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lunes, 21 de mayo de 2018

OTTORINO GURGO; “PILATOS”.

Era feo: piel grasienta, bajo, calvo y rechoncho. De gestos toscos y mirada esquiva. De carácter iracundo hasta la violencia, huraño, presumido, arrogante y astuto más que inteligente. De los orígenes familiares de Poncio Pilatos nada cuenta la historia fuera de las leyendas; una de estas versiones cuenta que había nacido en Hispalis (actual Sevilla, ciudad española que gozaba del derecho a la ciudadanía romana), fruto del vínculo matrimonial entre una mujer local y Tito Poncio centurión romano. Conjeturando se puede decir con mayor fundamento que pertenecía a la familia de los Poncios, de buen linaje aunque sin formar parte de la casta patricia, su categoría social correspondía a los équites illustriores, una especie de aristocracia funcionarial que ocupaba cargos públicos de cierta importancia. Instalado en Roma, con recomendación entra en el círculo de Lucio Elio Sejano (amigo y consejero de Tiberio, hombre poderoso, temido y odiado), en casa de quien se aloja con frecuencia (cuentan las malas lenguas que fue amante de su mujer Apicata). Estando al servicio de Sejano, se baraja la hipótesis que Pilatos formara parte de la conjura contra Cneo Calpurnio Pisón (viejo amigo del Emperador, legado en Siria) quien no se habría suicidado, sino que había sido asesinado por orden de Sejano, siendo Pilatos uno de los autores del crimen. Fruto de sus amistades y arteras maniobras adquiere riqueza y posición, es hora de casarse, a instancias de Sejano pone sus ojos en Claudia Prócula: nacida en Narbona (Francia) perteneciente a una de las ramas secundarias de la familia Claudia, con credenciales más ilustres que dinero, sin embargo, caso anómalo en la época, el enlace fue más por amor que por interés.

Nombrado prefecto de la provincia romana de Judea, en el año 779 de la fundación de Roma (año 26 de la era cristiana), Poncio Pilatos junto a su esposa, con una maleta ideológica cargada de prejuicios antijudíos, arriba en el puerto de Cesarea Marítima lugar donde, siguiendo el ejemplo de sus predecesores, fija su residencia oficial. Cesarea Marítima (levantada por Herodes el Grande) resultaba más cómoda y tranquila que Jerusalén, el carácter griego y pagano de la ciudad contribuía a hacer más agradable la estancia para un romano, las comunicaciones con la Capital Imperial y con el gobernador de Siria eran más fáciles, y al estar ubicada a orillas del mar en caso de una sublevación popular no se corría el riesgo de quedarse atrapado. Recién llegado se pone al corriente de los poderes que dispone: como administrador le compete cobrar la contribución territorial o personal (otros tributos, consumo, peaje, tasas de esclavos, etc., se adjudicaban a ricos contratistas: los publicanos); como jefe militar tiene bajo sus órdenes cinco cohortes (cuatro acuarteladas en Cesarea y una en Jerusalén, en la fortaleza Antonia); como juez era el juez supremo de sus tropas mientras para la justicia ordinaria operaban los tribunales judíos, con una salvedad, la potestad de dictar penas capitales competía al procurador pasando por encima de la decisión del Sanedrín.

Desde el minuto uno los desencuentros o mejor encontronazos entre Poncio Pilatos y la comunidad judía van a ser continuos: por las imágenes, por el culto al César, por la acuñación de moneda, por la construcción de un acueducto, por los dineros del Templo, por lo que sea. Pilatos no entendía las costumbres, ni entendía la fe de una sociedad, a su parecer, tan tortuosa, compleja, cargada de supersticiones, de rituales mágicos; era incapaz de distinguir las diferencias entre saduceos y fariseos (los dos grandes partidos), zelotes, esenios o cualquier otra corriente, por todos sentía tanto desprecio como ellos sentían por él. Pragmático absoluto, convencido de la invulnerabilidad del predominio de Roma, ejercía todo su poder para anular la fuerza política del Sanedrín y del Sumo Sacerdote, y oprimir a la aristocracia judía; quería hacerles sentir el peso de la autoridad romana. A lo largo de su mandato Pilatos no dio muestras de ser un tipo inteligente, testarudo mucho, inteligente nada.

Al contrario que Poncio Pilatos, su esposa, Claudia Prócula, siguiendo una moda muy extendida entre las damas romanas, tenía cierta simpatía por el judaísmo, por sus ritos, sus misterios, sus gentes. En aquellos tiempos había muchos profetas, curanderos y magos que recorrían Palestina, y era bien sabido que Claudia Prócula se interesaba por estos personajes, fue ella, según parece, quien habló a su marido de un galileo llamado Jesús de Nazaret. Según los textos sagrados, Jesús de Nazaret no era del agrado de saduceos ni de fariseos, es del todo posible que esta actitud de desprecio despertara las simpatías de Pilatos hacia el nazareno, a quien todavía no había tenido ocasión de conocer; sin embargo el destino entrecruzará sus vidas en un episodio controvertido y luctuoso, poniendo en la historia del cristianismo el nombre del oscuro prefecto romano.

Cuando llegaba la Pascua, la mayor de las fiestas hebreas, Poncio Pilatos estaba obligado a cambiar la tranquilidad de Cesarea por el bullicio de Jerusalén. Se alojaba en la fortaleza Antonia, desde donde podía controlarlo todo y disponer de inmediato, en caso de alguna revuelta, de la guarnición romana acantonada en el recinto. En vísperas a la celebración, los atrios del Templo se convertían en un mercado donde se cambiaban monedas griegas y romanas por monedas judías y tirias (las únicas que podían ser usadas en las ceremonias del Templo), y se compraban y vendían animales para ser sacrificados. De cada moneda que generaba aquel comercio un porcentaje iba a parar a las arcas de Anás, el gran patriarca, la eminencia gris, el verdadero sumo sacerdote, que jamás toleraría que se amenazara aquello sobre lo que había construido su poder y su riqueza. El Nazareno expulsando a los mercaderes del Templo de Jerusalén había metido el dedo en el ojo o, mejor, en bolsillo adverso; para Pilatos, aquel hombre podía convertirse en un germen de desórdenes. Jesús de Nazaret, traicionado por uno de sus discípulos, fue arrestado por orden del Sanedrín y condenado a muerte por este mismo tribunal judaico. Las leyes romanas disponían que nadie podía ser condenado sin juicio y la facultad de emitir sentencia capital estaba reservada a la autoridad de Roma. Era preciso, pues, llevar al preso ante el procurador romano para que fuera él quien deliberara la pena y la hiciera ejecutiva. Aunque tuviera serias dudas de la legitimidad del arresto y la condena, Pilatos no podía tomar a la ligera el asunto, de una u otra manera era inevitable el trágico final. Para los romanos la crucifixión era la muerte más cruel y espantosa; para los hebreos era incluso algo más grave: «un colgado es una maldición de Dios» estaba escrito en el Deuteronomio.

Después del proceso a Jesucristo el diálogo que había mantenido unidos a Poncio Pilatos y Claudia Prócula se rompe, las relaciones se deterioran de manera irreversible; corre el rumor que ella forma parte de la secta cristiana e incluso advirtió a su marido: «No te mezcles en el asunto de este justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho». El organismo de Claudia Prócula se debilita, cae enferma y muere en paz; Pilatos pierde al único ser humano que había amado, no le queda nada ni nadie, se siente solo y aislado en un mundo hostil que no comprende. En los tres años que aún permanece en Palestina incrementa el odio y el desprecio por sus administrados. Cuando recibe noticias de actividad sediciosa en Samaria, da orden a las cohortes de atacar y ejecutar la más implacable represión. Esta acción exacerbada precipita una caída que quizás estaba buscando. Se le ordena presentarse en Roma a dar explicaciones. Durante toda su vida sólo había creído en dos cosas: el poder de Roma y su ambición personal; las dos habían cambiado, Sejano y Tiberio estaban muertos, sin protectores que pudieran interceder por él, fue declarado culpable y condenado. Aprovechando una amnistía general decretada por la subida al trono imperial de Cayo Calígula, Pilatos, bien aconsejado, emprendió el camino del exilio, se fue a Vienne donde, según parece, sumergiéndose en las aguas del Ródano se quitó la vida.


Basándose en una leyenda del siglo II (recogida por Tertuliano, entre otros) que concluye con la conversión de Pilatos al cristianismo, la iglesia monofisita etíope y egipcia le cuentan entre sus santos. También, y con más motivos, fue coronada en los altares de la Iglesia Ortodoxa Oriental y de la Iglesia Ortodoxa Etíope su esposa Claudia Prócula. En cambio Pilatos es despreciado por la iglesia occidental.

domingo, 13 de abril de 2014

FRANCOIS-RENÉ DE CHATEAUBRIAND; “MEMORIAS DE ULTRATUMBA”.

La vida y la muerte; llanto nocturno del recién nacido envuelto en el ruido y la furia de la tormenta, la oscuridad de la noche tiene prioridad sobre la claridad del día, la muerte pesa más que la vida, “durante toda la vida no hacemos más que vagar en torno a la tumba, nuestras diferentes enfermedades son unas ráfagas que nos aproximan más o menos a puerto. La muerte es hermosa y amiga nuestra, pero no la reconocemos porque se nos presenta enmascarada y su careta nos infunde respeto.” El nacimiento del héroe se manifiesta como acontecimiento dramático y extraordinario, presagio de un destino señalado por la infelicidad, la tristeza y la melancolía (la prescrita “enfermedad del siglo”). Se alumbra una civilización de emociones cambiantes contenida dentro de un periodo histórico decisivo, aquél en el que se derrumba estrepitosamente un mundo que parecía consolidado, y de sus escombros nace otro nuevo. Epopeya tejida de elementos épicos a la medida de la ambición de un hombre de genio, imagen de poeta despeinado y turbulento fascinado por la insatisfacción, el fracaso y dejar a la posteridad su reconstrucción personal del pasado, monumental retrato introspectivo de un brillante hacedor de su propia existencia, quiere antes de morir explicar su corazón inexplicable.
    
Militar, viajero, político y literato vizconde de Chateaubriand, vida y obra imbricadas, antinomia entre razón y fe, caballero errante con los gustos sedentarios de un monje, aristócrata de nacimiento y por naturaleza y demócrata por convicción, monárquico legitimista y al mismo tiempo liberal, enemigo acérrimo del absolutismo; contrarrevolucionario y defensor de los derechos y libertades públicas, tímido en los salones cortesanos y audaz en la tribuna pública; honrado y sincero sufrió persecución bajo todos los regímenes: “escribo para decir la verdad”; gubernamental y oposicionista, patriota que sirvió a todos los gobiernos y por todos fue abandonado, “los perros como los hombres suelen ser castigados por su fidelidad”. Espectador, actor y autor destinado a personificar los principios, ideas, acontecimientos, desastres de un tiempo en el que la acción intelectual impulsó la acción material, originando cambios irreversibles en el futuro de Francia y del mundo. A la actividad política entregó la mayor parte de su vida, ejerce de embajador y ministro entre otros cargos, fue testigo directo cuando no artífice de la Monarquía, la Revolución, el Imperio y la Restauración; presencia el paso de la antigua monarquía a monarquía constitucional y de ésta a república, ve a la república convertirse en despotismo militar y como el despotismo militar se transforma en monarquía libre. Conoce, trata y retrata a las figuras más relevantes del momento; reyes, emperadores, gobernantes, estadistas, papas; no escatima en dedicar páginas severas a Napoleón, a quien compara con otro ilustre prohombre, Washington; “Washington no pertenece, como Bonaparte a esa raza que rebasa la estatura humana. Washington no derriba tronos, pero cuanta luz iba a brotar de aquella humildad profunda. Regístrense los bosques donde brilló la espada de Washington y ¿qué se hallará en ellos?, ¿sepulcros? No, un mundo, Estados Unidos”. “Washington y Bonaparte salieron del seno de la democracia, el primero le fue fiel, el segundo le hizo traición. La República de Washington subsiste y el Imperio de Bonaparte ha caído”. Gran parte de los escritos publicados en ambos tomos de esta recopilación concentran sus energías en ajustar las cuentas a la ascensión, auge y caída de le Petit Caporal, ponen su acento en desmontar el mito; “Napoleón era su propio actor. No se hubiese creído héroe si no se hubiese disfrazado con el traje del héroe. Las cualidades de Napoleón se encuentran tan adulteradas en las gacetas, folletos, versos y hasta canciones imperialistas que no es posible reconocerlas”.

 Pero estas memorias son mucho más, un continente de cuyo contenido a modo de ejemplo entresacamos algunas reflexiones; sobre la monarquía (a la que siempre se ha sentido unido, renunciando a honores por defenderla) “ya no es posible un gobierno de adoración, de culto y de misterio, cuando todo el mundo conoce sus derechos”; sobre el protestantismo “no es más que una herejía ilógica en religión y una revolución abortada en política”; sobre Inglaterra, “le han importado poco los reyes y la libertad de los pueblos. Siempre está dispuesta a sacrificar sin remordimientos a sus intereses particulares monarquías y repúblicas”; sobre la revolución, “es un jubileo que absuelve todos los crímenes, al mismo tiempo que permite los más grandes”; sobre la sociedad cristiana, “desde Jesucristo hasta nuestros días, es la sociedad de la igualdad entre los hombres, la igualdad social del hombre y la mujer. La sociedad sin esclavos, o por lo menos, sin el principio de esclavitud”; sobre los Papas, “recibieron la misión de vindicar y mantener los derechos del hombre”; sobre España, “es posible que subsista durante algún tiempo rigiéndose por instituciones populares, si se dividiese en repúblicas federales, forma política que le es más conveniente a causa de la diversidad de sus reinos, de sus costumbres, de sus leyes y hasta de sus lenguas”; sobre el parlamento, “se habla en la tribuna el lenguaje de la propaganda”; sobre gobernar, “la debilidad del gobierno sólo se salva por la cobardía de las poblaciones”. Fin de la fraseología.

Se insiste que lo reseñado pertenece a un surtido selecto, un entremés sustancioso y representativo de los 42 volúmenes (escritos de 1809 a 1841) que componen las confesiones políticas, sociales, vitales y filosóficas del ciudadano Francois-René de Chateaubriand. Por sus características, prosa poética, estilo melancólico, introspección individualista; por encima de su naturaleza, la voz de un cronista omnisciente destinado a buscar la verdadera libertad y la verdadera gloria en tiempos angustiosos, cuya influencia impregnó el ideario de los jóvenes románticos franceses; se levanta la construcción de un edificio entre operístico e histórico que atraviesa la literatura.

“Sólo a nosotros que somos vulgares, nos es permitido hablar de nosotros mismos, porque de otro modo nadie hablaría”.

domingo, 15 de diciembre de 2013

CHET BAKER; “COMO SI TUVIERA ALAS. LAS MEMORIAS PERDIDAS”.

Chesney Henry, llamado Chet, el “Prince of Cool” (título nobiliario que otorga nombre a un recopilatorio de tres discos que contienen las mejores grabaciones realizadas para Pacific Jazz entre los años 1952-1957), se cría en una granja rodeado de vacas, primos, primas y un silo de heno donde jugar al escondite; mientras sus padres trabajan crece al cuidado de su tía, asiste a la escuela primaria, saca buenas notas en todas las asignaturas hasta el primer año de instituto, época de mudanzas adolescentes, llega el tedio, el desencanto, la galbana, mejor pasarse el día entero tumbado en la playa que aguantar el rollazo de las clases. Cansado de contemplar tantos cuerpos hermosos en bañador pavoneándose a la orilla del mar, se alista en las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, sólo tiene dieciséis años. Largas semanas en un campamento de adiestramiento de la infantería terrestre y orden de embarcarse rumbo al teatro de operaciones en Europa. Berlín es su destino, ciudad en ruinas, sus edificios, sus calles, sus piedras son objeto de venganza de las divisiones acorazadas rusas. Misión oficial, mecanógrafo en las oficinas del Gobierno Militar del Sector Americano; misión extraoficial, comerciante en el mercado negro, vende cámaras fotográficas, jabón, chocolate, cigarrillos y otros artículos que la realidad posbélica transforma en moneda corriente; cuando los trabajos y los negocietes se lo permiten juega a los bolos, a las cartas, al ping pong o distrae las horas navegando lago arriba lago abajo en compañía de una radio portátil en la que suenan a todo volumen Stan Kenton y Dizzy Gillespie. No es mala vida para los tiempos que corren, pero desearía realizar alguna actividad que le satisficiera más. La Banda del 28º Ejército solicita trompetista; por tantear nada se pierde. Chet comenzó tocando el trombón, sin embargo, como era bajito para su edad (le costaba alcanzar las posiciones inferiores y la boquilla le calzaba demasiado grande) hubo cambio de instrumento por otro que se ajustara mejor a su tamaño: la trompeta. La enseñanza debió de ser fructífera o bien la milicia andaba soplada de trompetistas, porque el dictamen de traslado se cursó in situ tras oírle tocar unos minutos. Siempre había pecado de obtuso para leer partituras, como depende por completo de la finura de su aparato auditivo, aprende a interpretar todas las marchas de oído, labor que no es moco de pavo. Uniformado, el deber llama a honrar actos castrenses y recibir al pie de escalerilla de los aeroplanos a prebostes de la política, del alto mando o del gobierno, expuesto a la intemperie en invierno se congelan las válvulas, los dedos y las notas salen bajo cero. Un ataque agudo de apendicitis le devuelve al hogar con la licencia definitiva doblada en la mochila.

Bienvenido a la vida civil, Chet se matricula en un colegio universitario, su principal materia de estudio es la música, detrás la literatura inglesa. Aprende a tocar con sencillez, a no liarse demasiado con la trompeta; “la mayoría del público se deja impresionar sólo por tres cosas: la rapidez con que toques, los agudos que consigas, la fuerza y el volumen que saques al instrumento”, a él todo esto le resbala e incomoda, le resulta un tanto exasperante. En Los Ángeles city logra estar presente en muchas sesiones jazzísticas, algunas de las mejores y más exclusivas de la época, son en esas reuniones donde empieza a escribir su biografía donjuanesca, conoce una lista interminable de señoritas deliciosas, una de las jóvenes queda embarazada pero sin futuro no puede haber niño. La maría también pasaba por allí, confiesa que le chifla la maría; empieza a probar de vez en cuando la heroína, confiesa que le chifla la heroína. De liar porros a engancharse al caballo, el viacrucis es el mismo que han recorrido otros artistas. Abandona el colegio universitario no sin antes aguantar la tópica anécdota, un profesor de música vaticina que nunca conseguirá ganarse la vida como músico, ¿bueno y qué? Carente de medios económicos y trabajo, decide ganarse el pan reenganchándose en la banda del Sexto Ejército con base en la ciudad de San Francisco, el compromiso es por tres años, largo lo fiais, aguanta unos sesenta días mal contados; por mucho que lo intenta no puede soportarlo y se ausenta sin permiso; “la frontera de México sólo estaba a cincuenta kilómetros de Fort Huachuca, y la marihuana no costaba más de treinta dólares el kilo”. Arrestado por la policía militar sus huesos dan en chirona, evaluado en la enfermería se descarta la posibilidad de enviarle a la zona de custodia del ala neuropsiquiátrica, directamente le expiden la baja declarándole: “no acto para el servicio”. Sale de la disciplina del ejército por una puerta, entra en la locura del jazz por la otra. Llega, ve, vence; se presenta a una audición del grupo de Charlie Parker; sopla la trompeta y es contratado para la gira en curso. Bird es un instrumentista monumental, extraordinario y aunque se mete mierda a cucharadas y bebe cerveza por barriles, parece que todo aquello no le produce ningún efecto, con él es imposible pasar un solo instante de aburrimiento; ¿se puede pedir más?, tocar al lado de un genio y al mismo tiempo divertirse. ¡Que continúe la fiesta!, graba varios álbumes para Pacific Jazz, cuartetos, sextetos, octetos, sólo instrumentales, con vocalista, etc; realiza el viejo circuito de los clubes de jazz por todos los Estados Unidos, actúa en una película; le trincan por ligar algo de mierda, pasa cuatro días terroríficos en la cárcel, ingresa en el Hospital Federal durante otros tres días donde le mantienen a base de metadona; compra un Jaguar descapotable a un tío que necesitaba guita urgente (su forma de conducir desaconseja ser su copiloto); continua grabando en Los Ángeles; se casa y nace su hijo en San Francisco; vuelve a detenerle la policía, esta vez acusado de traficante de drogas, condenado a seis meses, pasa diez días en la enfermería y el resto de la pena en prisión junto al común de los reclusos, realiza trabajo social dando clases de música, consume las horas enteras en el gimnasio ensayando o jugando al baloncesto; lo pasa mal con la abstinencia. Está hecho polvo, empieza a tener serios problemas para chutarse, las venas le desaparecen de los brazos, la piel se congestiona, come poco y sufre terribles espasmos; decide meterse algún tiempo en la nevera, limpiarse a fondo y dejar que el sol haga efecto sobre su cuerpo; se recluye en una clínica. Lee todas las noches devorando libros a la luz de una pequeña bombilla, ensaya con la trompeta un par de horas al día, escribe y compone canciones; las hojas del calendario pasan deprisa, sale de su internamiento antes de lo previsto, en la puerta le están esperando los camellos para preguntarle qué cantidad de cocaína y heroína necesita.    

Chet viaja a Europa, Inglaterra, Italia, Suiza, Alemania, España, arrestos, deportaciones, expulsiones, en Francia le roban la trompeta (no es la primera vez, en un club de Nápoles le sucedió lo mismo), un trompetista francés le regala su flügelhorn, un viejo Selmer de fabricación gala; disfruta con el sonido de ese trasto tanto que conserva el instrumento durante cinco años, usándolo en todos los discos que graba de 1964 a 1965. Intenta el sueño de tener su propio club y vive la pesadilla de hundirse por culpa de las drogas.
 
Recuerdos, puntos de vista, historias intimistas que Chet Baker nos cuenta con su propia voz: “Había oído Birth of the cool de Miles, cuando salió en el 48. Todavía hoy en día, casi treinta años después, suelo escucharlo con frecuencia.” Un relato inacabado de especial importancia para él y para quien desee conocerlo.

domingo, 9 de diciembre de 2012

LESLEY-ANN JONES; “FREDDIE MERCURY”.

Vaqueros ajustados, chaleco liso blanco, pañuelo enhebrado a las trabillas del cinturón, bigote tupido pulcramente recortado; identidad que se proyecta desde lo alto del escenario, look icónico de un artista extravagante. Puede que sea el showman más grande que haya parido el rock en toda su historia. “Yo cambio cuando salgo al escenario. Me transformo completamente en ese showman total. Lo digo porque eso es lo que tengo que ser”. Nacido un jueves 5 de septiembre de 1946 en el Hospital Gubernamental de Zanzíbar dentro del seno de una familia parsi devota de la fe zoroástrica, Farrokh Bomi Bulsara era una estrella antes de ser una estrella o dicho de otro modo, el chico reservado, taciturno, dolorosamente tímido, agobiado con su orientación sexual, de buenos modales con una vena pícara que inspira ternura y desata el instinto maternal entre las chicas, era Freddie Mercury antes de ser Freddie Mercury. Con espontaneidad los condiscípulos, colegas y profesores del respetable internado inglés donde educa su adolescencia comienzan a llamarle Freddie, el diminutivo anglosajón le complace sobremanera y arraiga para alivio suyo entre sus padres y demás familiares que frecuentan su uso hasta anular totalmente su verdadero nombre. Por aquel entonces el St. Peter´s estaba considerado como el mejor colegio privado de Panchgani (India), pese a su estricta disciplina y severas normas el centro gozaba fama de mantener una atmósfera familiar, cordial e incluso divertida, atributos pedagógicos insuficientes para soslayar el profundo resentimiento que desarrolla hacia sus padres, responsables de aquella separación desgarradora. “Aprendí a cuidar de mí mismo, y crecí deprisa”. La relación con su padre y su madre se vuelve distante, aunque con la madurez que da el paso del tiempo, poco a poco fue capaz de superar sus sentimientos de rechazo. En el colegio Freddie destaca en actividades individuales, es campeón de Ping-Pong, expone querencia hacia la asignatura de arte, la mayor parte del tiempo libre lo consume dibujando y pintando, exalta la música contemporánea, descubre la música clásica , adora sobre todo la ópera, se matricula en piano y aprueba los exámenes de teoría y práctica hasta cuarto curso. Para dar rienda suelta a su desmedida vocación musical se incorpora al coro colegial y con sus amigos íntimos forma su primer grupo “The Hectics”. Completado el ciclo formativo, con el título de graduación bajo el brazo, parte a Inglaterra donde se instala su familia huyendo de la violencia revolucionaria desatada en Zanzíbar. Los Bulsara nunca regresarán a la isla. 

 Londres supone para Freddie el descubrimiento del paraíso. Estudia diseño gráfico e ilustración, entretiene las clases dibujando bocetos de sus compañeros y de su idolatrado Jimi Hendrix, con cuya imagen empapela las paredes del minúsculo apartamento donde malvive en Kensington. El derroche de energía desplegado sobre el escenario, el estilo provocador, la capacidad de interpretar cualquier canción de forma innovadora por ramplona que fuera logrando que sonara audazmente original, el estilo Hendrix ejerce una influencia magnética en la vida de Freddie que toma la decisión de reinventarse a sí mismo a imagen y semejanza del roquero estadounidense. En su fuero interno, si una cosa tiene clara es que no desea ejercer otro trabajo que no sea la música, ambiciona formar su propia banda. Intentos fallidos, idas y venidas, una audición y dos amigos socios de piso, Brian May y Roger Taylor, desembocan en Queen, palabra de aroma regio, atrevida, andrógina, con vínculos homosexuales y connotaciones gais, que Freddie propone y los demás (Brian y Roger) disponen vencidas sus muchas reticencias. Poderoso argumento, los nombres de una sola palabra funcionan mejor en el mercado de la publicidad artística. Una vez creada la identidad del conjunto, ha llegado la hora de la transformación personal. Abandona el apellido Bulsara en favor de Mercury ( antiguo mensajero de los dioses en la mitología romana). La fascinación de Freddie por la mitología y la astronomía se evidencia cuando diseña el legendario logotipo de Queen: junto a la figura principal del ave Fénix con las alas desplegadas, símbolo de la inmortalidad, incorpora el signo del zodiaco de cada uno de los miembros del grupo. A las tres patas del banco, más tarde, se une una cuarta, la formación queda cerrada e inalterable prácticamente en el tiempo: Freddie Mercury (voz), Brian May (guitarra), Roger Taylor (batería), John Deacon (bajo); cuatro personalidades dispares, hijos de diversas influencias, con gustos complementarios que cuando convergen en un mismo punto despliegan todas sus dotes musicales al servicio de una gran fuerza creativa. Aunque consideran a Freddie y a Brian los compositores principales, se acaban las rencillas cuando los cuatro músicos deciden atribuir la autoría de las canciones al grupo en su conjunto, de forma que todos ingresan lo mismo por cada disco publicado. Los Queen siempre fueron unos profesionales del rock and roll modélicos, comprendían en qué consistía el negocio. No aspiraban a ser los mejores amigos unos de otros, se llevaban bien y se respetaban. 

 Los inicios de Queen por el proceloso mar de la música popular no difieren mucho del tópico habitual; actuaciones donde se puede y dejan, teloneros, maquetas, llamadas a las puertas de las discográficas y cuando parece que el rumbo es a ninguna parte, graban un primer disco que algún crítico visionario en particular califica de “cubo de orina”, pero el público soberano comienza a prestarles oído, el álbum se escucha, gusta, se vende, permanece dieciséis semanas en las listas de éxitos, alcanza el puesto 24, consigue un disco de oro. Las lanzas se tornan cañas, en Estados Unidos son aclamados como “un nuevo y apasionante talento británico”. 

 El éxito regala a Freddie todo lo que siempre ha soñado, un hábitat natural donde dar salida a su creatividad, interpreta las canciones para que sean absorbidas, identificadas, empatizadas, ofrenda su calidad instintiva de estrella a una multitud que le pide más y más, a veces da tanto que sobrepasa lo que pueden soportar su cuerpo y sus cuerdas vocales. En cada gira, en cada concierto pone un toque personal: un saludo en la lengua del país, una canción tradicional, una bandera británica a modo de capa forrada con la enseña nacional correspondiente; es la forma de devolverles el cariño a los fans que le aclaman, que le vitorean, que le adoran. Perfeccionista, diseña sus números con esmero, manteniendo el control de las poses sin que su presencia como líder se proyecte por encima de la imagen del grupo, en primer lugar se considera un artista, un músico, un intérprete y después una astro del rock. Fuera del escenario, apagado el brillo de los focos, en la trastienda de la vida cotidiana, Freddie es una persona preocupada por no parecer ridícula, le inquieta que la gente pueda burlarse de él a sus espaldas, obsesión que posiblemente sea la causa de sus ataques de mal humor, egocentrismo y petulancia, sin embargo básicamente es un ser humano amable, considerado y generoso a quien no le importaba dar sin esperar a recibir nada a cambio. Cuando está relajado entre amigos se muestra divertido y cordial. Huye de llamar la atención, intenta por todos los medios confundirse con el paisaje. Su conducta es elegante, cortés y discreta. Cultiva un halo de personaje misterioso negándose a conceder entrevistas, salvo aquellas ineludibles relacionadas con el lanzamiento de un nuevo trabajo. Entre sus gustos se encuentra el dhansak (un plato indio muy popular en la comunidad parsi), las galletas de queso de su madre, preparar el té, la ópera (Montserrat Caballé tiene la mejor voz de todos los seres humanos vivos – declara), el ballet, los clubes de bullicioso ambiente gay, la cocaína y el sexo; colecciona amantes con la misma apetencia que porcelanas y pinturas japonesas (cultura, arte y tradición que le deslumbran). La fama y la riqueza ponen a su alcance todos los caprichos que desea, puede comprar cualquier cosa, puede ir a dondequiera se le antoje. Su forma de vida se ajusta al cliché sexo, drogas y rock and roll. Se considera a los Queen como “los organizadores de las fiestas más pervertidas del rock”, apreciación un tanto exagerada. Freddie prueba y saborea hasta los límites los peligros de la mala vida, lleva una existencia a lo grande, chocante, estrafalaria, polifacética, promiscua, a veces fuera de control. Quizás por el tormento del alma o por miedo a la soledad y al vacío, desafía al cuerpo a estar vivo (otra raya más, otro ligue más) y el cuerpo responde al órdago de los excesos. La vergüenza, el dolor, el oprobio, la desinformación, el interés morboso de la prensa por una enfermedad que en sus inicios se considera propia de homosexuales y drogadictos. Los periódicos, las revistas disparan los rumores y emprenden la carrera por conseguir fotos de un demacrado Freddie Mercury, que no entiende por qué su padecimiento es asunto público si a nadie más le concierne, sólo a él. Sabe que tiene los días contados. La rutina doméstica se instala en su domicilio de Londres, rodeado de sus gatos (a los que adora como si fueran sus hijos), sus mascotas, sus carpas koi, su novio y sus amigos íntimos. Se redacta el texto del último comunicado que se leerá a las legiones de seguidores de todo el mundo. Toma la decisión de dejar la medicación. “El gran fingidor”, la prima donna del rock se deja ir. Certificado de defunción: “Causa de la muerte, a) Bronconeumonía, b) Sida. 

Su legado: Más de setecientos conciertos, algunos inolvidables como el de Live Aid, otros emblemáticos como el celebrado en el Népstadion de Budapest. Un catálogo impecable, brillante, indefinible de álbumes, singles y vídeos. Un repertorio ecléctico que mezcla estilos desde el rock, el pop, el funk hasta el folk y la ópera. Canciones e himnos de fama reverencial. Una vitrina nutrida de premios… Y, “god sabe the Queen”. 

“Freddie Mercury hizo lo más importante de todo. Murió joven. En vez de convertirse en una vieja reina gorda, hinchada y presuntuosa, murió en la flor de la vida y se conserva con esa edad para toda la eternidad” (Dr. Cosmo Hallstrom).

lunes, 16 de abril de 2012

ROSS RUSSELL; “BIRD. LA BIOGRAFÍA DE CHARLIE PARKER”.

Yardbird o Yard o por siempre y para siempre Bird, pollo de corral, individuo desarraigado incapaz de integrarse en la sociedad, pájaro que planea por cielos inalcanzables, por horizontes iluminados, vuelos imposibles. Tranquilo, triste e introspectivo. Extrae de la funda hermosa, reforzada en piel, un saxo Selmer mi bemol alto francés confeccionado con manos expertas, monta el instrumento pieza a pieza, la caña Rico número cinco, la caña más dura del mercado, la más severa de controlar, la que da el sonido más impresionante, la que requiere mayor fuerza de soplo, la de menor flexibilidad y rapidez de ejecución, la prueba del algodón para el soplador. Respiración, embocadura, digitación, fraseo, giros, progresiones, el hombre y el instrumento se convierten en un todo, los ángulos de sujeción se funden, los dedos se ajustan a las llaves (movimientos suaves y rápidos), el saxofón es una pieza del cuerpo, cuando se mueve, él también se mueve, el saxofón es una extensión de la voz; el aire vibra, la sala vibra, la batería, el piano, el contrabajo, la trompeta vibran, todo el club es un inmenso saxofón. Manos que han soportado muchas horas de disciplinado entrenamiento autodidacta aprendiendo escalas que no se olvidan nunca, corrigiendo defectos, preparándose él solo, al jazz dedica todos sus esfuerzos, el jazz ocupa todo su tiempo (vive la música las veinticuatro horas al día), en el jazz gasta todas sus energías creativas y expone sus esperanzas, miedos, amores, odios, obsesiones, su visión de la belleza musical. Su cabeza está repleta de melodías e ideas, el motor de un coche, el murmullo del viento. Numen que lleva dentro la música, nunca toca de la misma manera dos noches seguidas.

El genio no surge de la nada, ni de un laboratorio de asépticos experimentos musicales, sus raíces están profundamente asentadas en la cultura popular afroamericana, rica, genuina y canalla de Kansas City, paraíso de corrupción, diversión y pecado donde se saltan a la torera las leyes de la prohibición, centro estratégico de distribución de cocaína, morfina y heroína que abastecen los mercados de narcóticos de todo el sudoeste de Norteamérica, pero como punto de encuentro de las compañías en gira por las rutas del vodevil, también es zona de contratación de artistas, reserva de músicos de gran talento que convierten el lugar en el último enclave negro que desarrolló un estilo coherente de jazz. En cada gran ciudad de los Estados Unidos había un Instituto Lincoln o equivalente, la típica escuela para negros con el nivel académico bajo mínimos, pero con un departamento de música que sobresale del resto de enseñanzas y como consecuencia una banda escolar elegante y bien adiestrada. Por aquel entonces, la música era una de las escasas profesiones abiertas a los negros, aunque paradojas de la segregación y el racismo, no había ni un solo músico negro que tocara en las orquestas sinfónicas del país y las big band de color encontraban graves dificultades (si no estaban prohibidas) para ser contratadas en ciertas regiones del profundo sur norteamericano. La madre de Charlie tira de ahorros para comprarle un saxofón alto de segunda mano, no hay instrumento más adecuado en una metrópoli en la que el saxofón ha alcanzado altas cotas de desarrollo y creatividad, a Kansas City se la conoce como la ciudad de los saxofones: Herschel Evans, Ben Webster, Lester Young, este último se erige en el ídolo, el modelo escogido, la línea imitada hasta hacer imposible distinguir al disfraz del original. La música se convierte en el único interés de su vida, junto a la marihuana que se vende barata y es fácil de conseguir en cualquier esquina, en las tiendas de música o en los servicios públicos, a los 14 años se inicia en su consumo. Fuma y toca, toca y fuma, progresa adecuadamente. La banda del instituto se queda pequeña. Pocos colegas han llegado lejos en la escuela, lo que necesita aprender se enseña en otros lugares, las clases son los bares, las salas de baile, los cabaret y los drugstores abiertos durante toda la noche. A los 15 años ya domina el argot, abandona el canuto y el colegio, comienza a inyectarse heroína y su principal objetivo es convertirse en músico profesional con plena dedicación. Cuatro años antes de la edad legal permitida, obtiene el carnet del sindicato. Se busca trabajo por un dólar y veinticinco centavos, lo encuentra en vetustos cabarets con fachadas de ladrillo rojizo y anuncios de bombillas de colores desvaídas; dentro, escenarios pobremente iluminados, pistas que huelen a ropa vieja, sobacos sudados, culos sucios y perfume barato; salas donde reinan las princesas del baile de alquiler (prostitutas, actrices fracasadas, busconas y chicas huidas de casa) que hacen los honores de viajantes, oficinistas y desertores del hogar, vidas que se apearon en la estación de los sueños rotos; antros con los servicios de caballero sembrados de vómitos y condones usados. Empleos en los que a veces para cobrar el sueldo de una semana, hay que poner una pistola calibre 45 sobre el mostrador. Vivir entre tinieblas que iluminan las primeras jam sessions; los músicos esperan pacientes su turno, uno tras otro componen los solos, interpretan su versión de la misma melodía, las notas airosas, fértiles, los sonidos rabiosos caen en cascada. Los gánsteres que regentan los clubes apoyan estos encuentros mientras la libre creación satisfaga el negocio, lo impredecible sobre lo que puede pasar y quien puede aparecer atrae a tantos clientes como artistas de renombre, al final de la noche se pasa el platillo y se reparte el dinero de la colecta entre los músicos intervinientes. Salas de baile, cabarets, clubes de jazz, didácticas giras explotadoras en orquestas de segunda y primera; todos los caminos conducen a Roma y esa Roma se llama Nueva York.


Diezmadas por la II Guerra Mundial las grandes orquestas tenían los días contados, la era del swing pasó a mejor vida. Las compañías discográficas, los clubes, los locales de varietés buscan salidas que se ajusten al sistema económico y al rumbo marcado por el gusto imperante. Se imponen estilos como el rhythm and blues padre del rock and roll y formaciones reducidas como el pequeño combo, que se instala para permanecer y dominar el jazz. En este caldo de cultivo, el club más famoso de Harlem, el Minton´s Playhouse es escenario activo de la revolución que cambia por completo el universo jazzístico. Entre 1941 y 1944 el swing se va transfigurando en un nuevo estilo, el bebop (palabra onomatopéyica que se impone como denominación aun no siendo del agrado de los músicos); en las jam sessions, en las actuaciones los músicos negros utilizan todo su talento para ejecutar melodías espinosas, contratemas, acordes lanzados, giros en torno a puntos fijos, sonidos que fluyen maravillosos, repeticiones ad infinitum apuntan sus críticos, a pocos periodistas de la prensa especializada les gusta esa música, la mayoría de ellos la odian, escriben artículos para explicar a sus lectores el fenómeno del bebop sin conseguirlo, lo llaman “no jazz” o “antijazz”, lo consideran “quincallería musical”. El jazz siempre ha estado al socaire de las reglas establecidas y los hombres del jazz ocupan un lugar equivoco en el mundo del espectáculo; aun así el nuevo lenguaje, la nueva jerga musical, el bebop es escuchado como una revelación y sus ejecutantes son tratados como profetas; si Dizzy Gillespie es el dedo creador, Charlie Parker es la mente inspiradora, los iniciados eligen a Parker por encima de Gillespie como icono de su devoción, para las gentes negras urbanas de su generación Charlie es un auténtico héroe cultural.

Con 25 años, Charlie Parker es el músico de jazz más admirado por sus colegas. Durante el periodo de alta creatividad artística vive libérrimamente, a salto de mata, como le viene en gana y a él le gusta, sin obligaciones, acarrea una vida desorganizada entregado a una serie desmedida de placeres, consume sin control a lo grande: grandes cantidades de comida, grandes cantidades de alcohol (whisky, oporto), grandes cantidades de drogas duras (morfina, heroína) y grandes cantidades de sexo (modelos, bailarinas, cigarreras, chicas de guardarropa o barra, cualquier mujer que desee acostarse con él); lleva su cuerpo al límite, pero por encima de toda desmesura está la música. Psicológicamente incapaz de repetirse así mismo, una improvisación le conduce a otra, escucharle es una experiencia vibrante, conmovedora, emocionante y angustiosa, “tocaba cada pieza como si intentara derribar los muros de Jericó”. Derrocha su salud y su talento. Las adiciones aceleran su soledad y su personalidad compleja, inestable, convulsa, dramática agigantan la tendencia paranoide a la autodestrucción. Bajo los efectos del síndrome de abstinencia es incapaz de tocar, su cuerpo depende cada vez más de la dosis diaria de heroína, a veces cuando está colocado toca bien, incluso brillante, “Embraceable You” una de las improvisaciones más inspiradas de la discografía del jazz ¿pudo ser resultado de la dosis que se metió dos horas antes?, se acuña el dicho incierto e injusto “Parker más heroína igual a genio”.

La chispa se apaga. Los grandes éxitos dejan paso a los grandes fracasos. Arte mudable en constante vanguardia por excelencia, el jazz dilapida a sus santones en menos de una generación. El ídolo del gueto, el maestro absoluto del saxo alto, el saxofonista que camina cien pasos por delante de cualquier otro músico de los años 40, el semidiós del bebop se convierte en un anacronismo. Parker, frustrado y desdichado intenta suicidarse tragándose un tubo entero de pastillas calmantes e ingiriendo una botella de yodo. Requiere internamiento siquiátrico e intervención sanitaria, diagnóstico médico: drogadicción, alcoholismo crónico, cirrosis, úlceras gástricas, esquizofrenia y comportamiento paranoico derivado o agravado por el alto consumo de alcohol y drogas. Enfermo, agotado, tocado y hundido encuentra refugio en el lujoso apartamento de la baronesa Pannonica de Koenigswarter (la única amiga que, probablemente, nunca tuvo intereses mercenarios en él); tumbado en el sillón del salón, desgastado por la enfermedad, dice la leyenda que a Charlie Parker se le llevó la muerte de un ataque de risa viendo la televisión.
 

A los 34 años o a los 53 que estimó la policía, se desvanece el sueño de habitar una casa propia, con libros, cuadros, un piano de cola, una espléndida colección de discos y hasta una piscina, un paraíso donde recuperar la salud escuchando a Stravinsky, Schoenberg, Bartok, Varese, Berg,… Deja un caudal de ideas musicales imperecederas, eternas y contemporáneas.
 “Bird Lives!”

domingo, 5 de febrero de 2012

ANDRÉS LÓPEZ; “JIM MORRISON & THE DOORS”.

Han existido y existen formaciones musicales de relumbrón que sirven de trampolín hacia el estrellato para alguno de sus componentes, sin que ninguna de sus individualidades anteponga nombre y fama, al nombre y la fama del grupo, el colectivo subsiste con personalidad propia independiente al individuo; valgan de ejemplo, nadie diría: Lennon o McCartney y The Beatles, Pete Townshend y The Who, Mick Jagger y Rolling Stones o Grace Slick y Jefferson Airplane, suena sacrílego al oído. No ocurre así con Jim Morrison y The Doors, muy a pesar del primero, que siempre se negó contumaz a ser presentado de esta guisa; no le faltaban razones al mozo, porque lo que puede parecer como érase un conjunto a un hombre pegados dista tres calles de la realidad. Aunque la naturaleza del sujeto aparentaba contener toda la oración, la estructura gramatical se sostenía sobre el verbo y el predicado. Los instrumentistas de The Doors nunca fueron superfluos músicos de acompañamiento, figurines de un cantante guapito y excéntrico. Robby Krieger, en su currículo consta que recibe clases de guitarra española, después se adentra en los terrenos del jazz y el blues, para acabar decantándose por el rock; añade a sus cualidades la de buen compositor. Ray Manzarek, excelente teclista de acrisolada técnica consecuencia de su educación musical clásica. Jhon Densmore, toca la batería desde los 12 años, destreza adquirida que luce en el fraseo y la acentuación; entró a formar parte del grupo gracias a su afición a la meditación transcendental. Y, James Douglas Morrison, letrista y cantante; hijo de padre militar trashumante, entre ausencias paternas forja su carácter introvertido y desmesurado leyendo a William Blake, Jack Kerouac, Jean Paul Sartre, Aldous Huxley, James Joyce, Allen Ginsberg, Federico Nietzche (escribe bajo el influjo de “El origen de la tragedia” atraído por la dicotomía belleza/inteligencia), Arthur Rimbaud cuya obra y vida considera un modelo a imitar; admira a románticos y simbolistas, alma de poeta a los 15 años compone sus primeros versos, prefiere los clubes de jazz a la disciplina escolar; a los 18 años apuntan sus primeros problemas con el alcohol; estudia cinematografía en UCLA; su estancia en la Costa Oeste coincide con el auge del movimiento hippy y la contracultura: el no a la guerra de Vietnam, la música psicodélica o psicoplaneadora, la espiritualidad oriental, los colocones y el lema “paz, amor y libertad” que transmutaría en “sexo, drogas y rock and roll”; atraído por las doctrinas del ínclito Timothy Leary se inicia en el consumo desaforado de LSD; reniega de la familia “no quiero implicar a quien no quiere”.
 
En Venice Beach, Jim Morrison recita armonizando sus poemas a Ray Manzarek, es la piedra fundacional del proyecto The Doors. Jim elige el nombre del grupo, The Doors (Las Puertas), epíteto que con anterioridad había utilizado en un antiguo proyecto cinematográfico, sustrayendo la palabra del libro “The doors of perception” de Aldous Huxley, título que a su vez emana de un verso de William Blake; una expresión sencilla, sonora, con profundo calado literario. Compuesto el cuarteto, en los comienzos se acepta cualquier clase de actuación: bodas, cumpleaños, fiestas fin de curso, bares de tercera, locales de mala muerte en los que por 160 dólares ofrecen cinco pases de 45 minutos de jueves a domingo ante escaso público formado por busconas, marineros y borrachos; lugares de ensayo, escuela de aprendizaje, purgatorios donde pulir los pecados, antesalas al cielo del éxito. Morrison modifica su apariencia: se deja crecer el pelo, viste ceñidos pantalones de cuero, cinturones anchos, cazadoras negras, camisas blancas; su nueva imagen seduce al público femenino. Estilo y arte. The Doors se suben al carro de la fama: contratan a un representante y a un agente de prensa, firman con una discográfica, crean una sociedad editorial para gestionar los derechos de sus propias canciones, se multiplican los conciertos. Sobre el escenario Jim improvisa poemas luego retoma el estribillo, se contorsiona, se retuerce, se arrastra por el suelo; oficia El Rey Lagarto, entra en estado de trance chamánico, blasfema, arenga, como un poseso se arroja sobre los espectadores de las primeras filas, sus intempestivas salidas de tono provocan reacciones encontradas entre el público; es acusado de obscenidad, embriaguez, indecencia, escándalo, conducta lasciva y resistencia a la autoridad. El joven con cara de buen chico y gesto melancólico que le gusta el cine, el pensamiento, la poesía, el jazz, el blues, el rock and roll y el LSD, la hierba, el peyote, la mezcalina, el alcohol y cualquier otro coctel de alucinógenos; se presenta a las grabaciones acompañado de groupies y amigotes interesados, completamente borracho, extraviado por el consumo de drogas (la grabación de “The End” tuvo que repetirse una y otra vez por encontrase demasiado pasado de vueltas); excesos que ponen en tela de juicio la profesionalidad de la banda e implican motivo de distanciamiento entre Jim y los demás miembros. Bajo estas circunstancias, la carrera de The Doors se desarrolla: elepés en los primeras puestos de las listas de ventas del Top 100 USA, Nº1 en el hit-parade de las revistas musicales, discos de oro, portadas que resultan cubiertas clásicas del rock, canciones notables, populares y legendarias (“Unknown Soldier” fue adoptada como himno de los soldados norteamericanos en la guerra del Vietnam), precursores del videoclip promocional, giras por Europa, intervención en el reconocido festival de la isla de Wight (donde la calamitosa actitud de Jim hundió la actuación de The Doors), favor de público y crítica.
 
¡Cuan efímera es la vida con relación a la fama! Jim Morrison se establece en París, busca una existencia tranquila y centrarse en su producción literaria. Tiene 27 años, la llamada “edad maldita del rock”, a las 5 horas del 3 de julio de 1971 el parte médico certifica, muerte por paro cardiaco en la bañera de su apartamento; hay voces que cuestionan el diagnóstico, ni fue así ni en ese lugar; suena sin sordina la palabra sobredosis; incluso al no habérsele practicado la autopsia por negligencia médica, corre la manida leyenda urbana de que está vivo, escondido en el paraíso del anonimato donde le reconoció un primo de no sé quién. El cuerpo es enterrado en el camposanto de Pére-Lachaise junto a más de un millón de difuntos. Ningún sacerdote, ni miembro de su familia o de la banda acudieron al sepelio. Desaparecido Jim el espíritu del grupo, la continuidad de The Doors no tiene sentido; aún así se estira el chicle, ignorando controversias y acusaciones de profanación se publica “Am American Prayer”, en este trabajo los miembros supervivientes ponen música a las grabaciones que Morrison realizó recitando sus poemas; el álbum es un nuevo éxito.
Opiniones de amigos, compañeros y allegados; para unos un ángel creativo, vital, apasionado, talentoso, atractivo, arrollador; para otros un demonio torturado, exhibicionista, caprichoso, grosero, un tipo que la fama y el triunfo le habían convertido en un drogata borrachuzo vulgar, insoportable y maleducado. Declaraciones del biografiado, estupidez en su comportamiento y cordura en sus palabras: “creo que soy un ser inteligente y sensible, pero con el alma de un payaso, lo que siempre me lleva a estropearlo todo en los momentos más importantes”. Letras de sus canciones y poemas. Fotografías. Apéndices. Introducción suficiente para pretender desentrañar los motivos que estimulan el carácter del artista en su vida creativa y le impelen en su vida cotidiana a comportarse como un coleccionista de anécdotas que refuerzan la imagen del mito. Crónica somera del proceso evolutivo de un individuo controvertido y contradictorio con un objetivo final, la autodestrucción.

domingo, 11 de diciembre de 2011

ROBERT SERVICE; “LENIN. UNA BIOGRAFÍA”.

Para dejar en evidencia a las mentes que piensan que la voluntad de un solo hombre no puede trazar el curso de la historia, vino al mundo a orillas del Volga en la ciudad de Simbirsk (luego rebautizada Uliánovsk en honor al apellido de su ilustre vecino), Vladimir Ilich Uliánov (1870-1924) más conocido por el archifamoso seudónimo de Lenin, nombre sin significado aparente derivado del río siberiano Lena región donde vivió, mejor que mal, desterrado durante tres años. Su padre Ilia Nikolaevich Uliánov, alto funcionario civil, inspector provincial de escuelas públicas; su madre María Alexandrovna Blank comparte con su marido el interés y la pasión pedagógica. Familia de clase media con servicio de cocinera y niñera, rusos cultivados, típicos europeos burgueses y un poco snobs de finales del siglo XIX, miembros cultos y privilegiados de una nación imperial, que albergan deseos de construir una sociedad moderna, occidental e ilustrada en una Rusia que culturalmente apenas ha sido tocada por el renacimiento y la ilustración, la calidad de la educación es deplorable, el cohecho y la prevaricación imponen las normas jurídicas, el despotismo, la explotación y la pobreza se muestran aterradoras. Para los Uliánov el trabajo es un deber y el deber un placer, sobre este axioma inculcan a sus hijos el valor del compromiso en pro de una gran causa; para Lenin esa gran causa será la revolución.
 
Alumno excelente, V.I. Lenin termina el bachillerato con las máximas calificaciones; aplicado, discreto, solitario, poco sociable rozando lo huraño, de salud quebradiza (padece dolencias crónicas estomacales, terribles jaquecas, insomnio, erisipela y taquicardias leves y graves; malestares que se agudizan en estado de tensión), obseso del orden y la limpieza (todos los días antes de ponerse a escribir coge una bayeta y limpia concienzudamente el polvo del escritorio), se entrega con placer a los libros, no soporta perder el tiempo hasta el extremo de mostrarse áspero si cree que le están interrumpiendo indebidamente en sus estudios; estudios de derecho que concluye entre expulsiones y readmisiones de la universidad; lecturas apasionadas de Karl Marx (la primera traducción de “El Capital” a una lengua extranjera la hizo en 1872 Nikolái Danielson, un populista ruso), Friedrich Engels y los cuentos de Gleb Uspienski que contribuyen a su desarrollo intelectual; proclamación de fe en la palabra escrita, en la palabra impresa. Toma de Marx una filosofía de la historia que manifiesta: “las ideas convencionales de la sociedad las estructuran siempre las clases dominantes de acuerdo con sus intereses”. Amplía sus conocimientos de los textos marxistas clásicos y elabora su pensamiento: a un lado está el pueblo “la mayoría explotada” y al otro la minoría parasitaria “los explotadores”, industriales, banqueros, terratenientes, la burguesía mercantil y financiera culpables de todos los males; el capitalismo perjudica a la generalidad de la gente y reprime sin piedad a otros muchos. Entre las víctimas del zarismo-capitalismo se encuentra su hermano mayor, condenado a muerte por planear el crimen más execrable contemplado en el código penal ruso: matar al emperador; la prueba de que es una simple declaración de objetivos, papel mojado de una conspiración de cafetín, no indulta al reo de cumplir la sentencia. La inmisericorde ejecución de Alexandr graba en el corazón de V.I. Lenin un resentimiento eterno contra la dinastía de los Románov; odia a la familia Románov, a la aristocracia, al clero, a la policía y al alto mando militar zaristas; la estructura económica del régimen le parece ofensiva, la jerarquía social le repugna; detesta a la vieja Rusia, quiere (influencias familiares mediante) una Rusia europea, una Rusia occidentalizada, una Rusia moderna, una nueva Rusia. Se acabaron las buenas intenciones ineficaces, hablando no se cambia el mundo, hay que actuar. Se consagra en cuerpo y alma a la política, a la lucha política, supedita todos sus placeres a la causa: el ajedrez, el patinaje, el ciclismo, la música clásica (admira a Beethoven y Wagner), la caza, el confort material; abandona la profesión; renuncia al amor romántico, su matrimonio con Nadezhda Konstantínovna es casi un acuerdo político e igual aunque con otros matices la relación intermitente con su amante Inessa Armand (más joven, más guapa, pero peor secretaria), ambas mujeres compañeras de partido: el sentimentalismo no tiene cabida. Extrema su marxismo, llaga al convencimiento de que su propia visión del mismo (marxismo-leninismo) es la auténtica, se considera el único y verdadero exponente de la tradición marxista. Encendido polemista y apasionado en el debate, cuando siente que tiene razón defiende sus principios filosóficos con uñas y dientes sin retroceder ante la crítica. Es consciente que vive en una época convulsa, Europa necesita una transformación revolucionaria y está convencido de la importancia de las ideas para alcanzarla. La revolución primero en Rusia y luego en Europa, ése es su destino mesiánico, se siente predestinado a adoctrinar y dirigir el movimiento revolucionario antizarista; su suprema ambición: levantar y consolidar la revolución para conseguir un mundo sin opresión y sin explotación. Personalidad dominante, con gran fe y dominio de sí mismo, poseedor de una notable destreza verbal, inteligente, políglota (habla, escribe y lee con fluidez el alemán, el francés y el inglés), expone su pensamiento de forma sencilla e incisiva, aporta claridad ideológica, resolución práctica e intuición estratégica: atributos del líder.
  
Fundador y mentor de los suyos, “los duros”, “los mayoritarios”, los bolcheviques; V.I. Lenin dirige al partido y el partido dirige a las masas compuestas por heterogéneos grupos sociales unidos por su hostilidad al zarismo y a muchos aspectos del capitalismo, sobresalen los intelectuales y los obreros, principalmente estos últimos; la clase obrera será el pilar insurgente sobre el que se apoye la lucha de clases. Para el leninismo la lucha de clases está por encima del altruismo, la bondad, la tolerancia o la paciencia; los objetivos del partido son considerados la tarea soberana, se menosprecia la sensibilidad social y los valores universales como democracia, pluralidad, derechos individuales, equidad o justicia. El criterio es: si un acto concreto ayuda a la revolución, la moralidad del mismo debe dejarse de lado. El derroche de vidas, la muerte de personas inocentes, el nivel de sufrimiento humano producto de la Gran Guerra, La Revolución y la Guerra Civil rusa son juzgados como aspectos desagradables del proceso histórico. A V.I. Lenin el dolor le es indiferente con tal de alcanzar el objetivo marcado. Persigue el poder, disfruta con el poder, ansía el poder para él y su partido hasta el extremo de caer en la hipocresía, la falsedad, el engaño, la vaguedad, todo vale por el bien de la revolución. Tutela, ordena, aprueba, rige el partido sobre la base de la disciplina, el centralismo y la unidad ideológica. Obtiene el laurel del triunfo y escribe la proclama: “La causa por la que el pueblo ha luchado. La propuesta inmediata de una paz democrática, la abolición de la propiedad de las tierras de la aristocracia, el control de la producción de los trabajadores, la creación de un gobierno soviético. Se ha asegurado la victoria para esa causa… ¡Viva la revolución de los obreros, los soldados y los campesinos!”. Nace la URSS, el estado donde “los trabajadores serán la clase dirigente y tomarán las decisiones políticas y sociales”; nace una dictadura de partido único que utiliza la violencia y la fuerza contra las huelgas, las reivindicaciones y las protestas públicas de los obreros. El poder legislativo, el poder ejecutivo y el poder judicial están subordinados al partido. El partido es el órgano máximo del estado soviético y V.I. Lenin el presidente del consejo de comisarios del pueblo, léase jefe del gobierno. Este hombre menudo, al que le irrita su calvicie prematura, hipocondríaco, ratón de biblioteca, lector fanático, inteligente, pulcro, distante en el trato con sus compañeros, aparentemente frío y calculador, franco, directo, que canta canciones revolucionarias con voz de barítono, que le gustan Londres, Múnich, Ginebra y Petrogrado y despotrica de París y Moscú, que ha pasado a la historia del traje por dar nombre a la “gorra Lenin”, está instalado en la cúspide de su obra redactando decretos, afanándose por consolidar el primer estado comunista del mundo, hasta que en Agosto de 1918 sufre un atentado que mina su ya de por sí socavada salud. Los últimos años son de sufrimiento, de retiros terapéuticos, de operaciones, de diagnósticos médicos, de dolores, de apoplejías, de parálisis, de arteriosclerosis cerebral, de agonía física y moral (la vida no merece la pena sin libros) hasta exhalar el último suspiro. El 27 de Enero de 1924, dicen los termómetros que fue el día más frío de aquel año, se celebra el funeral, reunido en sesión solemne el Congreso de los Soviets se pronuncian discursos que proclaman la adhesión a las ideas y al ejemplo del dirigente fallecido, suenan las sirenas de las fábricas, paran los trenes en las vías, se amarran los barcos, acuden a Moscú gentes de todos los territorios de la URSS, la multitud presente en la Plaza Roja canta La Internacional al ver pasar el ataúd, lo transportan a hombros: Zinóviev, Kámenev, Stalin, Bujarin, Molotov, Tomski, Rudzutak y Dzerzhinski (Trotski no puede asistir por encontrarse de viaje), viejos camaradas de lucha, a ninguno de ellos consideraba el difunto su digno sucesor y de todos ellos al que menos a Stalin quien ya ha tomado posición y cobrado ventaja. Ha muerto el V.I. Lenin histórico, nace el santo revolucionario desinteresado que combatió a los enemigos de la humanidad, el mito omnisapiente, el evangelista cuyos escritos adquieren la condición de sagrada escritura, el cuerpo incorrupto (embalsamado a propuesta de Stalin con la aprobación del Politburó) mostrado en exposición permanente.
 
“Los cambios históricos tal vez se incuben en los laboratorios de las vanguardias, pero sólo serán justos cuando sean asumidos por el consenso de masas en libertad”. 
 (Manuel Vázquez Montalbán en el prólogo de esta edición).

domingo, 26 de junio de 2011

MÁXIMO JOSÉ TOBÍAS; “MICHAEL JORDAN. EL REY DEL JUEGO”.

 Dicen que en Wilmington (Carolina del Norte) existía una ley producto de usos y costumbres por la cual “los jóvenes blancos jugaban al beisbol y los jóvenes negros al baloncesto”, es posible que esta norma consuetudinaria fuera la causa original, la gracia para que Michael Jeffrey Jordan (Nueva York 17-02-1963), un muchachote negro sin ninguna habilidad para el trabajo manual (según su padre), vago en las tareas domésticas, aplicado lo justo en los estudios pero amante del deporte donde encontró su lugar en el mundo y un sitial en el Olimpo de los dioses atletas. Aunque los comienzos no fueron miel sobre hojuelas, a un tris estuvo de arrojar la toalla al ser cortado para formar parte de la primera plantilla del equipo de baloncesto de su instituto, la plaza fue a parar a manos de un tal Leroy Smith (seudónimo, que años más tarde, adoptaría Jordan para inscribirse en los hoteles ocultando su verdadera identidad. ¿Venganza?, ¿rencor? o ¿simples ironías de la vida?). La decepción dura lo que tardan los aficionados en llenar el pabellón escolar, acudiendo a la llamada de las voces que cuentan y no paran -yo también quiero ser testigo- de un base apodado “Magic Jordan” que anota sí o sí 40 puntos. Exuberancia física, talento natural indómito que requiere subir un nuevo escalón.

Por aquel entonces en Carolina del Norte “ningún gorrión se posa en una cancha de baloncesto sin el consentimiento de Dean Smith” todopoderoso entrenador de la Universidad de North Carolina (UNC). Así pues, este pájaro proyecto de jugador de baloncesto es reclutado por dicha institución académica. Deja de ser llamado Mike, es tratado como un adulto y el jefe de prensa le presenta como Michael Jordan. Aunque su juego sufre de limitaciones graves tanto en defensa como en ataque, en sus primeros entrenamientos deslumbra a técnicos y compañeros por su velocidad, capacidad de salto e intensidad. Ante este panorama no queda otra que ponerse al tajo; actividad que no rehúye, todo lo contrario, aprende a controlar su cuerpo, a coordinar sus movimientos, a aprovechar sus virtudes atléticas y a desarrollarse técnicamente. Fruto del esfuerzo obtiene la recompensa individual (mejor jugador universitario) y colectiva (campeón de la NCAA). Sólo es la inauguración de una vitrina plagada de trofeos. De su paso por la universidad siempre le acompañarán la pasión por el entrenamiento ya sea durante la temporada deportiva o las vacaciones de verano, la adicción al golf, la competitividad compulsiva tanto dentro como fuera de las canchas (ludopatía dicen las lenguas viperinas) lo que le ocasionará en su punto y hora problemas legales por verse envuelto en el turbio mundo de las apuestas ilegales de golf y cartas (aparece su nombre asociado a personajes con antecedentes penales por tráfico de drogas, posesión de armas y evasión fiscal), el ritual cuasi supersticioso que mantendrá a lo largo de toda su carrera profesional de llevar debajo del uniforme de juego los calzones celestes de su universidad como símbolo de identidad y el estudio incompleto de la licenciatura en geografía.
 
Desde el 19 de junio de 1984, cuando fue elegido en el puesto número 3 del draft de la NBA, la historia de Michael Jordan va coligada a la puesta en el mapa deportivo de los Chicago Bulls y su contribución al relanzamiento mediático mundial de la NBA en concreto y del baloncesto en genérico. El hombre que no fue elegido por los Portland Trail Blazers (ellos necesitaban un tío grande, manifestaron) cagada monumental que se les echará en cara por los siglos de los siglos; el hombre que genera dudas sobre su posición (le falta tiro para jugar de escolta y altura para ser alero), inseguro de sus capacidades y agradecido a la confianza de entrenadores y ejecutivos, que realiza acciones descritas como ejemplo de decisiones erróneas, referencia de la selección USA ganadora de la medalla de oro olímpica arrasando a todos sus rivales, empresa de la que volverá a ser protagonista años más tarde formando parte del famoso Dream Team. El hombre que sitúa en el inconsciente colectivo de más de una generación de aficionados al baloncesto el número 23, calza unas zapas con su propia marca (Air Jordan) y logotipo (el jumpman) que quitan el sueño a los pies de jóvenes y adolescentes, luce estampa en vallas publicitarias, posters y carpetas, protagoniza anuncios vivarachos dirigidos por Spike Lee pioneros en el futuro de la publicidad deportiva, llena las pantallas de la televisión hasta modificar la programación de las cadenas para incluir más partidos de los Bulls, abarrota las gradas del Chicago Stadium, inmortaliza la frase de Larry Bird “esta noche he visto a dios disfrazado de Michael Jordan” después de endosarles 63 puntos a los orgullosos Boston Celtics, el jugador mejor pagado de la NBA, el implacable con las debilidades y carencias de los compañeros a los que humilla en los entrenamientos y mortifica con burlas y críticas a veces hirientes, el aséptico en su compromiso político-social para no molestar a la mayoritaria comunidad blanca anglosajona… Se suceden las temporadas, caen los títulos: MVPes, All Stars, Anillos de Campeón, Mejor Esto, Mejor Lo Otro. Repentina retirada después del asesinato de su padre; especulaciones sobre los motivos (aparece la palabra mafia, carnaza para la prensa amarilla), momentos difíciles, duros, amargos que llevan al ser humano a desear apartarse de los focos del gran circo, nada mejor para ello que refugiarse en un equipo de las ligas menores de beisbol, aquella disciplina atlética para la que no estaba predestinado. Terapia cumplida, vuelta a la pista central; más maduro en el trato con la prensa y moderado en el vestuario (la vida enseña). De vuelta a las canchas con un número efímero, el 45: se suman más MVPes, All Stars, Anillos de Campeones, Mejor Esto, Mejor Lo Otro, ayuda a los dibujos animados de la Warner a derrotar a los invasores del espacio (Space Jam), se establece el record (las 72 victorias de los Bulls). Honores y hazañas: ganar un partido decisivo con gripe vírica, superar dolores físicos y lesiones, trabajo, esfuerzo, dedicación para culminar el reto, para alcanzar las conquistas que nadie le debe regalar. Honores y hazañas hasta una nueva retirada. Pero aún queda un tercer acto; cumplir el tópico (nunca terceras partes fueron buenas); le esperan los Washington Wizards de inicio en la distancia de los despachos, el traje y la corbata, después entre olor a linimento y sudor pisando el parquet de la cancha, incontenible a los embriagadores cantos de sirena del balón girando en el aire, entrando sin tocar el aro y acariciando la red de la canasta. El espejismo de reverdecer laureles. La despedida del escenario antes de colgar la máscara del héroe y descender a la platea donde habitan los seres vulgares.

 Biografía más profesional que personal, más pública que privada, más extravertida que introvertida de un mito (“persona que por su valor o importancia se hace muy famosa”), de una leyenda (“personaje al que se asigna una imagen arquetípica”) de una alegoría de la moderna historia del deporte mundial. Lectura que principalmente hará las delicias de los aficionados al baloncesto.

“Quienes escribieron que todos los hombres nacen iguales no sabían que iba a nacer Michael Jordan”. (Rick Barry, incluido entre los 50 mejores jugadores de la historia de la NBA).

domingo, 12 de diciembre de 2010

LEONARD MLODINOW; “EL ARCO IRIS DE FEYNMAN”.

Para situar el escenario digamos que el Instituto Tecnológico de California, más conocido por su acrónimo Caltech, es una fábrica de manufacturar premios Nobel, superan la treintena (entre alumnos y profesores) los que han salido de sus aulas, poderosas razones que le sitúan entre los centros de mayor prestigio en la investigación científica mundial. Pues bien, en este paraíso o infierno del saber, según se mire (su tasa de suicidios era muy elevada en comparación a otras instituciones académicas de los Estados Unidos), desembarca, cargado de dudas e inseguridades y una beca de post-doctorado, Leonard Mlodinow para, agraciado por la providencia, ocupar un despacho vecino al del hombre que inspiró su vocación por la física teórica; el individuo en cuestión se llamaba Richard Feynman un tipo vitalista que apunta maneras tocando los bongós, que le gusta cantar y bailar la samba, que expone con éxito los cuadros que pinta bajo seudónimo, que frecuenta buscando inspiración los garitos de topless y estriptis, que en su juventud participó en el desarrollo de la bomba atómica formando parte del proyecto Manhattan, que creó “los diagramas de Feynman” un método para estudiar las interacciones y propiedades de las partículas subatómicas, que en su currículo destacan múltiples labores sobre computación cuántica y nanotecnología, que para amenizar la rutina ayudó a entender porqué explotó el transbordador espacial Challenger y que por su trabajo en electrodinámica cuántica recibió el Premio Nobel de Física en 1965 compartido con Julian Schwinger y Sin-Ichiro Tomonaga.

Cuando en los caminos por los que nos lleva la vida nos encontramos con un hombre de personalidad fascinante e inteligencia vivaz, pecado de ignorancia imperdonable sería no acercarnos a él, dedicarle tiempo, cultivar su amistad, tirarle de la lengua, abrir las orejas, prestarle atención y transmitirle afecto. Así lo hizo Mlodinow con Feynman y el resultado de la transcripción de sus conversaciones grabadas es este libro homenaje de respeto y agradecimiento a un genio sin prejuicios sabihondos, cercano, modesto (no se cree superior a los demás ni que su trabajo sea más importante que otros), divertido y algo excéntrico, que se siente como un Sherlock Holmes buscando descubrir los misterios del universo; considerado “el Einstein de los tiempos modernos” nos habla de la belleza de las leyes del cosmos, del universo maravilloso, de la teoría de cuerdas, de matemáticas y también del amor, de la felicidad, de arte, de dios, de la importancia de la imaginación, la creatividad y la perseverancia para enfrentarse (con alegría) a los problemas que la ciencia y la vida plantean; sus palabras suenan claras, sin pomposidad, marcadas por un discurso informal coherente con su fama de gran divulgador científico (popularizó la física teórica a través de sus libros y conferencias) y excelente maestro.
Richard Feynman murió de cáncer el 15 de febrero de 1988 en Los Angeles.