domingo, 27 de marzo de 2011

ABASSE NDIONE; “RAMATA”.

 Tres nombres, África, Senegal, Ramata; un continente, un país y una mujer imbricados en la fábula que relata un cuentacuentos por poco más de una botella de vino y un paquete de cigarrillos. Oído al parche: había una vez un lugar donde ningún pueblo tenía preeminencia sobre otro, donde los ancianos gobernaban en consejo con sabiduría y conocimiento velando por la independencia, la prosperidad y la paz; pero un día aquella vida legendaria cambió, primero llegaron los exploradores, luego los comerciantes acompañados de los negreros y por último los temibles conquistadores que cambiaron todas las reglas, alteraron las estructuras sociales, dividieron los reinos e instalaron en el poder a jefes déspotas, incompetentes y corruptos; en un fragmento de esa tierra sumida en la decadencia y el oscurantismo, se zarandea una mujer agraciada por la naturaleza con un físico de hermosura deslumbrante, una beldad de ébano a la par de la Afrodita griega, la Venus romana, la Astarté fenicia o la Aurora indoeuropea; una belleza devastadora y enigmática marcada desde su infancia por la costumbre, tan aberrante como socialmente admitida, de la ablación, usanza tradicional que la condena a la frigidez, condición contra la que se ha revelado durante toda su vida con traiciones, engaños y mentiras; la esposa sumisa y fiel, madre atenta, pilar de la familia, guardiana del hogar, es una señora egoísta y promiscua que en los numerosos amantes que trotan en su lecho no busca el amor, lo que la obsesiona es encontrar el placer sexual; la dama rica y respetable es fría y calculadora, un espíritu satánico que induce a cometer actos de funestas consecuencias sin sentir remordimiento, ni responsabilidad, ni culpabilidad alguna, sea la víctima de su capricho homicida un pobre diablo en el cumplimiento de su deber; a fin de cuentas cómo atreverse a poner una denuncia contra un mandamás en un país en el que no consta la igualdad ante la ley, y si es necesario se compran a los testigos, se compran los falsos testimonios, se cambian los certificados de defunción, se manipulan los informes de la autopsia, se paga para evitar las engorrosas salpicaduras; las palabras envueltas en fajos de billetes siempre encuentran oídos dispuestos a escucharlas, el dinero calla bocas, olvida memorias, barre conciencias; en un país donde la gente es pobre de solemnidad la muerte de una persona en circunstancias incoherentes puede ser un buen negocio para la familia, quien tiene hambre quiere comer, quien está cansado anhela descansar, quien tiene sueño desea dormir, quien nada tiene ambiciona tener lo suficiente para vivir con decoro. Pero ni los muros altos y recios, ni los vigilantes armados y uniformados son capaces de proteger a los habitantes de los barrios ricos de que se cumpla su trágico destino.