lunes, 15 de mayo de 2017

ALFONSO M. di NOLA; “HISTORIA DEL DIABLO”.



Como explicación a todas las penalidades del tiempo y de la naturaleza, nace la imagen mitológica del mal: la figura diabólica. Respuesta de la conflictividad del hombre con él mismo y con su entorno. En el sendero del psicoanálisis, hijo hostil que primero emula y luego desafía al padre. Oposición de dos personajes, por una parte el ‘Creador Bueno’  (positivo para la vida del hombre, destino de vida y felicidad) y por otra parte el ‘Creador Malo’ (negativo para la vida del hombre, destino de muerte y sufrimiento). Visión dualista del cosmos y de la historia que se encuentra enraizada en la cultura del Irán arcaico, a un principio benéfico se opone un principio maléfico. El rico patrimonio demonológico iranio se transmite al mundo cristiano a través de diversas corrientes vinculadas al pensamiento gnóstico, sistema que alcanza su máxima expresión entre los siglos II y III d.c. Estas antiguas enseñanzas dualistas de origen iranio alimentan los fundamentos del maniqueísmo: la separación entre dos mundos, el ‘Mundo de lo Alto’ y el ‘Mundo de lo Bajo’, el mundo superior lugar de la luz, el mundo inferior lugar de las tinieblas, y la coexistencia de dos principios, Dios y la Materia (potencias de la verdad y la mentira, del bien y del mal). La herencia demonológica del maniqueísmo se reparte entre diferentes corrientes consideradas heréticas (predican la primacía del espíritu sobre la materia); priscilianistas, paulicianos, bogomilos, cátaros, albigenses, etc. serán perseguidos por el dogma oficial. También los pueblos eslavos, baltos, ugrofineses y paleobalcánicos distinguen un dios bueno de un dios malo, (al segundo se le designa en lengua eslava Diabol, transposición del nombre del diablo cristiano), estas gentes sostienen creencias ancestrales en la licantropía y el vampirismo, criaturas demoníacas muy difundidas en la tradición popular. En el panteón germánico la divinidad que tiene una decidida carga demoníaca por excelencia es Loki (primer padre de la mentira), nombre de incierta etimología relacionado con diversas figuras mitológicas entre ellas Lucifer; en la religión nórdica el mito bivalente de Loki (dios del fuego portador de ruina, pero también de vida) hay que insertarlo en una tensión opositora entre el bien y el mal, el calor y el hielo, que ya aparece en los mitos de la creación. Nacida de Loki, la reina del infierno es Hel «su plato es el Hambre, su tenedor y su cuchillo son la Escasez, su lecho es la Enfermedad…Su encarnadura es mitad lívida, mitad normal y se presenta grosera y odiosa».

En la cultura sumeria se representan probablemente las más antiguas expresiones de la angelología y la demonología, manifestaciones que influirán sobre los asirio-babilonios y sobre el mundo hebreo hasta llegar al cristianismo. Junto a los ángeles, a los genios y a los espíritus buenos aparece un espíritu maligno, divinidad de muerte, de guerra y de destrucción que lleva a los hombres la desgracia, la enfermedad. Es muy estrecha la relación entre demonios y enfermedades, estados de postración y debilidad: parece que una de las dolencias más temidas era la migraña que inmovilizaba todas las facultades del enfermo y lo sumía en un estado de angustioso aislamiento; Sag-gig en sumerio es el dolor de cabeza, pero también el demonio que lo causa.

El hebraísmo de la época anterior al exilio, conserva figuras demoníacas heredadas de antiguas divinidades cananeas relacionadas con el desierto, paisaje habitualmente considerado la morada preferida por las fuerzas maléficas. En un único pasaje se habla de Lilit (corresponde al demonio babilonio Lilitu), «el espectro nocturno» que habita en el desierto, originariamente fuerza diabólica de la tempestad y después de la lujuria. De todos modos, la idea principal que domina la demonología del Antiguo Testamento es que el diablo no es una figura que se opone a Dios, sino que es querido y creado por el mismo Dios con el fin de poner al hombre a prueba. El pecado de Adán y Eva consiste en haber violado una prohibición (la de no comer los frutos del árbol del bien y del mal); algunos estudiosos interpretan esta transgresión como un pecado sexual, otros como un pecado de orgullo, una forma de rebelión contra Dios. Aparecen aquí dos de las características principales del demonio cristiano: la desenfrenada sexualidad y el orgullo de parangonarse con Dios; lógicamente el demonio cristiano tiene notables ascendencias hebraicas. En el mundo de las creencias judeocristianas, al significado demoníaco del mal cósmico y moral, se suma un propósito de enfrentamiento creado por el propio Dios y establecido para ser derrotado en la redención final.     

Para los griegos, el mundo infernal (situado bajo tierra) es una región desolada, oscura y gris habitada por monstruos semidivinos de carácter nefasto, representaciones del temor a la muerte, a la descomposición de los cadáveres, conexas con la suerte de los difuntos, dominadas por el horror. Sin embargo, de la iconografía mitológica griega, es el remoto Pan, dios de la vida pastoril, expresión de la libertad desenfrenada inmersa en el goce de la naturaleza silvestre, de quien el diablo cristiano toma algunos aspectos. En el Nuevo Testamento, Diablo es el nombre griego utilizado para el bíblico Satanás (príncipe de los demonios) quien tienta a los hombres, procura su mal, es el padre de los pecadores, él y sus ángeles rebeldes habitan en el infierno. Otro término griego «daimonion» solamente referido a los casos de posesión diabólica aparece profusamente en los Evangelios, casi no hay página de la narración de la vida pública de Jesús que no haga alusión a una intervención demoníaca.

La demonología cristiana conoce un amplio desarrollo en los primeros siglos del cristianismo, época de los padres apologetas, cuya teología está dirigida principalmente a defender a los creyentes de los ataques paganos y a polemizar contra las religiones antiguas. El cosmos está poblado de innumerables demonios que se identifican con los ángeles caídos, de ellos nace el pecado de lujuria, puesto que por la lujuria, en tiempos de Noé, fornicaron con las hijas de los hombres y tuvieron hijos con ellas; esto dio lugar a dos categorías de entidades demoníacas: los ángeles caídos y los hijos engendrados por ellos, Lucifer es su guía, el líder, el príncipe, habiendo sido el primero en pecar y en ser desprovisto de su condición celestial originaria. Estos demonios son, en sustancia, divinidades paganas a través de las cuales el mal opera en la humanidad. San Agustín considera que el demonio existe y bajo el control de Dios manipula a los seres humanos, el mal real es el pecado (el mal moral) que depende del libre albedrío, de la libre voluntad. En la teoría demonológica del monje asceta Evagrio Póntico las escuadras demoníacas son ocho que corresponden con los ocho pecados capitales: la gula, la soberbia, la lujuria, la avaricia, la desesperación, la ira, la pereza y la vanidad. El modo verdadero de oponerse a las sugestiones diabólicas es la observancia moral estricta de la conducta y, si fuera menester, la penitencia o el martirio como afirmación victoriosa sobre la autoridad que el demonio ejerce en este mundo. En efecto el mal está presente en la vida representado por el Diablo, del cual emergen las enfermedades, los sufrimientos, las angustias y los dolores, pero una vez declarada en todo el orbe la potestad de Cristo, el mal ya no podrá volver a existir, todas las cosas tornaran a Dios; de aquí se desprende la negación de la eternidad de las penas infernales y la controvertida posibilidad de redención de Satanás en el Juicio Final con el permiso de Dios, juzgado y anulado por Cristo.

Santo Tomás de Aquino inspira toda la doctrina católica posterior sobre demonología, sus tesis quedan sintetizadas en: el Diablo en su origen fue el primero de los ángeles, en el momento que deseó ser igual a Dios cometiendo un pecado de orgullo y envidia precipitó su caída. La caída del Diablo no fue simultánea a su creación porque si lo hubiese sido Dios sería la causa del mal. En el ejercicio de su libre voluntad otros ángeles siguieron al Diablo, no son naturalmente malos; como la voluntad de los ángeles buenos está fijada en dirección al bien así la voluntad de los ángeles caídos está fijada en dirección al mal. El número de los ángeles caídos es menor que el de los ángeles que perseveran en la fidelidad a Dios. Las mentes de los demonios poseen el conocimiento natural, pero están oscurecidas por la privación del conocimiento de la verdad última. Los demonios habitan dos moradas, el infierno, en el que torturan a los condenados, y el aire, desde donde incitan a las personas a la maldad.   

La definición de Anticristo es ambigua, los textos le presentan como un verdadero y auténtico demonio, o un hijo del demonio (filius diaboli), o un hombre que encarna al demonio engendrado por un obispo y una monja, o un poderoso de la tierra cargado de iniquidad (rex iniquus), o un personaje contrapuesto al Mesías, o en la época de las cruzadas el mismísimo Mahoma y los musulmanes como sus legados, o según Lutero el Diablo encarnado en el Romano Pontífice, etc. En el siglo XII, la monja visionaria Hildegarda de Bingen describe al Anticristo en forma de bestia con una cabeza negra monstruosa, orejas de asno, fauces abiertas con colmillos de hierro y despidiendo fuego por los ojos; vamos, el puro retrato de la imagen demoníaca.

La demonología de entre los siglos XV y XVII recupera el patrimonio doctrinal de épocas precedentes y lo enriquece con algunos elementos derivados de las tradiciones populares y el folclore. Durante estos siglos se lleva a cabo la más abyecta «caza de brujas». La bruja se asocia al demonio, de él extrae poderes maléficos y destructivos. De las complacientes relaciones de familiaridad que establecen las brujas con el diablo alcanzan especial relieve las prácticas sexuales, el ente demoníaco puede unirse en forma de súcubo con el brujo o en forma de íncubo con la bruja; de semejantes uniones pueden nacer hijos, si bien el axioma no está rigurosamente probado. Presente en todas las culturas, desde su génesis subversiva de las estructuras religiosas que, a veces, adopta por conveniencia, la brujería era una traición a Dios y por este motivo se justificaba cualquier medida con tal de suprimirla, constituyendo objeto de persecución inquisitorial. Otro elemento que contribuye a la demonización de los heterodoxos es el pacto satánico, sellado en virtud del cual Satanás, a cambio del alma prometida, concede a la bruja o al brujo o al adepto poder, fuerza, dinero, belleza, etc. Como consecuencia del pacto, de la posesión diabólica o de la herencia del pecado original toma fuerza la figura del sacerdote exorcista. La práctica del exorcismo aparece por primera vez en la liturgia bautismal del siglo III, al principio se aplica al bautismo de los catecúmenos adultos para pasar después al de los niños; la tradición cristiana va creando una teología y un ritualismo que expresa una doble vertiente diagnóstica y terapéutica. Los procesos contra la brujería terminan en los siglos XVIII y XIX, las brujas son reemplazadas por un nuevo enemigo, la masonería. Señalados por la Iglesia como «hijos de Satanás», los masones, fermento de la conciencia democrática y las libertades nacionales, simbolizan un sistema de pensamiento que derrumba la concepción teocrática del mundo. Los mecanismos de persecución y violencia que acompañan al desarrollo de la demonización son evidentes cuando se verifica la dinámica que históricamente más veces ha servido para cargar de negatividad a grupos étnicos, religiosos, políticos, sociales, etc. que se presentan como perturbadores del modelo cristiano establecido.   

En las incontables fábulas y leyendas populares, al Diablo clásicamente se le representa como un ser de color oscuro o negro, con cuernos, cola, pies caprinos, ojos llameantes y vello abundante en el cuerpo, acompañado de un hedor sulfúreo. Esta imagen semianimal deriva de la antigua mitología, de los faunos, los sátiros, del griego dios Pan y, en general, de todos aquellos habitantes de los bosques. Y tiene como adverso capital al arcángel Miguel (nombre hebreo que significa ‘¿Quién como Dios?’), figura mítica presente en la tradición bíblica; en el Apocalipsis es el jefe de los ángeles fieles a Dios que aleja del cielo al Dragón. El culto del arcángel se difunde rápidamente por toda Europa, Miguel se convierte en el guerrero defensor y protector del pueblo cristiano contra los enemigos de la Iglesia y contra los demonios. 

El Diablo como representación de todo lo malo (en conflicto con todo lo bueno), está presente bajo diversas formas en todas las culturas: puede estar en la naturaleza, en la historia, y finalmente, en nosotros mismos, en nuestras angustias, en nuestros traumas, en nuestras pesadillas.