Detenida queda la lágrima
como una gota de cera
en la mejilla del payaso.
Se deshace el maquillaje de la cara,
cae por el cuello y los hombros
como un manto sagrado
blanco hasta los pies.
Si miras por entre las columnas,
ves al payaso
con sus zapatones negros y brillantes
subido en el altar mayor,
haciendo reír a los niños del coro,
alargando la luz de la tarde.