lunes, 1 de febrero de 2016

ORLANDO FIGES; “LA REVOLUCIÓN RUSA (1891-1924)”.



Habían llegado a personificar la voluntad de la nación, los Romanov con su imagen de poder y opulencia monárquicas, gobernaban sobre la base de sus propias convicciones religiosas y sin miramientos hacia los límites de la ley. El zar sentía Rusia como su feudo privado a la manera de un señor medieval. El antiguo título de zar estaba revestido de autoritarismo paternal y connotaciones religiosas. En la mente del campesino común el zar no era sólo un gobernante regio, sino una “divinidad en la tierra” al que miraban con ciega devoción porque estaba ungido por Dios. Enrocado en una autocracia fosilizada, sin intención de ceder a las demandas de reformas políticas solicitadas por una sociedad cada vez más urbana, más educada y más compleja; sobrepasado por los acontecimientos, apoyado en un gabinete reducido de consejeros reaccionarios entre los que se encontraban su propia esposa Alejandra (educada en la estricta moral victoriana, hablaba malamente el ruso) y el protegido de la misma emperatriz, Rasputín (personaje ególatra y arribista). Carente de las necesarias cualidades para ejercer el poder, el último zar Nicolás II nombraba primeros ministros a una mediocridad aduladora tras otra. El inmovilismo, la incapacidad gubernativa, el creciente conflicto social y la deriva peligrosa de la fantasía del poder absoluto, supusieron el caldo de cultivo del que se nutrieron las raíces de la Revolución.

El Ejército Imperial ruso pertenecía al zar, juraba lealtad a su persona y a la preservación de la dinastía en lugar de al Estado o incluso a la nación; sus oficiales y soldados eran de manera efectiva sus vasallos. El trato que dispensaba el gobierno al Ejército provocó un creciente resentimiento entre la élite militar rusa. La determinación de los soldados por derribar la “servidumbre del ejército” y obtener la dignidad de la ciudadanía se convirtió en uno de los episodios más relevantes de la Revolución. A la debilidad del Ejército se une el colapso de la Iglesia Ortodoxa, pilar ideológico del régimen zarista. Ser ruso equivalía a ser cristiano ortodoxo, en un país donde la mayor parte de la población era analfabeta y la fe religiosa suponía un arma de propaganda esencial y un medio de control social. Sin embargo la Iglesia se encontraba en un estado de división terminal, se podía decir que la Santa Madre Rusia no era tan santa.

A inicios del siglo XX, el 80 por ciento de la población de Rusia estaba clasificada como perteneciente al campesinado y el resto, la mayoría, hundía sus raíces en él. Sin embargo, a pesar de este dato, a las clases educadas de las ciudades “el mundo del campo les resultaba tan exótico y ajeno como los nativos de África lo eran para sus distantes amos coloniales”. La incomprensión, la violencia y la crueldad que el antiguo régimen inflige al campesinado se transforma en resentimiento, que no sólo desfigura la vida cotidiana de la aldea, sino que también se lanza contra el sistema en un intento de aniquilación del pasado responsable de su trágico destino. Forzados por la pobreza y la ambición de conseguir una vida mejor, los campesinos emigran a las ciudades, para muchos de ellos la cultura urbana significa movimiento revolucionario, progreso, ilustración y liberación humana; llegan e ingresan en las filas del proletariado comprometido con el movimiento obrero militante, organizando clubes y asociaciones ilegales de trabajadores que el gobierno zarista persigue con saña, legislando a favor de los patronos y reprimiendo con la policía. En el desprecio por las condiciones de vida de la gente descansaba el principio de autoridad de la jefatura del zar. El movimiento revolucionario, según sus propias nociones de verdad y justicia, buscaba liberar al pueblo; la presunta finalidad de su campaña era desestabilizar al Estado y encender la chispa de la rebelión popular.

Sólo cinco años después de la edición original en Hamburgo y quince años antes de la edición inglesa, se publica en Rusia la primera edición extranjera de “El Capital” de Karl Marx; contradiciendo las expectativas de todos los estudiosos, incluso las del propio autor, condujo a la revolución antes a Rusia que a cualquier otra nación occidental a las que se dirigía. El marxismo era considerado un “sendero de la razón”, señalaba el camino hacia la modernidad, la ilustración y la civilización, como ciencia social se convirtió con rapidez en el credo nacional; sólo él parecía explicar las causas de las carencias. Las instituciones eruditas y las universidades que habían sido centros organizativos de la oposición al régimen zarista durante los años sesenta del siglo XIX (en lengua rusa las palabras estudiante y revolucionario eran casi sinónimas), se vieron invadidas por la nueva moda intelectual. Toda la sociedad se politizó. Se produjo una oleada gigantesca de huelgas espontáneas, la mayor protesta laboral jamás vista en la historia de Rusia. A medida que la ley y el orden se resquebrajan en las ciudades se produce un incremento notable de la violencia, no toda achacable a la creciente militancia del movimiento obrero, hay asaltos y asesinatos resultado del vandalismo y la delincuencia común. Las revueltas manifiestan claramente el profundo odio que los campesinos sienten por la nobleza. Se ha estimado que el régimen zarista “ejecutó a quince mil personas, disparó o hirió al menos a veinte mil y deportó o desterró a cuarenta y cinco mil” entre mediados de octubre de 1905 y la apertura de la primera Duma estatal en abril de 1906. Difícilmente podía ser un inicio prometedor para un nuevo orden parlamentario. No había nada en las nuevas leyes fundamentales aprobadas por la Duma que sugiriese que en adelante la autoridad del zar debía emanar del pueblo, a lo que se oponía Nicolás II extremadamente reticente a desempeñar el papel de monarca constitucional. Todo el periodo de la historia política rusa entre las dos revoluciones (la de 1905 y la de 1917), se caracteriza por el enfrentamiento entre realistas y fuerzas parlamentarias.

El paneslavismo y el pangermanismo eran dos doctrinas mutuamente autojustificantes, la una no podía existir sin la otra: el miedo a Rusia unía a todos los patriotas alemanes, mientras que el miedo a Alemania tenía el mismo efecto en los patriotas rusos. “Una guerra entre Rusia y Austria sería un elemento muy útil para la revolución, pero hay muy pocas posibilidades de que Francisco José y Nicolás nos den un regalo así”, comentó Lenin a Gorky en 1913. Acertaba en lo primero y se equivocaba en lo segundo. La Primera Guerra Mundial mostró la debilidad real de Rusia que podría haber estado lista para una campaña breve de hasta seis meses (duración estimada del conflicto), pero no para una larga contienda bélica de desgaste. A medida que las condiciones en el frente fueron empeorando y aumentaban las víctimas, la moral y la disciplina empezaron a desmoronarse. Para muchos soldados éste fue el momento psicológico vital de la Revolución, la circunstancia por la cual su lealtad hacia la monarquía se derrumbó. Las tropas se negaban a desplazarse hasta el frente, se produjeron docenas de motines en las guarniciones militares de la retaguardia e incluso cuando se trasladaban las unidades a las trincheras los hombres desertaban por el camino. El Ejército se convirtió en una enorme multitud revolucionaria, en este sentido la guerra fue el arquitecto social de 1917. Muchos soldados se acercaron a los bolcheviques, el único partido de importancia que estaba a favor, de manera obstinada, de poner fin inmediatamente a la hemorragia bélica; si el gobierno provisional hubiese iniciado las negociaciones con los alemanes en busca de un acuerdo de paz, posiblemente los bolcheviques nunca habrían llegado al poder.

Una y otra vez, la tozuda negativa del régimen zarista de conceder reformas democráticas convirtió un problema político en una crisis revolucionaria. El fin de la monarquía se celebró profusamente en todo el imperio ruso, multitudes entusiastas se reunieron en las calles, donde se hallaba el verdadero poder (el poder de la barbarie). Los símbolos del antiguo régimen imperial fueron destruidos, las estatuas de los héroes zaristas derribadas, los nombres de las calles arrancados, se arrasaron mansiones, iglesias y escuelas; se incendiaron bibliotecas y museos destrozando valiosísimas obras de arte. Los juicios y linchamientos populares eran las expresiones más comunes de la venganza popular, tanto en el campo como en las ciudades. La Rusia de principios del siglo XX parecía haber regresado a la brutalidad de la Edad Media. El derrumbe estrepitoso de todo el sistema favoreció a los bolcheviques que controlaban su propio entorno mucho mejor organizados y mucho más ávidos por obtener el poder que ningún otro partido. El propósito último de Lenin (estratega máximo del partido, trabajando entre bastidores) era conseguir el poder, para él no significaba un simple medio, sino un fin en sí mismo. Los bolcheviques no se asemejaban a ningún partido occidental, más bien constituían una casta elitista situada por encima del resto de la sociedad, los herederos de la burocracia imperial rusa, en 1921 en Rusia el número de funcionarios duplicaba al de obreros, conformaban la base social dominante del nuevo régimen; no eran proletarios, sino burócratas.

Pocos acontecimientos históricos de la era moderna ilustran mejor el efecto decisivo de un individuo en el curso de la historia, sin la intervención de Lenin la Gran Revolución Socialista probablemente nunca habría sucedido y el devenir del siglo XX hubiese sido muy distinto. Lenin llegó a Rusia siendo un extraño, no tenía casi ningún conocimiento directo de la manera como vivía su pueblo, salvo un breve paréntesis de seis meses entre 1905 y 1906, había pasado los diecisiete años anteriores en el exilio. Aparte de dos años ejerciendo la abogacía, nunca había tenido un empleo, era un “revolucionario profesional” que vivía apartado de la sociedad, se mantenía de los fondos del partido y de los ingresos procedentes del patrimonio de su madre; las 24 horas al día dedicaba su pensamiento y su vida a la revolución. Frío, inflexible (Bujarin se quejaba de que “no le importaban en absoluto las opiniones de los demás”), intolerante con la disidencia y rodeado deliberadamente de mediocres aduladores, parte de su éxito se explica, sin duda, por su dominio imponente sobre el partido. Lenin fue el primer dirigente moderno de partido que logró la categoría de Gran Lider, aclamado como un mesías, bendecido con poderes sobrenaturales (el Cristo que sacrificaba su vida por el bien del pueblo); el culto a su figura se planificó por los bolcheviques aparentemente contra su voluntad. El término “leninismo” se utiliza por primera vez en 1923. Cuando el 21 de enero de 1924 el Lenin hombre murió, nació el Lenin Dios; su vida privada fue nacionalizada. Se convirtió en una gran institución que consagrará el régimen stalinista.

En el camino hacia la utopía comunista todas las esperanzas centradas en la Revolución fueron abandonadas. En lugar de ser una fuerza constructiva, la Revolución había sido una fuerza destructiva, en lugar de liberación humana había provocado esclavitud y en lugar de progreso espiritual de la humanidad había conducido a la degradación. Suya fue la primera de las dictaduras del siglo XX que glorificó su propio pasado violento mediante la propaganda y la adopción de símbolos y emblemas militares. Profético sonaba el eco de la advertencia de Trotsky: La Organización del Partido primero sustituirá al Partido como tal, después el Comité Central sustituirá a la Organización del Partido y después un simple dictador sustituirá al Comité Central.

En 1917 un imperio que cubría la sexta parte del planeta saltó por los aires, la Revolución rusa puso en práctica (con gran consumo de vidas humanas) el mayor experimento social de la historia, que ha definido la configuración del mundo contemporáneo. El movimiento que comenzó como una revuelta del pueblo en demanda de otra realidad, amparada en la ley y las libertades civiles, contenía las semillas de su propio fracaso. La debilidad de las fuerzas sociales para sostener una revolución democrática provocó que las mismas masas de población (campesinos, obreros, soldados, estudiantes, etc) que causaron el triunfo del régimen bolchevique se convirtieran en las victimas principales de la violencia y la dictadura. El intento de “crear un mundo y un hombre nuevos” se estrelló contra el muro de la realidad. La ambición de creer que la naturaleza humana podía ser cambiada alterando simplemente el trasfondo social en el que vivía la gente fue un sueño utópico convertido en pesadilla. El hombre no puede ser cambiado tan fácilmente.

“El estado, por muy grande que sea, no puede homogeneizar a la gente ni mejorar a los seres humanos. Todo lo que puede hacer es tratar a sus ciudadanos de manera equitativa e intentar asegurar que sus actividades libres se dirijan hacia el bien común”. (Orlando Figes)