pie bajo un rayo de sol y tú debes permanecer a la sombra”. Los Papalagi, aunque se llaman a sí mismos hijos de Dios y tienen su fe confirmada en escrituras sobre esteras, todavía sus enseñanzas les son extrañas, incluso aquellos que hablan sobre ellas. Los Papalagi retan a Dios, pero Dios es más fuerte que ellos y decide quien muere y cuando sin importar su riqueza.

El misionero dijo: “Dios es amor”, esta es la razón por la que el hombre blanco reza al Gran Espíritu, pero el misionero nos ha mentido. Sé que el Gran Dios nos ama más de lo que los ama a ellos, que nos llaman salvajes, palabra que evoca imágenes de animales con colmillos, carentes de alma. No se entiende donde radica el mérito de la cultura que ellos llaman civilizada, que alinea a su propia gente y les hace falsos, artificiales y depravados. Debemos estar agradecidos por no conocer los pecados y horrores de Los Papalagi.

lunes, 14 de enero de 2013

RYSZARD KAPUSCINSKI; “ÉBANO”.

Viajar con los ojos abiertos, la mirada atenta, observando los rincones tortuosos del mundo. Llama la atención la luz, la claridad, el diáfano esplendor. Todo está inundado de luz que exalta el cromatismo, los colores plenos de fantasía y vitalidad, chillones, geométricos, estampados, en casas, vehículos y ropas, un gran kitsch bullicioso, multitudinario, se vive en la calle, mezclados: peatones, bicicletas, automóviles, carros, vacas, cabras, etc. La tradición africana es colectivista, el individualismo se considera sinónimo de desgracia, de maldición; nada une más a los africanos que el echarse unas risas juntos. La urbe africana es un continuo fluir de gente sin ocupación fija y conocida, compran, venden, trapichean, trabajan a salto de mata, como mozos de cuerda, como vigilantes, como mano de obra a destajo, proletarios clínex. Hombres y mujeres en movimiento, masas en peregrinaje, los de acá huyen de la guerra, los de allá del hambre, los de acullá de los cuatro jinetes del apocalipsis a la vez. A derecha y a izquierda, los márgenes de las carreteras convertidos en zonas comerciales por donde circula la vida (han tomado el relevo de los ríos), se abren tiendas, bares, posadas, templos religiosos. Almas del lumpen que escapan, deambulan, extravían, abandonan la pobreza del campo para encontrar su lugar en la miseria de la ciudad, se instalan en barrios de chabolas, edificaciones endebles construidas sobre los peores terrenos con materiales de deshechos que aprovechan, reciclan y nadie sabe de dónde sacan, hacinados entre polvo, insectos y olores tropicales que atraen y repugnan, que seducen y dan asco; pozos negros de la vil condición humana en donde cada año la malaria, el cólera o la disentería se cobran millones de víctimas que sufren de desnutrición y agotamiento. Barrios provisionales, inestables y frágiles establecidos bajo la amenaza del desalojo, pasto de las excavadoras cuando afean la vista de las autoridades municipales. No hay futuro, se vive a la hora o al minuto o al segundo, la inmediatez del ahora supone saciar el hambre y hasta el próximo presente. Al otro lado del traslado a la salvación, a la esperanza, anida la desesperación, la sentencia, “un mundo en el que la miseria condena a la muerte a unos y convierte en monstruos a otros”. Abajo masas de gentes ignorantes, atemorizadas, explotadas, arriba una clase de burócratas ineficaces y corruptos, políticos avariciosos y déspotas, y militares arrogantes y dictatoriales; herederos del origen colonial del estado africano, grupúsculos sociales que nada producen, que no crean riqueza, que sólo disfrutan de los privilegios de gobernar a la colectividad, adoptan formas del colonialismo y la esclavitud. 

Durante tres siglos África fue saqueada de sus gentes, arruinada y casi destruida, el comercio de esclavos supuso la etapa más cruel y abyecta de la conquista llevada a cabo por el invasor blanco, con consecuencias deplorables en el terreno psicológico, implantó el complejo de inferioridad, fomentó la ideología del racismo y estableció el totalitarismo; y en el terreno político-social envenenó las relaciones entre sus habitantes. El colonialismo sólo buscaba el beneficio rápido, la conquista fácil, el expolio de todo cuanto encuentra en su camino (tierras, animales y hombres) al coste más bajo posible. Se trata a los oriundos africanos como objetos, como instrumentos o en el mejor de los casos con un paternalismo degradante. Desdeñando la diversidad cultural y étnica, unos diez mil reinos, federaciones y comunidades tribales son comprimidos en los límites de apenas cuarenta colonias, a veces sometidos a un mismo poder extranjero y a una misma ley. Cuando obligada por la naturaleza de la historia se presenta la fiebre descolonizadora, sobre el tablero de juego se ponen todos los prejuicios e intereses, en ningún caso el proceso descolonizador debe producirse sin que la circulación de riquezas y mercancías de las colonias o ya excolonias a la respectiva metrópoli se resienta excesivamente. El resultado de la liberación no fue el bienestar y el desarrollo social, para su desgracia la realidad quedó muy lejos de las nobles aspiraciones; los pueblos africanos se habían liberado del colonialismo, del amo, del señor, pero no del analfabetismo, el latrocinio económico, el fraude electoral, el gansterismo político, las luchas por el poder, los golpes de estado, las dictaduras monstruosas, los odios multiétnicos, las migraciones forzosas, las revueltas, las masacres, las hambrunas, las enfermedades y las guerras. Guerras crónicas que se desarrollan en silencio, escondidas, sin testigos, sin que importen al resto del mundo; campos de batalla donde la civilización moderna no ha llevado la electricidad, el teléfono o la televisión pero sí las metralletas; armas que no sólo sirven para combatir, también son un medio de supervivencia, cada vez las hacen y venden más ligeras, manejables y cortas, juguetes sangrientos en manos de niños soldados, generaciones amamantadas en la violencia. 

Estampa del hambre en la inmensidad del yermo africano vasto y hostil: calor, sequía, pozos vacios, cosechas baldías, primero mueren las cabras y ovejas, luego los niños, después las mujeres, por último muere el hombre y el camello. En las aldeas la diferencia entre pobres y ricos no la establece la variedad de alimentos sino la cantidad de arroz, el pobre come un puñado exiguo y el rico un cuenco lleno a rebosar, la sequía prolongada iguala a los dos y les condena por igual a poder morirse de hambre. Se muere de hambre no por falta de alimentos, sino por culpa de una organización social inhumana, de un juego político y económico desalmado producto de un mundo egoísta, ruin y paranoico. La muerte por hambre es un acto de injusta sumisión. 
 
Frente a la flora y la fauna exuberantes, manadas de cebras, antílopes, búfalos, jirafas, leones, leopardos, elefantes, etc. que se pasan la vida corriendo y galopando protegidos en sus ecosistemas, el habitante humano indefenso y pobre; seres que vegetan al margen de la humanidad, nacen y mueren sin que nadie lo note, seres desconocidos y anónimos. 

 “Qué hacer con la presencia en la Tierra de millones y millones de personas. Con su energía sin emplear. Con el potencial que llevan dentro y que nadie parece necesitar. ¿Qué lugar ocupa esa gente en la familia humana? ¿El de miembros de pleno derecho? ¿El de prójimos maltratados? ¿El de intrusos molestos?”. 

Viajes y crónicas por una historia maldita.