jueves, 4 de abril de 2013

VOLKER KUTSCHER; “SOMBRAS SOBRE BERLÍN”.

  Retrato de la atmósfera que respira una época, la convulsa República de Weimar baila sobre el volcán de los cambios políticos y sociales en plena crisis económica internacional, tiempos previos al ascenso del nazismo que comienza a extender sus redes de porterías a despachos. Año 1929, Berlín entre dos guerras mundiales, los berlineses dan la bienvenida a cualquier tendencia que refuerce su fama de metrópolis moderna, ciudad cosmopolita, fascinante, sórdida y provinciana todo se mezcla en un crisol de tensiones ideológicas y étnicas; confluyen en sus calles la represión obrera y el crimen, los grupos paramilitares y la delincuencia mafiosa, partes de un laberinto diabólico con diversas entradas y una sola salida: el poder. 
  
  Los retratos de las tres santas eles (Lenin, Liebknecht, Luxemburg) cuelgan de las ventanas de la sede central del Partido Comunista Alemán, los mandamases del estado consideran una afrenta insolente decorar públicamente la fachada del edificio con las efigies de los enemigos de la nación y su consigna “¡Viva la Revolución Mundial!”. Los comunistas son excrecencias del lumpemproletariado existente en los bajos fondos de todas las grandes ciudades, delincuentes que han elevado el robo a la categoría de ideología y lo justifican llamándolo revolución, bolcheviques peligrosos que sólo les mueve el propósito de establecer una Alemania soviética; hay que meterles en vereda, enseñarles quien manda aquí. Se atiza el temor a la subversión, se propaga la leyenda del motín comunista y el terrorismo rojo, se caldea el ambiente entre la policía. Llevado por algo más que el exceso de celo, el Jefe Superior de la Policía de Berlín prohíbe toda manifestación callejera el 1º de mayo. Las brigadas de guardias reciben la orden de detener sin miramientos a cuantos violen la ley, empleando para ello cualquier medio de represión a su alcance. Resultado de la interesada e imprudente provocación, más de 20 muertos entre policías y manifestantes, gran número de heridos y detenidos. El panorama parece propio del estallido de una guerra civil. Se impone el estado de sitio. Adyacente al pulso que se dirime en la ciudad, el crimen no se detiene; dentro de un coche aparece muerto un tipo con las manos y los pies destrozados y otros evidentes rastros de tortura brutal. Un Mercedes de homicidios aparca en el lugar del suceso. Enfrentarse con la muerte es propio de la profesión de inspector de policía, se debe aceptar aunque cada muerto llene de acusaciones y reproches, aparentar ser cínico es una consecuencia de la profesión. Si se comete un delito la terea del policía es esclarecer los hechos y sobre todo velar porque impere la justicia. Normalmente se busca al autor en el entorno de la víctima, amigos, enemigos, familiares, compañeros, vecinos, pero ¿cómo hacerlo si lo único que se conoce de la identidad del cadáver es que es un ciudadano ruso? Los rusos llegaron a Berlín después de la guerra, clandestinos, aristócratas, inmigrantes, todos aquellos a los que, por unas razones o por otras, los bolcheviques expulsaron del país; en las calles del barrio de Charlottenburg se oía hablar más en ruso que en alemán. Ese es el primer objetivo marcado en el mapa por donde debe comenzar la investigación. 
  
  Darse un garbeo por rincones sórdidos ocupados por la delincuencia, lugares donde, para salvaguardar la integridad física, era mejor que le tomaran a uno por chapero antes que por guripa. Desarticular locales nocturnos ilegales en los que se da una oportunidad al vicio, redadas contra el tráfico de drogas, la prostitución y la pornografía (las revistas pornográficas están de moda en los quioscos se venden como churros). Entrevistas con capos mafiosos cuyo negocio consiste en dar al personal lo que el personal quiere, en esos tiempos cocaína y heroína entre otras cosas. Comprar favores a confidentes e informadores, dejar que las ratas corran por las cloacas del hampa sin perderles la pista, siguiéndoles el rastro para ver donde paran. Mentir a veces, chantajear y hasta… Nadie es un ángel por muy defensor de la ley que se sea, hay trabajos que obligan a saltarse la frontera de lo legal si se quiere que la verdad salga a la luz. Las piezas del puzle van encajando una tras otra pese a las pistas falsas, pese a los obstáculos burocráticos, pese a los asesinatos de testigos y pese a la amenaza facinerosa de las ovejas negras de la policía corrupta (mandos al frente) que protegen, adiestran y arman a los miembros de la facción paramilitar del partido nazi. 
  
  Un caso se cierra cuando caen todos los culpables. Los pensamientos se agolpan en la cabeza, se enredan con sentido y sin razón. Desde el principio la investigación había ido acompañada por la mala estrella. La vida personal no es fácil. A veces es mejor sencillamente dejar en paz a los muertos, enterrar en un cajón los elevados objetivos profesionales. No todos los que resuelven un caso de asesinato son aclamados y reconocidos por sus compañeros y superiores, a veces lo único que se consigue son problemas. Sin embargo, el interrogante acerca de porqué debe morir un ser humano nunca te abandona.