domingo, 26 de febrero de 2012

AUGUSTE LE BRETON; “EL CLAN DE LOS SICILIANOS”.


Propietario en exclusiva de los derechos lingüísticos de “Rififi” (palabra de significado impreciso), título de éxito cinematográfico, adaptación de su novela “Du rififi chez les hommes”, el manuscrito fue rechazado por varios editores antes de ser publicado en 1953 y pasar a formar parte de la prestigiosa colección Serie Negra; Auguste Montfort alias Le Bretón, escritor prolífico convertido en una estrella del polar francés, con pasado de huérfano de padre payaso acróbata muerto en la I Guerra Mundial, adoptado en custodia por el estado, habitante de orfelinatos y reformatorios de los que escapaba para alcanzar sus sueños de infancia y colmar sus ansias adolescentes de libertad y aventura; encuentra en el inframundo de las calles la burla, el desprecio, lo soez, la violencia, el hurto ratero, las apuestas ilegales, la amistad de matones y delincuentes, aprende habilidades que le permiten saberse mover en la clandestinidad y, en la etapa de la ocupación nazi, eludir a la Gestapo, así como la literatura le permite esquivar a la marginalidad (historia calcada en la biografía de otros autores del género). De su vida azarosa se nutre el argot barriobajero que maneja en sus narraciones y posiblemente también “Retaco del Viernes”, el más famoso atracador de la época, el gran mandarín de los batas grises que sorprende a Francia con sus estentóreos golpes, dados siempre en viernes, el día de la semana que los bancos transportan fondos a las empresas; desde que se cargó a unos bofias los periódicos le endilgaron el título de “Enemigo Público Número Uno”, el honor de lucir esa credencial conduce a la guillotina y él no está dispuesto a poner su cabeza al servicio de la sociedad dejándose rebanar el pescuezo. Apiolar a un tipo no tiene nada de divertido, al menos que guste y ese no es su caso, sin embargo cuando se tiene a los polizontes en los talones, si no queda otro recurso hay que matar y seguir matando, eliminar los obstáculos del camino, es inexorable; para poder huir del furgón celular pasaporta sin pestañear a un colega de prisión y al guardia que pone en peligro su fuga. ¿¡Cómo es posible que el criminal más peligroso de la nación se haya dado el piro delante de las mismísimas barbas de la poli!?; la ciudadanía sorprendida se echa las manos a la cabeza; en altas instancias del estado, los cráneos privilegiados del ministerio y la dirección general, presionados por la opinión pública, hablan de destituciones, piden resultados inmediatos o cartas de dimisión encima de sus mesas; se crea el caldo de cultivo ideal para que los trepas presenten candidatura al ascenso de puesto. La pasma se afana en la búsqueda, todos llevan su retrato en los bolsillos de la gabardina o del uniforme, las brigadas territoriales rastrean barrio por barrio cada rincón, cada esquina, cada calle; los gendarmes vigilan cada pueblo, cada carretera, cada camino; se trabaja tenaz, nadie puede ser más tenaz que la policía, el tiempo no cuenta para ellos, sólo cuenta el objetivo final: atrapar al ladrón asesino que se ha cargado a los compañeros. El fugado permanece escondido por obra y gracia de un clan mafioso, que encubre sus chanchullos delictivos bajo la tapadera de un colmado siciliano repleto de apetitosos manjares, huele a platos cocinados a fuego lento, a aceitunas de Sorrento, a pasta hecha a mano, a buenos aceites y a quesos fuertes; familia de costumbres religiosas, asisten a la iglesia, oran juntos el padre nuestro, rezan el rosario, se persignan y arrodillan ante el altar; los hijos siguen al padre, la madre no puede oponerse sólo tiene derecho a soportar y sufrir; al viejo capo, al patriarca se le trata de usted, con un solo movimiento de ceja provoca temblera en las piernas y que las lenguas se metan en el culo, sin embargo la severidad desaparece en presencia de su pequeña nieta (la única cosa sagrada que hay en el mundo) o cuando ve en la televisión películas del Oeste, le gustan los tiroteos, los grandes revólveres, los finales felices con el héroe glorificado y el bandido colgando de un árbol; es un puro, un moralista que no admite bromas en asuntos de honor y mucho menos si ese asunto se llama adulterio. La voluptuosidad inflama el precio de la venganza; un soplo de ochenta millones de dólares, cifra suficiente para convertir a un tipo que se ha educado en el fango de las cloacas en una leyenda del hampa, el gran mito de los chorizos con aspiraciones. Ambicionaba tocar pasta como los estafadores que dirigen la política, la industria, los bancos y similares, como todos esos individuos implacables que roban a manos llenas amparados en sus cargos, en sus despachos o en las placas de mármol negro que lucen a la entrada de sus ricas mansiones; ¡claro que quería ser honorable!, pero no deseaba que le escupieran en la cara; él, al menos, se jugaba el pellejo y se ganaba la vida con una pipa de cañón largo en la mano. Estaba solo frente a su destino, era un hombre marcado.