domingo, 27 de mayo de 2012

JOE HALDEMAN; “LA GUERRA INTERMINABLE”.


Hombres y mujeres seleccionados aplicando parámetros estrictos: medidas antropométricas de parecida apariencia, un físico excepcionalmente sano y fuerte, altos pero no gigantescos, musculosos sin ser hercúleos, sobradamente inteligentes (coeficiente de inteligencia superior a 150) pero no dados a las cavilaciones críticas; personas de cuerpo duro y mente rápida entregados a demostrar una disciplina absoluta; la flor y nata atlética e intelectual de la sociedad, escogidos para la gloria, llevan el orgullo de defender a la humanidad contra la amenaza de una raza alienígena. Aprenden todas las posibles maneras sigilosas de matar a un enemigo (en las lecciones prácticas se usan cobayas humanas, actores convictos a quien se les ha lavado el cerebro son asesinados de verdad), se les enseña a manejar con pericia cualquier modelo de arma, desde la más sofisticada pistola de rayos laser hasta la rudimentaria navaja trapera, se convierten en expertos en demoliciones y voladuras de edificaciones e infraestructuras, y se acostumbran a vestir el uniforme de guerra, el traje de camuflaje confeccionado con una tela que se adecúa a los cambios de color del paisaje, la prenda es alimentada por fragmentos de plutonio, acumuladores de combustible que proporcionan energía para muchos años. Pasan por todas las unidades del ejército y una vez adiestrados en la técnica, la táctica y la logística militar están listos para dar el salto colapsar, el viaje por el hiperespacio a la velocidad de la luz recorriendo inmensas distancias intergalácticas en el desempeño del mandato asignado. 

   Ocupan planetas inhóspitos, lugares estratégicos donde combatir al enemigo en condiciones extremas, frentes de batalla donde espera la muerte (de cada 60.000 soldados sólo el 1,2% logrará sobrevivir durante 10 años). Una guerra se gana gracias a la enmarañada interrelación entre victorias militares, presiones económicas, maniobras logísticas, espionaje del enemigo, intereses políticos, censura de los medios de comunicación, manipulación informativa y anestesia moral de la conciencia ética. La misericordia es un lujo, una debilidad que no se puede permitir. Para facilitar la acción, los soldados bajo el influjo de una terapia de sugestión poshipnótica acatan la orden de aniquilar a cuantos miembros puedan de la otra especie inteligente, cumplir con la misión satisfaciendo la imagen del guerrero ideal, matar, luchar, luchar, matar sin importar uno mismo ni mucho menos los individuos que se tienen enfrente, que cada vez más parecen venir del futuro. Pero cuando cesa la inercia atroz del efecto condicionante, conscientes de la sangrienta realidad, sienten una soledad nauseabunda, un aturdimiento culpable, parece imposible haber cometido semejante carnicería. Algunos soldados enloquecen y otros se vuelven adictos a las drogas tranquilizantes con el fin de adormecer el recuerdo de los miles de asesinatos perversos ejecutados sin atenuantes. ¡Nunca habían deseado ser soldados, nunca lo desearían! ¡No hay gloria en la guerra! El mal, el dolor, el miedo, el odio, la frustración, la confusión, la futilidad, la desgracia, ¿dónde, cuándo y cómo empezó todo este espanto?, ¿por qué se mantuvo durante más de mil años? Comenzó por el absurdo absoluto de la estupidez maledicente, por la falsedad de un malentendido provocado: detener una supuesta amenaza extraterrestre, perseguirla por el cosmos para evitar ¿qué?... Se enquistó en el tiempo porque la costumbre interesada anulaba cualquier solución lógica, porque se necesitaba la existencia del enemigo para justificar la propia existencia y porque la verdad era que el crecimiento y progreso del sistema económico desarrollado en la Tierra requería de la guerra. El mundo podría haber sido mejor si los humanos lo hubiesen tratado con más generosidad que codicia.