domingo, 9 de febrero de 2014

IAIN M. BANKS; “PENSAD EN FLEBAS”.



 La nave sin nombre, desprovista de tripulación humana, un híbrido mecánico construido con fragmentos y piezas procedentes de los desguaces de otras naves; la mayor parte de los sensores y los decrépitos sistemas de armamento y energía son defectuosos, el único componente perfecto es la poderosísima Mente. Existen razones suficientes para creer que la Mente pertenece a una nueva clase de Vehículos Generales de Sistemas (VGS), que están siendo desarrollados por La Cultura. El encuentro y captura de esa especie de superordenador, por cualquier civilización, puede suponer un triunfo económico y militar transcendental. Entra en juego la epopeya de dos pueblos galácticos:

El Imperio Idiran; cuyos naturales son llamados idiranos, seres asexuados (los órganos reproductivos desaparecen en el interior de su cuerpo), hermafroditas duales, cada mitad de una pareja impregna a la otra. Son astutos pero también estrechos de mente, lógicos, poco imaginativos, incapaces de sentir compasión, implacables y fríos en sus decisiones, desprecian el dolor con orgullo. Defienden la anacrónica vida biológica. Odian el exceso de curiosidad y se contentan con llevar una existencia flemática. Para ellos una nave es un medio de transporte, cuyo uso se destina a viajar entre planetas o como dispositivo de protección; el nombre de cada nave debe reflejar la naturaleza de su proyecto, sus deberes y el uso que se va a hacer de la misma. La única creencia de los idiranos carente de pruebas es que la vida tiene un sentido y un propósito, que existe un algo superior a quien puede llamarse Dios, y ese Ser Supremo desea una realidad mejor para sus creaciones; el Imperio Idiran persigue ese mismo objetivo, es por ello que se considera el brazo ejecutor de Dios. Guiados por su fe, los idiranos justifican la conquista de todas las especies a las que juzga inferiores, pretenden incorporarlas a su imperio fuertemente anclado en la religión y el comercio. El alto mando idirano considera la guerra, desde mucho antes de ser declarada, como una continuación de los sacrificios permanentes exigidos por la colonización teológica; la guerra modela, es una parte de la vida y del proceso evolutivo, sus rigores fortalecen la disciplina. Basándose en estas premisas beligerantes la civilización de Idiran lleva a cabo todas las alteraciones sociales y económicas necesarias para la contienda bélica.

La Cultura; cuenta con más de dieciocho trillones de personas, cada una de ellas está bien alimentada, goza de una excelente educación y posee una mente despierta y vivaz; llevan una existencia relativamente hedonista y libre de preocupaciones argumentada en su dedicación a la filantropía y las buenas obras. Componen una sociedad que aborrece toda clase de elitismo, que adora la ausencia de secreto y se aferra a sus absolutos: vida=bien, muerte=mal, placer=bien, dolor=mal. Presta poca atención a la sustancia de la fe; opina que la locura y las creencias religiosas comparten los mismos delirios. Sus gentes se encuentran más allá de las consideraciones prácticas y materialistas que se guían por criterios de riqueza o de posesión. Son lastimosos mutantes, un callejón sin salida evolutivo, servidores de las máquinas, están gobernados por artilugios tecnológicos; cada nave es para ellos una auténtica obra de arte y la demostración máxima de sus habilidades son los Vehículos Generales de Sistemas; los VGS mucho más que meras espacionaves de tamaño gigantesco, constituyen hábitats, universidades, fábricas, museos, astilleros, bibliotecas,… inmensas naves-mundo autosuficientes, independientes del exterior, productivas, embajadas técnicas e intelectuales de La Cultura, representan La Cultura, son La Cultura, instrumentos de paz no de colonización, ni de explotación, ni de guerra. La Cultura entra en la guerra como un mal necesario, como un compromiso moral desagradable, va a la que desde el principio fue una guerra de religión, no por ansias de conquista o de anexión de territorios, ni de venganza por la pérdida de vidas, maquinaria o recursos materiales, sino por algo mucho más valioso, para proteger la paz espiritual y conservar su ser, la única razón: defender la quintaesencia vital de su alma.

El Imperio Idiran considera a La Cultura una civilización en decadencia que, con su ejemplo, desea arrastrar a otras civilizaciones en su caída. Lo peor que le puede ocurrir a la galaxia es que La Cultura salga victoriosa de la guerra; es por eso que el pueblo idirano no se rendirá nunca, seguirá luchando hasta que el último miembro de su raza o de ellos sea exterminado: ¡vencer o morir! La Cultura demasiado civilizada y sofisticada para odiar a sus enemigos, intenta comprenderlos y comprender los motivos para superarles en ingenio y una vez vencidos, tratarles de forma que nunca más vuelvan a ser oponentes. Al final el cinismo de la guerra hace que unos y otros acaben pareciéndose. Sin tener una idea muy clara de por qué se empezó la contienda bélica, el escenario de las hostilidades se fue extendiendo hasta abarcar un volumen de cosmos cada vez más inmenso. La guerra moderna sobrepasa la escala humana, se puede atacar y destruir planetas enteros situados fuera del propio sistema solar a años luz de distancia, esta fuerza supone un poder de destrucción inimaginable.
 
La guerra se desarrolló durante cuarenta y ocho años, con muchas batallas, grandes campañas, intentos de alcanzar acuerdos de paz, famosas victorias, inesperadas derrotas, tensas pausas, errores trágicos, acciones heroicas, éxitos, fracasos, conquistas y reconquistas; el número de bajas entre población civil, soldados, máquinas combatientes y robot se cuenta por billones. Fue una guerra breve y de poca importancia, raramente su magnitud sobrepasó el 0,02% de la galaxia y afectó al 0,01% de la población estelar; aún así, las crónicas antiguas consideran que la contienda bélica entre el Imperio Idiran y La Cultura fue el conflicto más significativo de los últimos cincuenta mil años