lunes, 25 de febrero de 2013

viernes, 15 de febrero de 2013

APOTEGMA (55)

La ternura se desquita de la voracidad depredadora del egoísmo depositando flores sobre su tumba.

viernes, 8 de febrero de 2013

TOMAS TRANSTRÖMER; “DESHIELO A MEDIODÍA”.

Suena lejano el trueno, cada vez más lejos, como una isla que flota en el espejo de otro horizonte. Desaparece en el bosque interior el otoño, huyen las hojas, llegan los días tranquilos, helados del invierno. La llanura albina brota irreal ausente de estrellas, parece inmóvil. Eternidad cautiva. Cada forma tiene su sitio en el paisaje, las cabañas, el humo flameante de las chimeneas, el murmullo de voces (algunas sin vida) tras las sombras, que no se inmutan, que al pasar por el camino de los ecos no vuelven la cabeza. Difuminados en el vaho del bosque un árbol o un hombre, un hombre como un árbol o un árbol como un hombre hierático en el acantilado de los escollos del mundo, mirando fijamente la luz resbalar sobre el hielo, vigilante se arrastra hasta el mediodía del mar. Tierra costera de neblinas, se oye a las gaviotas espantar el tiempo, juegan a componer haikus de navidad, impresiones de una visita a la fantasía del invierno estival (un lugar donde todo son sueños). Llueve sobre las lanchas azotadas por la fuerza del viento, llueve sobre los barcos, llueve sobre las montañas, llueve sobre la vejez y la miseria, la lluvia saca lustre al brillo de la naturaleza, verde brillo de las praderas, húmedo brillo de la tundra, rojo brillo de la pared del granero. Bajo la lluvia crecen las calles a medianoche.
Se despeja el cielo, espacio azul, sombras de nubes volando como una cometa, el sol sale iluminando la mañana, el hielo es empujado al pasado, el invierno abre los ojos a la primavera. La acostumbrada calma, la soledad, despiertan a los espejismos que duermen; sorprende haber dejado atrás la batalla contra las circunstancias climáticas y alcanzar el tiempo añorado. El órgano de la iglesia se mezcla con el rumor que viene de la calle, la paz, la libertad, la tranquilidad de observar el mundo se manifiesta en la música; sonidos que traen recuerdos, pensamientos como retratos de fantasmas iluminados, estampas de una ciudad hormigueante de hogares, hormigueante de tazas de café, hormigueante de voces, hormigueante de zapatos y hormigueante de huecos dejados por los muertos. Mirando tras el cristal de las ventanas lo que se ve no es nada frente a lo oculto, las calles, los edificios, los monumentos, no son nada más allá de lo soñado.

 Una imagen que avanza en el vacío, sobria, resplandeciente, despojada de ropajes retóricos, atraviesa el sentir del lector; el lector que intuye, el lector que llena los silencios de las páginas centelleantes que tiemblan en el libro de las contradicciones, lee en la noche, lee para liberar la verdad, lee para proveerse de energía humana. Cientos de miles de lectores, cientos de miles de sueños, cientos de miles de voluntades indefensas, que giran agarrados a la tierra con la esperanza de poder cambiar la luz que ilumina los escritorios donde se decide el destino del hombre.  

viernes, 1 de febrero de 2013

TRIBULACIONES (I)

Oficina de Empleo:
Nos amontonamos las víctimas de la traición laboral, la explotación, el cálculo económico, el oportunismo, el lucro rapaz, la desilusión, la necedad industrial, el desencanto y la frustración; en el sentido de sus silencios hay más verdad que en treinta años de relaciones sociolaborales barnizadas de mezquindad, retórica hipócrita y aburrimiento.
Recorro con la mirada los rincones de la sala de espera buscando la utopía, el rastro de una nueva sociedad, la liberación del hombre, el sueño del progreso sostenible, la balanza de la justicia social y no los encuentro.

miércoles, 23 de enero de 2013

MICROPOEMA (52)

Abandonada a la ternura 
de la lencería romántica 
(con sencillez estética 
y lírico desdén)
la piel de la Madonna 
vende flores por las calles.

lunes, 14 de enero de 2013

RYSZARD KAPUSCINSKI; “ÉBANO”.

Viajar con los ojos abiertos, la mirada atenta, observando los rincones tortuosos del mundo. Llama la atención la luz, la claridad, el diáfano esplendor. Todo está inundado de luz que exalta el cromatismo, los colores plenos de fantasía y vitalidad, chillones, geométricos, estampados, en casas, vehículos y ropas, un gran kitsch bullicioso, multitudinario, se vive en la calle, mezclados: peatones, bicicletas, automóviles, carros, vacas, cabras, etc. La tradición africana es colectivista, el individualismo se considera sinónimo de desgracia, de maldición; nada une más a los africanos que el echarse unas risas juntos. La urbe africana es un continuo fluir de gente sin ocupación fija y conocida, compran, venden, trapichean, trabajan a salto de mata, como mozos de cuerda, como vigilantes, como mano de obra a destajo, proletarios clínex. Hombres y mujeres en movimiento, masas en peregrinaje, los de acá huyen de la guerra, los de allá del hambre, los de acullá de los cuatro jinetes del apocalipsis a la vez. A derecha y a izquierda, los márgenes de las carreteras convertidos en zonas comerciales por donde circula la vida (han tomado el relevo de los ríos), se abren tiendas, bares, posadas, templos religiosos. Almas del lumpen que escapan, deambulan, extravían, abandonan la pobreza del campo para encontrar su lugar en la miseria de la ciudad, se instalan en barrios de chabolas, edificaciones endebles construidas sobre los peores terrenos con materiales de deshechos que aprovechan, reciclan y nadie sabe de dónde sacan, hacinados entre polvo, insectos y olores tropicales que atraen y repugnan, que seducen y dan asco; pozos negros de la vil condición humana en donde cada año la malaria, el cólera o la disentería se cobran millones de víctimas que sufren de desnutrición y agotamiento. Barrios provisionales, inestables y frágiles establecidos bajo la amenaza del desalojo, pasto de las excavadoras cuando afean la vista de las autoridades municipales. No hay futuro, se vive a la hora o al minuto o al segundo, la inmediatez del ahora supone saciar el hambre y hasta el próximo presente. Al otro lado del traslado a la salvación, a la esperanza, anida la desesperación, la sentencia, “un mundo en el que la miseria condena a la muerte a unos y convierte en monstruos a otros”. Abajo masas de gentes ignorantes, atemorizadas, explotadas, arriba una clase de burócratas ineficaces y corruptos, políticos avariciosos y déspotas, y militares arrogantes y dictatoriales; herederos del origen colonial del estado africano, grupúsculos sociales que nada producen, que no crean riqueza, que sólo disfrutan de los privilegios de gobernar a la colectividad, adoptan formas del colonialismo y la esclavitud. 

Durante tres siglos África fue saqueada de sus gentes, arruinada y casi destruida, el comercio de esclavos supuso la etapa más cruel y abyecta de la conquista llevada a cabo por el invasor blanco, con consecuencias deplorables en el terreno psicológico, implantó el complejo de inferioridad, fomentó la ideología del racismo y estableció el totalitarismo; y en el terreno político-social envenenó las relaciones entre sus habitantes. El colonialismo sólo buscaba el beneficio rápido, la conquista fácil, el expolio de todo cuanto encuentra en su camino (tierras, animales y hombres) al coste más bajo posible. Se trata a los oriundos africanos como objetos, como instrumentos o en el mejor de los casos con un paternalismo degradante. Desdeñando la diversidad cultural y étnica, unos diez mil reinos, federaciones y comunidades tribales son comprimidos en los límites de apenas cuarenta colonias, a veces sometidos a un mismo poder extranjero y a una misma ley. Cuando obligada por la naturaleza de la historia se presenta la fiebre descolonizadora, sobre el tablero de juego se ponen todos los prejuicios e intereses, en ningún caso el proceso descolonizador debe producirse sin que la circulación de riquezas y mercancías de las colonias o ya excolonias a la respectiva metrópoli se resienta excesivamente. El resultado de la liberación no fue el bienestar y el desarrollo social, para su desgracia la realidad quedó muy lejos de las nobles aspiraciones; los pueblos africanos se habían liberado del colonialismo, del amo, del señor, pero no del analfabetismo, el latrocinio económico, el fraude electoral, el gansterismo político, las luchas por el poder, los golpes de estado, las dictaduras monstruosas, los odios multiétnicos, las migraciones forzosas, las revueltas, las masacres, las hambrunas, las enfermedades y las guerras. Guerras crónicas que se desarrollan en silencio, escondidas, sin testigos, sin que importen al resto del mundo; campos de batalla donde la civilización moderna no ha llevado la electricidad, el teléfono o la televisión pero sí las metralletas; armas que no sólo sirven para combatir, también son un medio de supervivencia, cada vez las hacen y venden más ligeras, manejables y cortas, juguetes sangrientos en manos de niños soldados, generaciones amamantadas en la violencia. 

Estampa del hambre en la inmensidad del yermo africano vasto y hostil: calor, sequía, pozos vacios, cosechas baldías, primero mueren las cabras y ovejas, luego los niños, después las mujeres, por último muere el hombre y el camello. En las aldeas la diferencia entre pobres y ricos no la establece la variedad de alimentos sino la cantidad de arroz, el pobre come un puñado exiguo y el rico un cuenco lleno a rebosar, la sequía prolongada iguala a los dos y les condena por igual a poder morirse de hambre. Se muere de hambre no por falta de alimentos, sino por culpa de una organización social inhumana, de un juego político y económico desalmado producto de un mundo egoísta, ruin y paranoico. La muerte por hambre es un acto de injusta sumisión. 
 
Frente a la flora y la fauna exuberantes, manadas de cebras, antílopes, búfalos, jirafas, leones, leopardos, elefantes, etc. que se pasan la vida corriendo y galopando protegidos en sus ecosistemas, el habitante humano indefenso y pobre; seres que vegetan al margen de la humanidad, nacen y mueren sin que nadie lo note, seres desconocidos y anónimos. 

 “Qué hacer con la presencia en la Tierra de millones y millones de personas. Con su energía sin emplear. Con el potencial que llevan dentro y que nadie parece necesitar. ¿Qué lugar ocupa esa gente en la familia humana? ¿El de miembros de pleno derecho? ¿El de prójimos maltratados? ¿El de intrusos molestos?”. 

Viajes y crónicas por una historia maldita.

lunes, 31 de diciembre de 2012

MICROPOEMA (51)

Retorna
al hogar
navegando
el héroe
avanza
inquieto
angustiado
con el deseo
de escuchar
su canción
de cuna.

lunes, 17 de diciembre de 2012

APOTEGMA (54)

La libertad de conformarse con no ser nada compensa de la esclava ambición por ser algo.

domingo, 9 de diciembre de 2012

LESLEY-ANN JONES; “FREDDIE MERCURY”.

Vaqueros ajustados, chaleco liso blanco, pañuelo enhebrado a las trabillas del cinturón, bigote tupido pulcramente recortado; identidad que se proyecta desde lo alto del escenario, look icónico de un artista extravagante. Puede que sea el showman más grande que haya parido el rock en toda su historia. “Yo cambio cuando salgo al escenario. Me transformo completamente en ese showman total. Lo digo porque eso es lo que tengo que ser”. Nacido un jueves 5 de septiembre de 1946 en el Hospital Gubernamental de Zanzíbar dentro del seno de una familia parsi devota de la fe zoroástrica, Farrokh Bomi Bulsara era una estrella antes de ser una estrella o dicho de otro modo, el chico reservado, taciturno, dolorosamente tímido, agobiado con su orientación sexual, de buenos modales con una vena pícara que inspira ternura y desata el instinto maternal entre las chicas, era Freddie Mercury antes de ser Freddie Mercury. Con espontaneidad los condiscípulos, colegas y profesores del respetable internado inglés donde educa su adolescencia comienzan a llamarle Freddie, el diminutivo anglosajón le complace sobremanera y arraiga para alivio suyo entre sus padres y demás familiares que frecuentan su uso hasta anular totalmente su verdadero nombre. Por aquel entonces el St. Peter´s estaba considerado como el mejor colegio privado de Panchgani (India), pese a su estricta disciplina y severas normas el centro gozaba fama de mantener una atmósfera familiar, cordial e incluso divertida, atributos pedagógicos insuficientes para soslayar el profundo resentimiento que desarrolla hacia sus padres, responsables de aquella separación desgarradora. “Aprendí a cuidar de mí mismo, y crecí deprisa”. La relación con su padre y su madre se vuelve distante, aunque con la madurez que da el paso del tiempo, poco a poco fue capaz de superar sus sentimientos de rechazo. En el colegio Freddie destaca en actividades individuales, es campeón de Ping-Pong, expone querencia hacia la asignatura de arte, la mayor parte del tiempo libre lo consume dibujando y pintando, exalta la música contemporánea, descubre la música clásica , adora sobre todo la ópera, se matricula en piano y aprueba los exámenes de teoría y práctica hasta cuarto curso. Para dar rienda suelta a su desmedida vocación musical se incorpora al coro colegial y con sus amigos íntimos forma su primer grupo “The Hectics”. Completado el ciclo formativo, con el título de graduación bajo el brazo, parte a Inglaterra donde se instala su familia huyendo de la violencia revolucionaria desatada en Zanzíbar. Los Bulsara nunca regresarán a la isla. 

 Londres supone para Freddie el descubrimiento del paraíso. Estudia diseño gráfico e ilustración, entretiene las clases dibujando bocetos de sus compañeros y de su idolatrado Jimi Hendrix, con cuya imagen empapela las paredes del minúsculo apartamento donde malvive en Kensington. El derroche de energía desplegado sobre el escenario, el estilo provocador, la capacidad de interpretar cualquier canción de forma innovadora por ramplona que fuera logrando que sonara audazmente original, el estilo Hendrix ejerce una influencia magnética en la vida de Freddie que toma la decisión de reinventarse a sí mismo a imagen y semejanza del roquero estadounidense. En su fuero interno, si una cosa tiene clara es que no desea ejercer otro trabajo que no sea la música, ambiciona formar su propia banda. Intentos fallidos, idas y venidas, una audición y dos amigos socios de piso, Brian May y Roger Taylor, desembocan en Queen, palabra de aroma regio, atrevida, andrógina, con vínculos homosexuales y connotaciones gais, que Freddie propone y los demás (Brian y Roger) disponen vencidas sus muchas reticencias. Poderoso argumento, los nombres de una sola palabra funcionan mejor en el mercado de la publicidad artística. Una vez creada la identidad del conjunto, ha llegado la hora de la transformación personal. Abandona el apellido Bulsara en favor de Mercury ( antiguo mensajero de los dioses en la mitología romana). La fascinación de Freddie por la mitología y la astronomía se evidencia cuando diseña el legendario logotipo de Queen: junto a la figura principal del ave Fénix con las alas desplegadas, símbolo de la inmortalidad, incorpora el signo del zodiaco de cada uno de los miembros del grupo. A las tres patas del banco, más tarde, se une una cuarta, la formación queda cerrada e inalterable prácticamente en el tiempo: Freddie Mercury (voz), Brian May (guitarra), Roger Taylor (batería), John Deacon (bajo); cuatro personalidades dispares, hijos de diversas influencias, con gustos complementarios que cuando convergen en un mismo punto despliegan todas sus dotes musicales al servicio de una gran fuerza creativa. Aunque consideran a Freddie y a Brian los compositores principales, se acaban las rencillas cuando los cuatro músicos deciden atribuir la autoría de las canciones al grupo en su conjunto, de forma que todos ingresan lo mismo por cada disco publicado. Los Queen siempre fueron unos profesionales del rock and roll modélicos, comprendían en qué consistía el negocio. No aspiraban a ser los mejores amigos unos de otros, se llevaban bien y se respetaban. 

 Los inicios de Queen por el proceloso mar de la música popular no difieren mucho del tópico habitual; actuaciones donde se puede y dejan, teloneros, maquetas, llamadas a las puertas de las discográficas y cuando parece que el rumbo es a ninguna parte, graban un primer disco que algún crítico visionario en particular califica de “cubo de orina”, pero el público soberano comienza a prestarles oído, el álbum se escucha, gusta, se vende, permanece dieciséis semanas en las listas de éxitos, alcanza el puesto 24, consigue un disco de oro. Las lanzas se tornan cañas, en Estados Unidos son aclamados como “un nuevo y apasionante talento británico”. 

 El éxito regala a Freddie todo lo que siempre ha soñado, un hábitat natural donde dar salida a su creatividad, interpreta las canciones para que sean absorbidas, identificadas, empatizadas, ofrenda su calidad instintiva de estrella a una multitud que le pide más y más, a veces da tanto que sobrepasa lo que pueden soportar su cuerpo y sus cuerdas vocales. En cada gira, en cada concierto pone un toque personal: un saludo en la lengua del país, una canción tradicional, una bandera británica a modo de capa forrada con la enseña nacional correspondiente; es la forma de devolverles el cariño a los fans que le aclaman, que le vitorean, que le adoran. Perfeccionista, diseña sus números con esmero, manteniendo el control de las poses sin que su presencia como líder se proyecte por encima de la imagen del grupo, en primer lugar se considera un artista, un músico, un intérprete y después una astro del rock. Fuera del escenario, apagado el brillo de los focos, en la trastienda de la vida cotidiana, Freddie es una persona preocupada por no parecer ridícula, le inquieta que la gente pueda burlarse de él a sus espaldas, obsesión que posiblemente sea la causa de sus ataques de mal humor, egocentrismo y petulancia, sin embargo básicamente es un ser humano amable, considerado y generoso a quien no le importaba dar sin esperar a recibir nada a cambio. Cuando está relajado entre amigos se muestra divertido y cordial. Huye de llamar la atención, intenta por todos los medios confundirse con el paisaje. Su conducta es elegante, cortés y discreta. Cultiva un halo de personaje misterioso negándose a conceder entrevistas, salvo aquellas ineludibles relacionadas con el lanzamiento de un nuevo trabajo. Entre sus gustos se encuentra el dhansak (un plato indio muy popular en la comunidad parsi), las galletas de queso de su madre, preparar el té, la ópera (Montserrat Caballé tiene la mejor voz de todos los seres humanos vivos – declara), el ballet, los clubes de bullicioso ambiente gay, la cocaína y el sexo; colecciona amantes con la misma apetencia que porcelanas y pinturas japonesas (cultura, arte y tradición que le deslumbran). La fama y la riqueza ponen a su alcance todos los caprichos que desea, puede comprar cualquier cosa, puede ir a dondequiera se le antoje. Su forma de vida se ajusta al cliché sexo, drogas y rock and roll. Se considera a los Queen como “los organizadores de las fiestas más pervertidas del rock”, apreciación un tanto exagerada. Freddie prueba y saborea hasta los límites los peligros de la mala vida, lleva una existencia a lo grande, chocante, estrafalaria, polifacética, promiscua, a veces fuera de control. Quizás por el tormento del alma o por miedo a la soledad y al vacío, desafía al cuerpo a estar vivo (otra raya más, otro ligue más) y el cuerpo responde al órdago de los excesos. La vergüenza, el dolor, el oprobio, la desinformación, el interés morboso de la prensa por una enfermedad que en sus inicios se considera propia de homosexuales y drogadictos. Los periódicos, las revistas disparan los rumores y emprenden la carrera por conseguir fotos de un demacrado Freddie Mercury, que no entiende por qué su padecimiento es asunto público si a nadie más le concierne, sólo a él. Sabe que tiene los días contados. La rutina doméstica se instala en su domicilio de Londres, rodeado de sus gatos (a los que adora como si fueran sus hijos), sus mascotas, sus carpas koi, su novio y sus amigos íntimos. Se redacta el texto del último comunicado que se leerá a las legiones de seguidores de todo el mundo. Toma la decisión de dejar la medicación. “El gran fingidor”, la prima donna del rock se deja ir. Certificado de defunción: “Causa de la muerte, a) Bronconeumonía, b) Sida. 

Su legado: Más de setecientos conciertos, algunos inolvidables como el de Live Aid, otros emblemáticos como el celebrado en el Népstadion de Budapest. Un catálogo impecable, brillante, indefinible de álbumes, singles y vídeos. Un repertorio ecléctico que mezcla estilos desde el rock, el pop, el funk hasta el folk y la ópera. Canciones e himnos de fama reverencial. Una vitrina nutrida de premios… Y, “god sabe the Queen”. 

“Freddie Mercury hizo lo más importante de todo. Murió joven. En vez de convertirse en una vieja reina gorda, hinchada y presuntuosa, murió en la flor de la vida y se conserva con esa edad para toda la eternidad” (Dr. Cosmo Hallstrom).